Por Yaiza Martínez Montesdeoca (Megatendencias)
Al inicio de toda observación,
el ser humano no vislumbra el caos. Desde el principio conoce desde
una fuente interpretativa existente en él que genera el sentido. No
es un orden pudoroso ni estricto. No es un esquema kantiano de
categorías. Es una forma de creación, la mayor parte del tiempo
inconsciente, con la que el hombre hace al mundo y, también, con la
que el mundo hace al hombre.
La idea de progreso la utilizo aquí para ejemplificar el mapa que
más arraigado estuvo, en la Antigua Era, en la cultura occidental.
Quizá también porque me parece la antítesis de la cartografía que
emerge del lenguaje poético. El poema no es una línea –tal vez haya
una organización lineal de palabras, versificación, relato e
intensidad lírica-, sino que va más allá de la linealidad progresiva
que, bien empleada, puede enriquecer su mensaje.
Hablemos del orden del poema desde otra perspectiva (estamos en la
Era del Arte, las paradojas se tocan), puesto que hay una geometría
secreta e implícita en el lenguaje poético, ajena a la posible
organización lineal de su estructura. Se trata de una geometría, sin
duda, metafórica u holística.
El tiempo de la simultaneidad (por tanto, el no-tiempo), suele
levantar del poema un orden ajeno a lo que normalmente conocemos
como tal, un nuevo orden que no nos habla de la linealidad sino de
las coincidencias, sincronías, de la forma en que penetra la
conciencia humana en el mundo (y, por supuesto, el mundo en la
conciencia humana, puesto que conocer es ser y ser es conocer).
Geometría contenida en el lenguaje
Apartémonos del conocimiento de los laboratorios, de las condiciones
ideales en las que los esquemas newtonianos funcionaban a la
perfección. Hablemos de otro tipo de conocimiento: aquél que une al
ser humano con su entorno y que se parece más al círculo que al
cuadrado.
Teoricemos sobre un tiempo inexistente, sobre un grupo de palabras
en el que cada una de ellas se refiere al resto de las palabras del
grupo simultáneamente, sobre la estructura que emerge en la creación
poética y que diferencia este tipo de lenguaje del resto de los
lenguajes empleados por el hombre.
Esa cartografía sutil es finísima geometría que el lenguaje conoce.
Podemos pronunciar “ala” –diriase que tiene un orden lineal a-l-a,
una continuidad fonética que empieza y acaba-. Escuchemos de nuevo
la palabra: “ala” y digamos entonces que no vemos sólo el ala de un
ave blanca. Vemos sutiles connotaciones que enraizan con estructuras
simbólicas y referencias antiguas, con recuerdos colectivos e
intenciones espirituales, con memorias personales y comunes, con
manchas emocionales y sentimientos que siguen el rastro de la imagen
que hilamos a la palabra.
El lenguaje poético potencia esa magia de la palabra, en la que no
nos limitamos a emplear el lenguaje en una sola dirección
significativa (no acudimos a la utilidad, característica esencial
del progreso, antagonista de la maravillosa y necesaria sorpresa que
produce la “inútil” contemplación, sino que aprovechamos la
polisemia de cada uno de los vocablos de una lengua). El poeta,
cuando se sumerge en el vocabulario con la intención de “decir”
poéticamente, entra entonces en la geometría (¿la verdadera
geometría de la realidad?) del lenguaje, penetra en la multiplicidad
de significados y, entonces, ocurren dos hechos igualmente
relevantes, que explicaré a continuación.
El primero de ellos es que emerge en el poema la estructura
metafórica de la conciencia, reflejada en el lenguaje –un mapa
alternativo para una era artística, un mapa que ante nuestros ojos
genera un mundo en el que el tiempo es la simultaneidad de elementos
distantes y en el que la memoria, las vivencias del presente y las
posibilidades del futuro se unen-.
El segundo es que el lenguaje supera al escritor. Su trabajo con él
lo engarza con esa herramienta que es mucho más antigua que él, que
contiene memoria, que sabe y conoce, porque ha hecho incontables
recorridos hasta llegar a su mente.
La metáfora como forma de conocimiento del mundo
Una forma de conocimiento muy marcada en la Antigua Era (aquella era
monoteísta que comenzó cuando se pronunciaron e impusieron los
nombres, puesto que hay varios nombres, de un solo “dios”) es la
definida por el binomio causa-efecto, el trinomio ayer-hoy-mañana,
esto es, la aceptación del concepto absoluto de un tiempo lineal
(cualquier aceptación de un concepto definido como absoluto me
parece sólo un acto de fe); la distinción entre el
yo-tu-él-nosotros-vosotros-ellos, etc. La forma de conocimiento de
esa antigüedad dio a luz sin embargo a una nueva cosmovisión.
Durante todo el siglo XX, la física subatómica nos demostró que las
partículas cuánticas modifican sus conductas en cuanto un observador
las mira (conciencia sobre el mundo, cuestionamiento del clásico
causa-efecto), que el tiempo es relativo (Einstein), que el concepto
de inconsciente colectivo (Jung) quiebra en parte la separación
aparentemente absoluta entre los individuos, y que la sincronicidad
(David Peat) es un fenómeno observable que demuestra que la realidad
se organiza –gracias a la intervención en ella de las conciencias
individuales o colectivas- haciendo emerger puras metáforas en medio
del maremagnum de lo contingente (¿es que habla el todo?)
La metáfora como conocimiento del mundo es, por tanto, y sobre todo
a partir de lo que los filósofos -léase físicos- del siglo XX
pudieron vislumbrar, un mapa tan válido como el lineal y progresivo
para entender la realidad (algunos sospechamos que es más válido y
que está más apegado a ella, que se le parece más, pero intentamos
contener la muletilla de la fe para no acabar simplificando y
asesinando lo inabarcable, para no quedarnos sin ello).
Metáfora : Tropo que consiste en trasladar el sentido recto
de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita.
La metáfora nos permite un conocimiento del mundo ajeno al tiempo
lineal: el poeta, en su creación, tiene –como probabilidad- la
capacidad de ver todo en todo, gracias a una comparación tácita que
se deriva de su propia conciencia.
El “ala” puede ser un simple “ala”, ¿pero acaso no es más que un
ala, una visión desde las alturas, una comprensión de lo terrestre,
una trascendencia de los hechos? ¿Cuál es el ala verdadera, la del
ave de corral o la que nos permite sobrevolar las ciudades con la
imaginación? ¿Hay una más verdadera que la otra? ¿No son una sola
cosa en el lenguaje poético? ¿No abarca todos los significados
posibles, que sólo la conciencia del poeta determina?
(Debo decir que en esa determinación es siempre el lenguaje el que
elige, mientras el poeta “oye”, lo que no implica la enajenación del
creador por la inspiración sino, más bien al contrario, una entrega
respetuosa a una inmensa y honesta laboriosidad con la herramienta).
Un mapa alternativo
Cambiemos la línea por la visión holística, y entraremos en el
pueblo de la magia. El lenguaje poético nos lo ha mostrado desde
hace tiempo, porque esa conciencia del mundo parece inherente a él.
No estamos inventando nada –puesto que el lenguaje precede al
poeta-, pero el siglo XX nos ha dejado rastros de comprensión
también para lo que desde hace mucho tiempo ha sido ese lenguaje.
Un “ala” no es sólo un “ala”. La palabra ya no es un único concepto.
Es intercambio entre la conciencia humana y la realidad. Esa es la
fuerza que la palabra poética tiene en su individualidad. El
lenguaje poético, cuando hablamos del conjunto de las palabras que
conforman una expresión artística determinada, cuando consideramos
un solo poema limitado por el principio y el final de las palabras
que lo conforman, tiene asimismo la capacidad de combinar la
multiplicidad de los sentidos de varios vocablos a la vez, generando
de esta manera una estructura geométrica cargada de significado,
prácticamente tridimensional.
El conocimiento que nos llega del poema es pesado y afilado a un
tiempo -¿alguien podría decir que un buen poema no inunda, casi
materialmente, nuestro espacio interior, nos hace conocer, ver por
vez primera, cosas que jamás vimos de igual modo?-
Emerge de esa combinación estructural cargada de metáfora y de
sentidos velados y/o literales una visión del universo –o de
cualquier aspecto de éste seleccionado- que nos permite relacionar
elementos distantes, que une las paradojas, que otorga sentido
gracias a la reunión de conceptos hasta ese momento alejados para
nuestra percepción.
Y entonces, la comprensión –esto es, la vivencia- del mundo que nos
rodea se enriquece, gana en complejidad, se embellece. La
experiencia estética es, por tanto, un derivado espontáneo del
esfuerzo o de la consecución de la toma de conciencia sobre el
mundo, a través de la palabra.
Esa combinación estructural genera un mapa del mundo. No es lineal,
no es progresivo, habla de la simultaneidad de elementos distantes,
coincidencia en el universo de sentido; habla de la necesidad y de
la utilidad de la paradoja en el conocimiento del funcionamiento
metafórico de la realidad –la conciencia vertida sobre el mundo
convierte a éste en un caos significativo-.
La poesía, por lo tanto, se convierte en una lente que nos sirve
para saber algo más de la verdad, con su manera de expresarla:
alejada del progreso de la Antigua Era, del tiempo lineal, de las
distancias falaces (aunque útiles) nos hace comprender las
deficiencias de la vieja cartografía e hila nuestra conciencia con
las metáforas que componen las relaciones entre todo lo que nos
rodea.
El poeta superado por su
herramienta
El espacio lingüístico en el que penetra el poeta no pertenece al
artista. Indudablemente está en él y de alguna forma es él mismo,
pero no se limita al escritor. La experiencia creativa nos enseña
que el lenguaje es una herramienta dúctil, transgresora y superior a
aquel que lo emplea. Es más antigua que nosotros e infinitamente más
sabia.
Suele ocurrir que el poeta, al iniciar su labor, crea que domina su
pretensión de decir, que algún elemento –al que podríamos llamar
“inspiración” o comprensión repentina, intuición, tal vez- es la
causa de su inclinación hacia la palabra. Terminar un poema nos deja
una sensación bastante diferente: el lenguaje tiene sus propias
intenciones.
Inicialmente usamos el lenguaje y, poco a poco, notamos que el
lenguaje nos utiliza. Pura arqueología de la memoria y de la
conciencia humanas se asienta en el sencillo decir, que de pronto
cobra una profundidad y una trascendencia que poco tienen que ver
con nuestra modesta posición frente a la pantalla o el cuaderno.
El lenguaje parece un organismo vivo, consciente, único y lleno de
sentidos diversos, inteligente e intencional. El poeta entra
entonces en el espacio de lo sagrado y se interrelaciona con ello
bajando la cabeza.
El decir poético tiene poco que ver con los autores. Temáticas
biográficas nos llevan a temáticas universales. Cuestiones
personales se convierten en cuestiones globales. La encarnación de
la experiencia en la intensa expresión de la palabra trasciende la
propia encarnación.
Todo eso nos lleva a preguntarnos sobre la naturaleza del lenguaje.
¿Por qué nos supera? ¿Por qué es más largo, ancho, profundo, grande
que nosotros? La inmersión en la palabra poética como respuesta a un
impulso personal de creación nos arrastra hacia la conciencia de
dicha palabra, de dicho conjunto de palabras, que parecen decir más
allá de lo que teníamos en mente al comienzo del ejercicio poético.
Conocer a través del lenguaje
El poeta se enfrenta entonces al gran hallazgo: su amor por la
palabra, la intensidad de los desvelamientos, la ampliación de su
conciencia por la escucha, y la necesidad de volver una vez tras
otra a conocer a través del mundo del lenguaje.
El lenguaje poético no es una herramienta útil. El poeta se da
cuenta de repente de que es más usado por el lenguaje de lo que él
podrá jamás usar la palabra para sus propias pretensiones. El
lenguaje se vuelca a través de él –eso deviene del hecho del
trabajo, de la laboriosidad, de la penetración, quizá a la inversa
de lo que pueda ser la “inspiración” repentina-, y se hace presente
gracias a la atención incondicional del poeta.
De este material indómito procede el ritmo –que parece una forma más
de conciencia-, la verdad –entendida la verdad como un asentimiento
interior y convencido del poeta ante lo que se desvela en la
palabra-, la belleza –la estética es en la poesía fruto de la
repentina comprensión, del aumento de conciencia ante las cosas o
ante los hechos-, y el orden –entendido el orden como una ganancia
de sentido que se impone al maremagnum, al caos de la realidad que
nos rodea. La poesía es una forma más de interpretación-.
De este material procede, por tanto, una forma de riqueza. Pero
nunca el poeta posee al lenguaje sino que es dignificado por él en
tanto en cuanto el creador se digna a atenderlo y a reproducir su
propia intencionalidad. El acercamiento a la palabra poética es un
acto individual y voluntario, sin embargo, en esa transformación del
mundo que produce la creación de un poema, el poeta nota que es el
lenguaje lo que le ha cambiado a él. El intercambio productivo de la
creación poética entre poeta y lenguaje no es, a mi modo de ver,
equitativo: el poema permanece porque está fundado con la palabra
poética, pertenece al no-tiempo, al no-espacio, mientras que el
poeta sin lugar a dudas desaparecerá en el tiempo. ¿Qué hubo antes y
qué quedará después? La herramienta, que supera con creces las manos
que la vuelcan, aunque esas manos hayan poseído también la capacidad
de enriquecerla un poco más.
Conclusiones
La creación poética es la creación de un mapa del mundo que nada
tiene que ver con la linealidad de nuestra antigua cultura
occidental, que estuvo atrapada en el concepto del progreso. Se
puede decir que, como ocurre en el poema, en la realidad también
sucede que todo está en todo. El lenguaje poético lo sabe, el poeta
se sorprende al descubrirlo en su proceso de escritura, y el lector
regresará a esa concepción de lo que le rodea al acercarse a la
poesía (no es la única manera, pero es una de ellas, a mi modesto
modo de entender).
La metáfora del lenguaje poético es la figura literaria que nos
permite un conocimiento mayor de las paradojas que otorgan sentido,
ante nuestras propias conciencias, al mundo que nos rodea. El
no-tiempo y el no-espacio son característicos del poema, que genera
un universo especular del universo exterior, permitiéndonos conocer
una verdad distinta a la que nos presentaba la vieja cartografía
(lineal).
La polisemia del vocabulario poético y de las composiciones poéticas
en sí hace emerger universos de sentido a partir de un grupo de
palabras, universos que nos permiten conocer algunas formas de la
realidad por vez primera, que ponen un orden de poderosa aunque
sutil geometría en el caos, y que enriquecen nuestra conciencia.
Por último, el lenguaje es mayor que el poeta, y éste ha de realizar
una labor de arqueólogo, no ya para desvelar el significado de sus
propias experiencias –de las que quizá parta su trabajo-, sino para
perpetuar y descubrir el conocimiento inherente a la herramienta, lo
que late en la intensidad de la palabra. De lo contrario, la
creación poética suele quedar vacía, puesto que si no se atiende a
lo que el lenguaje poético nos revela, la individualidad se apodera
de la forma, y perdemos el vínculo con el decir originario.
El poeta debe ser consciente de la naturaleza de aquello que
utiliza, y permitir que el lenguaje poético haga uso de él al mismo
tiempo que trabaja. Aunque en este sentido, me parece que se da un
intercambio desigual, como he explicado: quizá si nos damos cuenta
de esa desigualdad, dejen de importar de una vez por todas los
poetas para que comencemos a valorar el lenguaje poético, la
herramienta, en su justa medida: sólo la conciencia y la atención
nos permitirán ir más allá, aunque sólo sea unos instantes, de los
continuos mapas (del pasado, del presente) que nuestra fuente
interpretativa genera sin poder parar.
Datos de la Autora:
Poeta y narradora,
Yaiza Martínez Montesdeoca es Licenciada en Filología Hispánica
(UCM). Libros de poesía:
Rumia Lilith (2001) y El hogar de los animales Ada (en prensa.
Editorial Devenir). Es también autora de las novelas inéditas
Las mujeres solubles y La Pangea de Elisa Merlo.
Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones como El
signo del gorrión, Vera, Los noveles o
ABC Cultural. Ha traducido El Señor de Ballantrae de
R. L. Stevenson (2005). Ha ejercido la crítica literaria en la
revista Reseña. En la actualidad es Redactora-jefe de la
revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21. Este artículo se
publicó originalmente en
7de7.net. Se reproduce con autorización. YaIza Martínez edita
asimismo el blob
Literaria de Tendencias21.
miércoles 08 Febrero 2006
Yaiza Martínez