YO ESTUVE EN LA CUEVA DEL TESORO II

                                                      Por Ramón Fernández

 

 

 

      Nota.- Contiene ampliaciones al artículo publicado el 26 de julio 2005, en Mundo Cultural Hispano.

 

     Se ha publicado el libro póstumo de don Manuel Laza Palacio, titulado La Cueva del Higuerón (Diario de Excavaciones) editado por el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria /Airon Ediciones, Málaga 2005, en la lista de colaboradores que aparecen en las páginas 93 y 94. Si bien esta lista es de los colaboradores que aparecen en el diario, hubo otros muchos colaboradores, entre ellos, el autor de este artículo y otros jóvenes más,  que colaboramos altruistamente durante seis meses en la cueva del Tesoro (solo los domingos), también llamada del Higuerón o del Suizo, situada en el Cantal, término municipal de Rincón de la Victoria (Málaga), que era propiedad particular. Este libro contiene prácticamente dos diarios, el primero es de 1956-1957, y el segundo diario se reinicia  el 3 de junio de 1996 y salta a 1978. Evidentemente no hay un diario de la época en  la que yo estuve allí sobre 1966, por eso no aparezco en la lista de los colaboradores citados en el diario, pero sí en el libro El Tesoro de los Cinco Reyes, del mismo autor, edición príncipe, 1967, página 24.

     No puedo precisar el año en que estuve allí trabajando, aunque creo recordar que fue sobre 1966, yo tenía 19 años, ya ha llovido, como se suele decir. Mi nombre aparece en la página 24 del libro El Tesoro de los Cinco Reyes, que publicó en vida don Manuel Laza Palacio, auto publicación en los Talleres de Gráficas san Andrés, Málaga, 1967, primera edición o príncipe. El libro empieza por la historia de la cueva junto a Málaga donde se escondió Marco Craso por ocho meses durante la persecución de Cinna en el años 86. a. C. Ya Plutarco, escritor griego, se ocupó de la cueva en Vidas Paralelas, fue traducido por Fray Antonio Agustín de Milla y Suazo, en el siglo XVII.

     Yo no voy a hablar de la historia de la cueva porque para eso se han reeditado recientemente seis libros, ni de los 3 dinares de oro dentro del candil árabe que confirman el posible enterramiento del gran tesoro de los cinco reyes almorávides que lo enterraron allí porque no se lo pudieron lleva consigo, y como pensaban regresar a Al-Alandalus lo dejaron ocultos. Tampoco os voy a hablar de que el ingeniero suizo Antonio de la Nari murió en la cueva. Lo que quiero contaros es mi experiencia personal. La cueva es de origen submarino y estuvo habitada desde el paleolítico.

   Sobre el años 1965, un grupo de amigos fundamos el grupo GEMA (Grupo Espeleológico Malagueño), cuya primera sede estuvo en una pequeña habitación de la antigua fonda la Victoria que tenía su entrada por la calle Camas. El jefe del grupo era José Luis Rodríguez, familia de los que tenía la tienda y pensión La Japonesa, cerca de calle Camas, un joven que ya había hecho el servido militar, y su novia Loli que era una mujer con la fuerza de un hombre, más mi amigo del colegio de don Francisco en la plaza de Humilladeros, hoy desaparecido: Francisco Sánchez Bernal, más unos hermanos de Loli, uno de ellos apodado el Wito. Pues bien, José Luis, nos propuso ir al Cantal (En la Caleta del Moral-Rincón de la Victoria) y ayudar a don Manuel Laza y su equipo en las excavaciones arqueológicas y desenterramiento del tesoro, allí sólo se trabajaba los domingos, sin cobrar un duro, altruistamente. Además si se encontraba el tesoro pasaba a propiedad del propietario con forme al articulo 351 del Código Civil, y el Estado tendría derecho de tanteo en caso de venta de la antigüedades. 

    El trabajo consistía en hacer los agujeros de los barrenos con martillo y cincel, explotarlos y al domingo siguiente sacar los escombros, una vez examinados, minuciosamente, siempre salían algún que otro fragmento de cerámica vidriada árabe.  Por la mañana llegábamos sobre las nueve o las diez para primero hacer los huecos en la roca y escombreras solidificadas con cinceles largos y marros, que nos había indicado don Manuel, una persona sumamente educada y amigable con nosotros, a pesar de que él era profesor de Historia. Excavar los huecos podía durar tres o cuatro horas en los que trabajábamos por turnos, Manuel Barranco, Pepe Núñez Barranco era fuerte, tenía unas manos recias de labrador, mientras uno sostenían el cincel con la mano, él daba los certero golpes con el marro, luego había que ir girando el cincel poco a poco, y sacar con una cucharilla los fragmentos de roca. Otro grupo, se encargaba de sacar los escombros de las explosiones de la semana anterior y con carritos de manos los llevábamos por el paso estrecho que abrió el Suizo, y que no se podía uno poner de pie hasta la sima de relleno cerca del pozo que abrió el Suizo, una especie de hueco circular cenital y se veía la luz del día, en un extremo nacía un hilillo de agua fresca y pura. La sima era tan profunda que seis meses echando por allí carritos  de escombros y no se llenó, y no sabíamos de su profundidad. Mi amigo Paco y yo éramos los encargados de llevar los carritos a toda velocidad y verterlos en la sima, nos alumbrábamos con la luz de los carburos en el casco. Algunos días cuando arreciaba el temporal de levante se podía oír como ruidos de oleajes venidos del fondo, a pesar de que el mar está a unos quinientos metros, pero según la morfología de la cueva fue una cueva de formación submarina, y que posiblemente se comunicaba antaño, en época romana  y árabe directamente con el mar.

     Cuando llegaban las doce se hacía un alto y comíamos los bocadillos y un trago de la bota de vino, y se hablaba de los avances y don Manuel comentaba la época de los fragmentos de cerámica hallados, ya estábamos en los que se conocía por la tres puertas. El ambiente era familiar y cordial, estupendo. La temperatura era de unos 18 grados constantes y se estaba muy bien, sobre todo con los rigores del verano.  Cuando llegaba el medio día, don Manuel que era el artificiero ponía un par de cartucho de dinamita dentro de los huecos con su cebo o detonador y la mecha de fuego, salíamos todos afuera por el torno de la cueva,  y él encendía la larga mecha y los hacía detonar. Como el humo inundaba toda la cueva, ya no se podía trabajar dentro, tomábamos los vehículos, yo en la Lambreta de mi amigo Paco o en el 4 latas de José Luis y regresábamos a Málaga hasta el domingo siguiente, así durante seis meses, porque llegado el verano se tomaban vacaciones. Por la tardes íbamos a las playas de la Caleta a darnos un chazón. Había una poza de agua o resumidero en el extremo de la cueva, nos daba miedo ir solos por si se nos aparecía el Suizo o el moro guardián del tesoro, según la leyenda los vecinos algunas noches se oía al moro arrastrar cadenas, la cuestión era que el Cantal, por entonces, era un paraje solitario, cerca estaba la cueva de la Victoria, pro lo general no subía nadie del pueblo porque decían que la zona estaba encantada.

     Algunas veces, bajábamos a la cueva de la Victoria que tenía pinturas rupestres esquematizadas, una especie de pájaros con alas abiertas en rojo oscuro de tono almagra, tenía buena bajada. Otras veces, pasábamos algunas tardes entre las playas de la Cala de Moral, practicando rapel en los acantilados de la costa, y casi de noche acampábamos a los alrededores de la cueva con tiendas de campaña, buscando algún fragmento de silex, o de cerámica neolítica que había mucha por allí dispersa, no en vano en el Museo Arqueológico de Madrid, hay una vitrina que guarda vasijas neolíticas de esta cueva. Era tal el miedo que teníamos a las leyendas de la cueva que una prueba de valor era bajar solo por el torno hasta el interior de la cueva, llegar a la fuente y traerse unas cantimploras de agua como prueba. También es cierto que ra muy peligroso salirse de los caminillos comunes, salirse por el laberinto de huecos o gatear por pocos que el agua sumarina había oradado podía conducirte a laberitnos imposibles de salir. Recuerdo haber hecho espeleología exploratoria dentro, con todo el equipo, por lugares de extrañas formaciones de estalacticas y estalagmitas, una vez encontramos unos dibujos prehistórico recubierto por una capa de cuarcita transprarente que los hacía únicos y además imposibles de tocar, era como si estruvieran metidos en una urna de cuarzo transparente, una maravilla. El el exterior era fácil encontrar silex tallado, fragmentos de cerámica neolítica. Aquella zona del Cantal, de la fábrica de cemento, y de la Araña, era zona de cuevas, que explorábamos. Por allí estaba la cueva del Candil que desapareció con las canteras de la cementera, la amosa cueva de la Mina.

    En la época que yo trabajé en la Cueva del Tesoro, también iban los hijos de don Manuel, y algunas visitas. Siempre aparecían algunas notas de prensa en el Sur o La Tarde. Antes de salir el libro don Manuel nos pidió los nombres para ponerlos en su libro El Tesoro de los Cinco Reyes, por eso mi nombre Ramón Fernández aparece en ese libro, que ha sido para mí muy importante, la primea vez que vi mi nombre escrito en un libro. En el Diario de excavaciones, no está mi nombre ni el de otros, porque estos años de 1966 ó 67 no debió escribir diario. Yo soy de esos que nunca está donde tiene que estar, pero qué le vamos hacer. La vida es así. Pero nadie me puede quitar mis vivencias ni mis recuerdos de un tiempo pasado lejano y a la vez tan próximo en mi memoria juvenil. 

    Luego la cueva se abrió al público, y si no se encontró el tesoro material, sí que es un tesoro para Málaga y el Rincón de la Víctoria.

   El año 2000  fui al Museo Arqueológico Nacional de Madrid y vi las vitrinas con los cuencos y vasijas prehistóricas de la Cueva del Higuerón, me dio un vuelco el corazón, más bien una vuelta de campana.

   

 

                                                                             Alcante, 19 de Agosto de 2006

 

 

 

 

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