
Por Agustín Conchilla Márquez
Fragemento de la Novela:
Título: La iglesia, la señora, la criada y el machote de la casa:
María se levantaba temprano, muy temprano; presurosa marchaba a lo de Florentina, donde preparaba el desayuno y disfrutaba de la estancia hasta que recogía la mesa y guardaba la vajilla que los señoritos usaban para la cena. Sin embargo, María apenaba cuando veía el sufrir de la señora Florentina. Don Paulino la llamaba loca, pataleaba, la trataba como un mueble sin valor y le soltaba tantas frialdades que Florentina lloraba como la pobre más desdichada. Aunque la señora Florentina ya relacionaba el asunto de frialdades con rumores de cuernos que circulaban por calles, tugurios, mercado, iglesia o plaza. Incluso ante aquellos rumores Florentina apocaba su ya fastidiado espíritu y cuando iba a la iglesia o se acercaba a un corrillo las cotorras simulaban atención para la recién llegada, aunque de inmediato cesaban en los cuchicheos que las entretenía. Aquello, aunado a los saludos fríos que le dirigían, colmados de falsedad e ironía, a la ingenua de Florentina no le pasaba desapercibido y mosqueada por aquellos y otros avatares, un día volvió de la iglesia y preguntó a don Paulino:
—Paulino, ¿qué sabes del origen de esos rumores que circulan en corrillos?
—¡Rumores...! ¿Qué rumores?
—No sé… Tú sabrás... ¿Ha pasado algo con la viuda que tienes en Cortijo Grande?
—¡Qué dices, mujer…! ¿De qué me hablas?
—Paulino, creo que sabes muy bien de qué te hablo.
Don Paulino era hombre de ideas jijas, muy fijas: en tertulias de café exponía que el hombre era hombre y como tal, dueño y señor de entornos, enseres, almas o cosas; aunque sólo si sabía vestirse por los pies; y añadía que un hombre sin amante no es nada ni nadie. En cambio, de la mujer decía que debía obediencia y gozaba de benditos deberes: criar, llorar, sufrir, satisfacer en la cama y acompañar al marido a misa. Con todo y, aunque machista como él mismo, el asunto de cuernos al descubierto pudiera ser motivo de gravedad y don Paulino no tenía un pelo de tonto…
—No te dejes embaucar por cuatro cotorras que sólo buscan el mal, Florentina —dijo con voz liviana.
—No, Paulino… Parece que ésta vez no es cómo tú lo pintas y, yo... Yo quiero una explicación, ¿sabes?
Don Paulino inquietaba, incluso paseaba algo distante y nervioso por la sala de la estancia, con las manos a la espalda golpeaba una sobre la otra, aunque de súbito se detuvo y, gritó:
—¡Florentina, no hay nada que lamentar ni explicar; simples comentarios maliciosos…!
Los celos, la frialdad y el recelo, en cambio, corroían las entrañas de la señora Florentina.
—¡Paulino, yo quiero una explicación y la quiero ya! ¿Me has oído?
Don Paulino separó las manos, las llevó a la solapa, alisó el doblete del gabán, palmeó la pelusilla de la pajarita, giró sobre sus propios talones y, volvió a gritar:
—¡Dedícate a tus quehaceres y déjame en paz!
Ante aquella prepotencia Florentina se derrumbó en el sofá y María, la criada, siempre tan atenta a su entorno, en silencio y estupefacta la miraba de soslayo, aunque sin comerlo ni beberlo a su mente afloraron los recuerdos de aquello que ahora a su señora atormentaba: cuando María vivía en el cortijo conoció los pormenores y las secretas entrevistas de don Paulino, con Maruja, la doncella. Pero más lejos de confirmación o negativa, María escuchaba a la señora con aquellos ingratos sollozos y también ella agachaba la cabeza y en igualdad o semejanza sollozaba como la más desdichada. Quizás por ello, cuando don Paulino marchaba a las fincas o atendía negocios de agricultura o ganadería, Florentina pedía a María acompañamiento a misa. Aunque María escuchaba a la señora y estremecía: a su cara fluía un acaloramiento y luego un frío descompasado que la recorría de pies a cabeza.
—Señora, y..., ¿qué dirán las demás señoras?
—Qué digan lo que les venga en gana... Y a mí qué…
María asentía para ocultar su propio retraimiento. Aunque la señora Florentina era muy observadora.
—María —dijo la señora—, ¿acaso no te gusta la iglesia? —y prosiguió—. Por si no lo sabes, Dios es nuestro padre y nuestro guía; entre nosotros y para nosotros reparte amor, comprensión, dulzura…
—¡Oh, sí, señora! Jamás dije o pensé en contrario; aunque yo..., bueno..., no es nada, ¿sabe usted, señora? Pero si me lo permite, yo no... Yo no puedo confiar en éste cura: en don Manuel, señora...
—María, ¿acaso sientes el idealismo de los rojos?… ¿Y en Dios, María? ¿En Dios si confiarás…?
—¡Oh, sí! ¡Claro que sí! ¡Por supuesto, señora! Y ya ve usted, yo de política no entiendo...
—¡Pues hala! Cámbiate el delantal, las zapatillas y la pañoleta; te pones una de mis toquillas y a la iglesia. Y por don Manuel, el cura, no te preocupes, María.
—Señora…
Contacto con el autor: Agustín Conchilla [aconchilla@ono.com]