FASCISMO, CATOLICISMO Y ROMANTICISMO EN LA OBRA DE RAMÓN SIJÉ
Por Cecilio Alonso
Ramón Sijé ha dejado de ser un escritor inasequible en los últimos meses. (1) La edición facsímil de la revista El Gallo Crisis y la publicación de su ensayo –inédito durante casi cuarenta años- sobre el romanticismo histórico en España desvelan la vacilante imagen intelectual de este joven, muerto en 1935 a los veintidós años de edad y que hasta la fecha perpetuaba su nombre casi exclusivamente a la luz que le prestaba la cordialísima elegía que a su muerte –y por encima de las barreras ideológicas que llegaron a separarles- le dedicó su amigo Miguel Hernández.
Cabe preguntarse por los móviles que han roto este prolongado silencio, y por la oportunidad de unas ediciones que (aparte su valor documental) ofrecen una muy dudosa posibilidad de integración en las contiendas (?) literarias de nuestros días. El rasgo más definido de los textos de Sijé es su radicalismo polémico, y en tal plano es previsible que estos densos volúmenes marcados por la pasión cultural (política y religiosa) de su autor se encuentren inevitablemente con el vacío fuera de su coyuntura temporal, y relegados consecuentemente a adornar algún oscuro rincón de las pequeñas vanidades provincianas. En la selva presente de la cultura española los caminos que conducen a la luz pública son irregulares y tortuosos. Por ello lo aparentemente inmotivado puede llegar a cobrar forma dentro de los particularismos localistas de corporaciones oficiales que consumen, en parte, sus presupuestos culturales cumpliendo con el deber subnacionalista de exaltar –casi siempre para uso interno- los talentos de su parcela. Con todo, en el caso que nos ocupa, se hace preciso agradecer el rasgo por cuanto contribuye a desinmovilizar la imagen objetualizada, que nos ha sido entregada, de unos años decisivos que no vivimos. Y aún con la posibilidad de que los editores y exegetas de Ramón Sijé discrepen, considero que los textos que motivan nuestro comentario merecen ser vivificados a través de una libre valoración polémica en cuanto pueda afectar a formas intelectuales todavía no superadas, renegando explícitamente de las circunstancias que después de cuarenta años han limado sus aristas, reduciendo a inofensivas cenizas oficiales la pasión religiosa y el equívoco lenguaje literario del entonces marginal escritor oriolano.
En el espacio de que disponemos no pretendemos analizar totalmente la aportación de Sijé al panorama de la cultura de anteguerra, sino centrarnos en algunos aspectos ideológicos, probablemente extensibles a quienes (católicos reformistas, formalmente demócratas), se vieron dramáticamente desbordados durante la Segunda República, tanto por la fuerza de las circunstancias como por su incapacidad para analizarlas adecuadamente desde sus abstracciones nacionalistas y religiosas, callejones de dirección única que conducían en el mejor de los casos a una estéril demagogia existencial.
La revista El Gallo Crisis, que hizo entre 1934 y 1935 cuatro salidas, fue prácticamente obra de Sijé. La participación activa de otros redactores parece reducirse al primer número. Y la copiosa colaboración poética de Miguel Hernández constituyó el instrumento edulcorante que ilustraba las tesis doctrinales del director (como ha observado recientemente Marie Chevallier)(2). Sin ser estrictamente literaria, la revista está impregnada de literatura. La pasión de Sijé por el conceptismo y las técnicas barrocas, su devoción por Eugenio D´Ors y José Bergamín, le sumergen en la ebriedad creativista cuando ensaya sus textos críticos.
Similares características formales ofrece La decadencia de la flauta...(3). Ambas publicaciones no suponen en su autor actividades excluyentes. Su elaboración es simultánea e ideológicamente homogénea. Varios fragmentos del Ensayo... vieron la luz en la revista como artículos independientes. Y la contraposición entre clasicismo y romanticismo (barroco eterno y barroco temporal para Sijé) es una constante irreductible en ambos textos, elevada por fin a dogma en el Ensayo... Tesis montada sobre un prejuicio idealista neutralizador de todo su sistema crítico-literario, al presuponer la superioridad –tanto moral como estética- de lo clásico-conceptista sobre el romanticismo histórico partiendo de la identidad eterno barroco= conceptismo de la edad de oro= idea del Reino de Dios (El Gallo Crisis, núm. 2, pág. 31). Situado en las alturas de lo que denomina realismo divino-poético, Sijé propugna una cultura de imaginación y confiesa su culto a la ratio escolástica (conceptismo, sistema de pensar cristianamente), en desdoro de la dialéctica materialista (interpretación formal de la historia que no puede explicar la voluntad de redención). (El Gallo Crisis, núms.. 5-6, págo. 39)(4).
Sijé cree en la unidad cristalina del mundo clásico cristiano rota por el romanticismo, como movimiento histórico-naturalista disolvente y negativo. Se impone en él la nostalgia activa del siglo de oro teológico. Sus observaciones acerca de la pérdida de la unidad clásica (Ensayo... pág. 181) podrían ser aceptables si se tratara sólo de una constatación histórica. Pero en Sijé esta nostalgia debe transmutarse en motor de una acción religiosa de carácter reformista, de una regresión edípica a la supuesta unidad perdida, identificada en términos históricos-políticos con la Madre-España Imperial:
España es como el Imperio invisible que dramatiza en su Estado, en su Nación, en su Campo, en su Burgo, en su Gremio-mediante una cristalización, a todas luces, racionalmente poética-, la imposible carrera del cristianismo. España se ha comportado en la historia como hombre invisible, es decir, como cristiano individual perfecto, corriendo, en su lucha espiritual por la vida, contra sí misma, contradictoriamente, hacia la inhumanización productora del Reino de Dios en la Tierra (...) Miel –en la boca- de éxtasis ha sido y es el Imperio. El éxtasis es la muerte del hombre. Imperio –y de ángeles podría definirse: Un monarca, un Imperio de una Espada. (El Gallo Crisis, núm. 1, págs. 3-4).
Si bien la propuesta de una vivencia dramática del cristianismo nos sitúa en un terreno preferentemente existencialista, en apariencia al margen de lo estrictamente político, la visión totalitaria que implica el paralelismo entre la vivencia individual y la nacional nos mueve a tratar de definir la posición de Sijé ante los planteamientos fascistas, a cuya ideología parecen ligados formalmente los textos que comentamos.
Marie Chevallier (Op. cit. pág. 105) no duda del filofascismo de Sijé, que ya había sido afirmado antes por Jiménez Caballero. Mucho más recientemente Vicente Ramos(5) lo niega apoyándose en aisladas expresiones e rechazo publicadas en el primer número de El Gallo Crisis. Nosotros no trataremos de desmentir aquí lo evidente. Pero no podemos omitir nuestras reservas sobre la conciencia del escritor Sijé ante la significación política final de sus actitudes intelectuales. Fue la suya una voz joven que en le República (crisis, revulsión de valores) manifiesta vehementemente sus deseos de contribuir a la vertebración de España, haciendo de este afán un acto trascendente. Su propuesta –inmadura e impetuosa- cobraba cuerpo en un tipo de vertebración teocrática que difícilmente podía hallar eco en el marco del historicismo cultural dominante. (El propio Sijé arremeterá en varios picotazos de El Gallo... contra el silencio indiferente de los escritores de Madrid). Tampoco parecen interesar a las derechas unos planteamientos, inoperantes en todo caso para el restablecimiento práctico del orden jerárquico y autoritario: Sijé no cree en la catolización oficial del Estado, porque “el Estado católico no se hace, frutalmente nace”. Su ansia personal de autenticidad le empuja, añorante, a la interpretación utópica de la historia: “España pudo ser la representación cristiana del Estado, porque su cristianismo sin querer se hizo Estado” (El Gallo Crisis, núms.. 3-4, pág. 36). “La voluntad del Reino de Dios ha sido la voluntad de España. (...) La gran originalidad de la historia española ha consistido, precisamente, en la coincidencia del españolismo y los ideales del Reino de Dios” (Ensayo... pág. 57). Pero en 1935 España ha dejado de ser espiritualmente católica y el drama cristiano debe revitalizarse desligado del poder.
El fascismo inconsciente de Sijé alcanza su cota más explícitamente contradictoria en el núm. 1 de El Gallo... Con violencia verbal acusa al naciente fascismo hispánico de desarrollarse como un partido político, incompatible con la unidad de la razón. Los conceptos de unidad y de nación se diluyen confusamente, en el lenguaje de Sijé, en una imagen amplificadora que no parece corresponderles: la del puño temeroso y amenazador:
El fascismo tiene la razón de la fuerza, pero no la fuerza de la razón. Agota su propia capacidad creadora antes de llegar a la nación, cosa racional una, cosa real una: puño temeroso y amenazador. ¡Falange!... bueno; falange, falangina y falangeta: un dedo. Para moldear el concepto de España se necesitan todas las manos del alma.(6)
No estamos ante un alegato antifascista, sino ante una recriminación: Sijé teme un fascismo funcionarista y tibio, un partido más, cargado de intereses particulares. Su concepto de nación había sido concebido tan alto y puro que se desintegra en la ambigüedad lingüística inmaterializable.
Estructura semejante, no exenta de reformismo apocalíptico, presentan otros textos en apariencia socializantes y, en su significado profundo, ingenuamente demagógicos:
Vosotros, caballeros de frac, hicisteis un capitalismo imperialista, que por reacción originó el capitalismo sentimental de la envidia del pobre, del obrero y del campesino. Pero, el frac va a pagar los pecados de la blusa y de la camisa: vosotros responderéis de los crímenes que cometieron los pobres de espíritu y los desheredados incitados por vuestra soberbia; vosotros responderéis de los robos, de las blasfemias, de los adulterios y de las calumnias que motivan vuestros palacios, vuestras conversaciones, vuestras mujeres y vuestra mentirosa vida. Caballero, abandona el frac: que termina en mortaja. Caballero, despierta, que el frac te tiene dormido. Caballero, vamos a hacer con tu frac escapularios. Caballero, pon en tu heredad el frac como espantapájaros: así evitarás que vengan los cuervos y te saquen los ojos.” (El Gallo Crisis, núms.. 4-5, págs. 28-29).
La inexcusable unidad de España, su devoción por Castilla, la sacralización de la familia y el hogar con la consiguiente objetualización sublimada de la mujer, su concepción de la libertad como categoría exclusivamente religiosa que le lleva a compatibilizar la democracia formal con la resignación ante el tirano entendido como “la tentación que hay que soportar”, como “la prueba cristiana de nuestra vida política”(7), son constantes en la obra de Sijé cuyas conexiones con el ideario de los jóvenes totalitarios de 1935 no sería muy difícil establecer. La diferencia básica estriba en la raíz tozudamente religiosa y en talante intelectual, paradójico, de un Sijé que constata el presente y se aferra al pasado, frente al sentido práctico-político, futurista y arrollador de los textos falangistas de la época. Donde J.A. Primo de Rivera ve una unidad de destino la angustia de Sijé percibe la falta de unidad espiritual, de unidad de vida (Ensayo... pág. 44); donde aquel concibe la patria –siguiendo a Ortega- como una gran empresa colectiva, éste niega con acritud que en el presente exista voluntad de vida en común. Coinciden en el deseo de orden, en la definición jurídica de la persona frente al simple hombre o individuo, en la afirmación de realidades superiores trascendentes (Dios o la nación) en las que cobran sentido las cosas públicas.
No sé si será una sorpresa para quienes se han apresurado a ver en Sijé poco menos que un antifascista militante recordar un artículo del fundador de F.E.(8); publicado en el mismo año en que Sijé trabajaba su tesis sobre el romanticismo histórico, donde se sustenta un concepto antirromántico muy próximo al del escritor oriolano:
Tal será la tarea de un nuevo nacionalismo: reemplazar el débil intento de combatir movimientos románticos con armas románticas, por la firmeza de levantar contra desbordamientos románticos firmes reductos clásicos, inexpugnables. Emplazar los soportes del patriotismo no en lo afectivo, sino en lo intelectual. Hacer del patriotismo no un vago sentimiento, que cualquier veleidad marchita, sino una verdad tan inconmovible como las verdades matemáticas. (Obras Completas, pág. 580).
El equivalente de esas verdades matemáticas es, en Sijé, el realismo divino-poético, sostén del arte clásico cristiano. El romanticismo histórico vino a enturbiar la placidez idílica: “Política clásica viene a ser como una democracia de ángeles, que se rige por la fórmula metapolítica y personal: gobierno del pueblo por los ángeles, política graciosa que da gracia sin creerla tener. Romanticismo político, por el contrario, es la conciencia demoníaca de la bondad natural y del poder del hombre hecha declaración de derecho, es la estatificación de la voluptuosidad: de la creencia sensual en el hombre, en la sombra, en la nada, en la selva”. (Ensayo... pág. 272).
Afirmada como única la realidad teocrácitca, todo intento de violar su escala de valores ideales es rechazable. Fuera de este marco, la creación artística, considerada como hecho psicológico, solamente tiene un valor concreto e irreal. Para Sijé, el hombre (despojado de personalidad jurídico-religiosa):
Determina la aparición del egoísmo, y su intimidad es causa de la división social. Puede explicarse, ahora fácilmente, el que la sociedad romántica –sociedad de hombres, sociedad regida por la ley: a cada hombre un hecho psicológico- no tenga realidad donde sostenerse materialmente, ni idea de la realidad –para fundamentar la postura de su espíritu-, idea basada en las nociones de persona y de objeto. La sociedaddel romanticismo histórico es, pues, una sociedad sin realidad: una sociedad de ruidos y fantasmas.(Ensayo...pág. 30):
Algo hay en el ambiente español de 1934 que lleva a dos mentes mesiánicas –cada cual a su modo- a dar la voz de alarma ante un enemigo surgido de las simas profundas de una sociedad capitalista y masificada, cuya instauración se siente intelectualmente próxima, y que se define bajo formas romántico-fantasmales: sus motivaciones individualistas –anarquismo en la política y en el arte (surrealismo –psicologismo- vanguardia); romanticismo de la solidadridad proletaria, expresado no sin optimismo por tantos escritores y artistas; romanticismo de la fe ilusoria en el cambio social que parecía facilitar la República-, aparecen ante Primo de Rivera y ante Sijé como los demonios del desorden que es preciso evitar. He aquí el por qué de estas líneas ante unos textos tan aparentemente inactuales y arbitrios como los del joven escritor oriolano: la evidencia de hallarnos ante la respuesta de una mente pequeño-burguesa –orgullosa de su talento- a las precisas amenazas de caos cultural (político-religioso) que se cernían sobre las derechas españolas en 1934. El hecho de que la parábola de La flauta y los fantasmas se concrete sobre materia literaria es, en cierto modo, un efecto secundario que está en relación polémica con estímulos y corrientes artísticas que formulaban la marcha hacia un nuevo romanticismo, superada la deshumanización orteguiana. Recordemos que en 1930 el novelista José Díaz Fernández había publicado un libro, hoy casi olvidado, que en parte adquiere valor programático de un arte comprometido con la revolución proletaria(9). Díaz Fernández apunta hacia una comprensión integradora del romanticismo histórico a partir de las tensiones provocadas por el asentamiento en el poder político de la burguesía, extremo olvidado totalmente por Sijé cuando sólo quiere ver en aquel movimiento cultural una reduccionista negación demoníaca de la Unidad teocrática. Para Díaz Fernández la vuelta a lo humano y el compromiso ante la historia para construir una nueva forma de vivir son los rasgos distintivos del arte nuevo. Los nuevos románticos –escribe- volverán al hombre y escucharán el rumor de su conciencia. Fuera de esto, lo demás apenas tiene importancia. (El nuevo romanticismo, pág. 49).
Sijé (para quien el humanismo romántico es un valor degradado, puesto que lo psicológico en él implícito aniquila la realidad objetiva de la persona) percibe en el capítulo final de su Ensayo la presencia de los fantasmas despersonalizados en la nueva literatura, y contra ello reacciona negándolos:
La nueva literatura... al enfrentarse con el concepto romántico se encuentra con una sombra: la de su propio romanticismo, proyectada en el espejo del romanticismo histórico. Con su fantasma: su misma creación fantasmal. (...) El último romántico empieza negando cobardemente su filiación, escondiéndola bajo la máscara de un nuevo “ismo”, cuando es sólo eso: un romántico; pero un romántico especialmente adjetivado: el último. Hoy puede pensarse ya en un neotomismo..., pero no puede creerse en la existencia de un neorromanticismo, desde el momento que están aún por crear los neotópicos románticos. (...) La desviación del romanticismo en nuestro siglo, su degeneración psicológica, producida por la pérdida de la dignidad y de la nobleza humanas, la constancia de la sobremuerte, es un hecho histórico: la decadencia de la persona. (Ensayo... págs. 275-276).
Creemos que Sijé se equivocaba: en 1935 todavía pensaba en un romanticismo vanguardista deshumanizado, objetualista, que la proyección social del arte nuevo, prefigurada en el libro de Díaz Fernández y alimentada por la circunstancia republicana, estaba borrando de las prácticas literarias más generalizadas. Sijé no parece haber superado las lecturas de Ortega cuando se pregunta: “¿Qué ocurre con el romanticismo. ¿Dónde está? ¿Por qué no grita auténticamente?, ¿por qué no crea un concepto humano y personal de las artes poético-plásticas de nuestro siglo?. El romanticismo ha pasado del ser racional a los seres irracionales y a las cosas inanimadas.” (Ensayo... pág. 277). La inoperancia que suponía en los nuevos románticos en orden a un arte más comprometido humana y socialmente le impidió valorar adecuadamente la rápida evolución de su amigo Miguel Hernández, que había alcanzado en 1935 las cotas de la “Oda a Pablo Neruda” y del drama Los hijos de la piedra. Incomprensión acompañada de reproches al poeta independizado del nutricio jugo eclesial, que produjo una creciente tensión epistolar entre ambos sólo resuelta con la muerte. (10)
El antirromanticismo de Sijé supone su autoafirmación en los límites idealistas de un reformismo radical dentro del orden católico (clásico), vivido subjetivamente con autenticidad y sentido conflictivo pero sin superar un rudimentario maniquismo intelectual: buenos y malos se identifican demasiado fácilmente con clásicos y románticos. Por ello expresamos nuestra duda sobre el carácter renovador del catolicismo de El Gallo Crisis: si acaso innovador en cuanto suponía una vivencia católica fuertemente intelectualizada que no podía dejar de sorprender en el marco de la caduca sociedad estamental oriolana. Si su aventura conserva todavía algún interés, atribuyámoslo a su complejidad lingüística, coherente –a través de un paradójico conceptismo gracianesco- con los ancestrales planteamientos teocráticos y nacionalistas a que hemos aludido.
En el prólogo del Ensayo... afirma Sijé su voluntaria renuncia a la crítica científica. La reivindicación del carácter polémico y creativo de su “tesis” sólo adquiere sentido para nosotros a la luz de la actualización político-religiosa de los conflictos producidos por el choque entre el subjetivismo burgués y el objetivismo trascendente propio de un catolicismo escolástico: Sijé todavía añora el Antiguo Régimen, evidenciando hasta que tardíos límites temporales penetran en nuestra historia cultural tendencias intelectuales propias de la sociedad pre-industrial. La guerra civil y sus consecuencias se encargarían de demostrar la triste realidad escondida bajo tan brillantes exposiciones verbales.
La decadencia de la flauta y el reinado de los fantasmas es una bandera de combate para 1935. Sijé servía al conservadurismo, tal vez sin proponérselo, y el tema literario de los capítulos centrales se reduce a una excusa, llena, por otra parte, de sugerencias críticas que oscilan entre lo luminoso y lo gratuito. Tras la exacerbada diatriba contra los románticos del XIX se esconde una motivación presente: combatir a un impreciso neo-romanticismo (del que en ocasiones nos preguntamos si no participará con más derecho el mismo crítico, a juzgar por el método intuicionista y por su apasionado idealismo). El nuevo romanticismo, según lo planteaba Díaz Fernández, lo era por su humanismo solidario y social; por la propuesta de entrega generosa al compromiso revolucionario: un programa que intentaba superar el abstraccionismo vanguardista. Sijé no pudo ver en tales actitudes sino cuanto tenían de atentado contra la supervivencia de unos mitos patriótico-religiosos, que si bien habían sido parte histórica de la España Imperial, no por ello superaban teóricamente a la altura de la Segunda República Española) el nivel de las más cálidas ilusiones infantiles. Sijé, sorprendente niño-maduro, contribuye a minar el progreso intelectual de España, huyendo hacia Dios, como fruto de su voluntad de impotencia, inherente, según él, a la condición de ser cristiano. Y buscar apoyo en el orden teocrático ¿qué es si no incapacidad para comprender materialmente en el mundo, aceptarlo e intentar transformarlo, al margen de otras trascendencias?.
NOTAS
(1) Vid. El Gallo Crisis. Libertad y tiranía. Director: Ramón Sijé. Edición Facsímil. Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento. Orihuela, 1973. La decadencia de la flauta y el reinado de los fantasmas. Ensayo sobre el romanticismo histórico en España. (1930 – Bécquer). 308 págs. Alicante, 1973. Instituto de Estudios Alicantinos. Pueden encontrarse notas biográficas sobre “Ramón Sijé” en las más conocidas monografías sobre Miguel Hernández (Concha Zardoya, Guerrero Zamora y Cano Ballesta) y particularmente en “Semblanza de Ramón Sijé”, por Manuel Molina, en Miguel Hernández y sus amigos de Orihuela, págs. 39-44. Málaga, 1969, Ed. Ángel Caffarena, y más recientemente en Vicente Ramos: Miguel Hernández, págs. 36-88. Madrid, 1973. Editorial Gredos.
(2) L´homme, ses oeuvres et son destin dans la poesie de M. Hernández. Tesis doctoral. Tomo I, págs. 91 y ss. Lille, 1973.
(3) El manuscrito fue presentado por su autor, sin éxito, al Premio Nacional de Literatura de 1935. Tras la guerra civil tropezó sorprendentemente con dificultades de censura eclesiástica para su publicación. Consta la obra de siete capítulos: el primero y el último doctrinales –parcialmente publicados con anterioridad en El Gallo Crisis--, y los cinco interiores analíticos. Examina, por este orden, la lírica, el teatro y la novela románticos, el costumbrismo y la obra de G. A. Bécquer.
(4) Sobre las tendencias neo-tomistas de Sijé y la influencia de Maritain y otros intelectuales católicos franceses, véase la introducción de J. Muñoz Garrigós a la edición facsímil, pág. 11.
(5) Op. cit. pág. 76.
(6) Advertimos al lector interesado que en la edición facsímil de El Gallo Crisis, se ha suprimido completo el párrafo a que aludimos. Cfr., núm. 1, pág. 25.
(7) Ramón Sijé, “El golpe de pecho”, en Cruz y Raya, Madrid, octubre de 1934. Núm. 19.
(8) Ensayo sobre el nacionalismo, Rev. JONS, núm. 16, abril de 1934. En Obras Completas, Madrid, 1945, págs. 575-581.
(9) J. Díaz Fernández. El nuevo romanticismo. Ed. Zeus, Madrid, 1930. Fragmentos de los capítulos Ii y IV pueden encontrarse en la reciente antología de R. Buckley y John Crispin Los vanguardistas españoles, 1925-1935. Madrid, 1973. Alianza Edit.
(10) Cfr. Cano Ballesta, La poesía de Miguel Hernández, págs. 36-38. Madrid, 1962, Ed. Gredos.
Cecilio Alonso
Publicado en la revista barcelonesa Camp de L´Arpa, núm. 11, mayo 1974. Págs. 29-33.