POETA Y HOMBRE: MITO UNIVERSAL PARA LA ETERNA HISTORIA.

 

                        ¡¡NO CALLARME NI CALLAR LOS SENTIMIENTOS QUE MANAN DEL ALMA!!

 

                                             EN MEMORIA A MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT

 

 

 

                                                                                  Por Agustín Conchilla Márquez

 

 

 

 

 

 

Unos años más y nos llega el 2010: primer centenario del nacimiento del ilustre poeta universal, Miguel Hernández. Fecha que para algunos, los menos lectivos, quizá, pudiera pasar desapercibida, aunque en los oídos de la mayoría sonarán sus versos, si cabe, con más poderío que los propios vientos de un pueblo; vientos que durante décadas anduvieren apaciguados de silencio; vientos que fueran cruelmente amordazados sin más aliento que el del inculco al olvido. Aunque al fin y al cabo, aquellos serían fértiles vientos que permanecerían altivos en corazones de gentes de bien y bondad. Gentes que conservarían la voz  y el recuerdo que aún hoy aclama por y para el bien del alma, de la paz, de la dignidad humana, de la convivencia en paz y de la propia libertad democrática. Entre aquellos silenciadores filtros, en cambio, escaparían insignes voces sociales de íntimas tertulias colmadas de miedos, pavor y sometimiento o encierro de corazón en puño. Aquellas voces sonarían susurrantes pero nítidas como el sol, la luz o el viento. Aquellas voces de mirada lateral y esquiva gesticularían sobre ésas y otras turbulencias del eterno pasado.

Sin embargo, y, a pesar de lo escrito y leído; y aún con la certeza de que se contó y se ha contado en cantidad, a mi juicio, aún se ha contado poco sobre la asfixiante vida de correrías o penurias que Miguel Hernández hubiera de franquear en distintas penitenciarías del estado. Reconozco, no obstante, que en democracia se habló, se habla y se hablará mucho del poeta, de sus desdichas y de sus poemas, también de su cautiverio en vida y de su afición-profesión o sobre su convivencia-cabrero-laboral, incluso de sus afines de humildad y de pertenencia o amistad literaria a la exuberante generación del 27: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Luis Cernuda… A mi juicio, en cambio, repito, se habló poco, bien poco sobre el mucho sufrimiento humano que Miguel Hernández hubiera de soportar en distintas y variadas cárceles españolas. Traumáticas cárceles que en planos de construcción no fueran diseñadas para albergar a un inocente e ilustre poeta, cuyo único delito vertido sobre la sociedad fuera: NO CALLARME NI CALLAR LOS SENTIMIENTOS QUE MANAN DEL ALMA. Sentimientos que culminarían en la drástica agonía de los últimos días de su ya agotada y jadeante penuria carcelaria: en falta de aliento, distancia familiar, tiritar de fríos que penetran por la piel como garfios de hielo; además de ardientes estados febriles que a cualquier ser humano causarían espanto. Con añadidura de diversos combates nocturnos contra insurrectas pulgas que a destiempo saltarían de vello en vello; y seguiríamos con el entretenimiento a regocijo o linchamiento de apiñadas chinches que a su libre albedrío ocuparían hueco, cama, piel y vello. Además de eficiente convivencia con múltiples piojos que en cabeza rapada y sin rapar clavarían su oculta espada y lañarían hasta el sentir del alma…

El calvario de Miguel Hernández, bien conocido por sus biógrafos, de quienes solicito entrante para mis deseos del conocimiento; y quienes para elaboración o confección de mi artículo me sirven de apoyo y referencia de escritura... Referencia que no es otra que el sentir del pueblo, y que yo vuelvo a lanzar sobre el propio pueblo como auténtico latido de vida en realidad histórica…

La turbulenta marea personal de Miguel Hernández comienza con el imparable avance y la pérdida de la Guerra Civil Española 1936-39. La poesía revolucionaria de Miguel dejaría de ser aliento del pueblo para caer en mordaza de silencio y pase a opresión y cautiverio de su autor: el poeta. Un poeta que pasaría días de gloria o revolución poética en su máximo esplendor, allá por tierras Jienenses. Sin embargo, los meses trascurren y el enemigo de la república avanza imparable, hasta que día tras día culmina su objetivo. Miguel es aconsejado de la imperiosa necesidad de poner tierra de por medio; y es cuando realmente ve peligrar su integridad física e intenta pasar a Portugal, donde lo detienen las autoridades policiales del dictador Salazar: fiel colaborador del ideal franquista. Allá empieza el verdadero calvario para un poeta a quien represivas voces saturadas de odio, venganza y rencor desearían callar de plano para el resto de la eternidad. Los portugueses entregan a Miguel Hernández a la Guardia Civil Española que, a su vez, le da traslado a la prisión de Torrijos, Madrid. Miguel está preso pero no está solo: pide ayuda a sus amigos los poetas, entre otros, al diplomático y también poeta: Pablo Neruda. Sin embargo, Miguel es puesto en libertad por error administrativo. Ahora ya, libre como gaviota que agita las alas y remonta jovial a través del viento, Miguel caminaría un largo trecho, entre pueblos y ciudades, hasta llegar junto a su esposa, en Cox. Desde donde aun advertido del peligro decide hacer una visita a paisanos y amigos, en su propia tierra natal: Orihuela. Entre los amigos están los padres de su difunto amigo Ramón Sijé.

En el buen quehacer, sin embargo, el funcionario: "Pata Gorda", tiene conocimiento de su visita y ordena la inmediata detención. Miguel es conducido al seminario de Orihuela, en cual recibe eficientes métodos de vil carisma en interrogatorios: invitaciones de autoinculpación por delitos que no cometiera, maltrato físico y moral; o la intervención de la escasa comida que su esposa Josefina Manresa consiguiera, a duras penas, y le haría llegar al seminario. De Orihuela es trasladado a la Prisión del Conde de Toreno, Madrid. Allá pasa tristezas, desalientos, desesperanzas, torturas físicas y psíquicas que enturbiarían aún más su drástica situación cuando a los pocos meses es juzgado y condenado a muerte. Miguel vuelve a pedir ayuda a sus amistades los poetas que actúan, y una vez más consiguen parte del propósito: el General Franco conmuta la pena de muerte, por la permanencia de treinta años de reclusión mayor. De Madrid pasa a la cárcel de Palencia y de Palencia es trasladado al Penal de Ocaña, donde le sobreviene la enfermedad que mana de la exposición al frío y a la falta de abrigo, que derivaría en una Bronquitis. Miguel vuelve a pedir ayuda a sus amigos y consigue traslado al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde la enfermedad evoluciona y alcanza el grado de Paratifus B. Las defensas corporales están tan dañadas que a posteriori incuba la fatídica Tuberculosis. Enfermedades varias que exterminarían la vitalidad de Joven Poeta Oriolano Universal: Miguel Hernández murió en la madrugada del día veintiocho de marzo de mil novecientos cuarenta y dos, a la jovial edad de los treinta y un años.

 

¡DESCANSE EN PAZ POR LOS TIEMPOS Y PARA LOS TIEMPOS Y QUE JAMÁS SE ACALLE SU VOZ NI SE OLVIDE SU LABOR NI SU ALIENTO A LA JUSTICIA, A LA DIGNIDAD Y AL RESPETO O A LA IGUALDAD DE LOS HOMBRES Y DE LOS PUEBLOS!

 

¿Quién calló a mi alma?
     

No me calló

el prado

ni la cabra

ni el arado.

 

No me calló

pata gorda

ni la chula

ni la boba.

 

No me calló

el incienso

ni la horda

ni morada.

 

No me calló

guadaña,

ni cuadra

ni huerta

oriolana.

 

 

No me calló

el hambre

de pan

o fabada.

 

No me calló

la letra

el machete

o la batalla.

 

Me calló

el poder

                                          de la rabia,                                         

que fluye

del dolor

y el asma

que mana

en trifulca

de las dos

                                                                      españas.                                                                    

Agustín Conchilla

 

 

 

                                                                                      Revista COMO EL RAYO