VIENTOS DE HAMBRE Y CLAMOR A DIGNIDAD

Nota: componente total de la novela: 250 páginas tipo cuartilla (A5)

 

                                                                                                   Por Agustín Conchilla Márquez

 

 

 

 

María rebuscaba bellotas entre brasas o cenizas de la chimenea y rumiaba como cabra sedentaria; aunque a cada chisporretear carraspeaba o giraba de soslayo sobre la banqueta de un tronco de chaparro. Banqueta que a la puerta de un cortijo, en pasadero tesón y esmero, pocas esencias y muchas ganas, tiempo atrás elaboró Fernando a base de lima, navaja, cuchillo, hocino o hacha. Sin embargo, sobre aquél rústico descansadero María permaneció excesivo tiempo y ya removía el trasero como <<culillo de mal asiento>>. Incluso entre vaivén y vaivén denotaba talante quejumbroso: frotaba los ojos, rascaba la garganta, los pómulos, la nariz o ambos lóbulos. Pese a ello, María no encontraba relajación; aunque para alivio o sosiego ahuecaba la mano y con ella en similitud a la esfera del huevo acariciaba la garganta, los labios, la cara o la barbilla. Con la misma mano deshilachaba el moño, lo enmarañaba entre los dedos, lo volteaba sobre los hombros, el cuello, la frente, los ojos, las mejillas… Con aquél desajuste, algo en desuso o desgarbado, María giraba la vista sobre su entorno y cómo si anduviese fuera de sí misma o en un mundo aún más mísero del que ya conocía, recorría el suelo de aristas piedras y también el sarpullido que la cal dejase en paredes húmedas o desconchadas. Aunque con aquella visión de enmarañamiento, su cara y sus ojos aglutinaban tal parecido a un ser diabólico o de mujer poco limpia o recién levantada que, al verla en tal estado, Fernando respingó. Aunque María se percató del sobresalto que causare en su marido y apartó la mano de aquellos entresijos para en silencio y cabizbaja fisgonearlo de soslayo. Acto seguido chasqueó la lengua, soltó un escupitajo, vacío de contenido, e imbuyó en tantos recuerdos que a su mente llegaban hasta los de aquellos años en que aún sin sobrantes, a su despensa llegaban los mendrugos de pan duro que una vez racionado le servirían para el troceado de migas, de dorados tostones o de crujientes picatostes.

Al día de hoy, en cambio, María encontraba los sueños distantes, muy distantes de buenos o mediocres sabores; y cerca, muy cerca de la desnutrición, la desdicha o la sinrazón. Pese a ello, durante el trance, a pie de chimenea y aunque a desgana y bajo la sartén de tres patas, María se ayudaba de un leño de jara, con cual una a una removía hasta un puñado de bellotas esparcidas o soterradas entre candentes brasas. Sin embargo, en aquel trasiego también fantaseaba con manjares tan exquisitos como carnes de cabrito o pierna de cerdo troceadita y aupada sobre un mendrugo de pan blandito. O seguía con la sabrosa oreja de cochinillo, también chamuscada entre resplandecientes brasas. No obstante, mientras su mente saboreaba los inexistentes placeres de aquellos supuestos manjares, ella seguía soñando con lonchas de tocino de buena veta; además de chorizos descolgados de entre vigas de pino, bajo cubierta adornada por cañas superpuestas; en parte recubiertas de yeso mezclado con tierra, y en parte desnudas, ennegrecidas y casi descuartizadas por el paso del tiempo. En aquellos avatares y, <<en tan ilustre estancia>>, María desviaba la mirada hacia la vacía despensa, cerraba los ojos y distraía la mente en la también inexistente orza que, a falta de mejor dote presuponía repleta de tajadas de conejo, de cabrito, de cerdo, de ternera o de cordero, tapaditas en aceite de oliva. A veces incluso, en tan laborioso trasiego parpadeaba y creía ver sardinas doradas entre ávidos rescoldos, bajo la sartén de tres patas. Aunque en su defecto se aferraba al leño de jara y con él sujeto por ambas manos rascaba entre candentes brasas, en busca de desperdigadas bellotas que una vez tostaditas servirían de nutrición y de sustento al conjunto familiar. No obstante, y aunque el tiempo pasaría sin más deleite para la despensa que el propio de tan ilusorio sueño, María cerraba y abría los ojos de tal y cual estupor que de vez en cuando percibía que aquél leño de jara, con cual rebuscaba y removía las bellotas soterradas entre candentes brasas, topaba con una de las gallinas del corral de don Paulino: la más gordita y la que más arañaba sobre el estiércol de cabra. Aunque también entre penumbras y sueños la veía desplumada, sudorosa y sobre rudimentario trípode rotatorio, a fuego lento. Simultáneamente soñaba con legumbres tiernas: legumbres cociditas con especias o ungüentos estomacales, a cuales en sueños añadía embutidos de chorizo, morcilla, careta de cerdo o el mejor tocino de la matanza otoñal de don Paulino. En aquellos avatares incluso, anhelaba las mejores lonchas de lomo de aquella ternera que a su libre albedrío, de día y de noche mugía por los alrededores del cortijo y de la finca. Sin embargo, a pesar de tantos, tan sabrosos y tan abundantes manjares, María no encontraba el consuelo estomacal y seguía soñando con sabrosas, buenas, mejores y abundantes o notables viandas... Y tan imbuida andaba en aquellos andurriales que por inercia, necesidad, desesperación o descuido, a saber, introdujo el dedo índice en la boca y entre guiño y guiño y con la uña casi rapada rebuscaba entre huecos de escasos dientes y aisladas muelas, con tanto brío que parecía una gallina en busca de nutrientes en patio estercolado. No obstante, mientras hurgaba entre dientes también soñaba con sacar la ilusoria espina de una bacaladilla que una vez al año comía en la botijuela de final de cosecha. Botijuela en cual don Paulino les ofrecía con un exquisito postre de salazón remojadito en rioja, o en su defecto les obsequiaba con cerveza de la tierra; o la mejor mistela de su propia cosecha; incluso con un chorreón de la bota repleta de tintorro manchego. Aunque poco, muy poco le duraría tan apetecible sueño: María pellizcó la mejilla, chasqueó la lengua, frotó la mano sobre el perímetro del estómago, apartó a un lado las bellotas asadas, desvió la mirada hacia las cañas del entresuelo, soslayó la cabeza, lanzó un segundo escupitajo, como el anterior, vacío de contenido; chistó, maldijo, volvió la mirada a las cañas del entresuelo, manoteó el delantal y a regañadientes, malhumorada o colmada de necesidad, aún mayor, al cielo imploró el milagro que cubriría la falta de carnes, de garbanzos, de habichuelas o lentejas para el puchero. Aun así, a pesar de tan laborioso desasosiego y tras aquella súplica desbordada en auténtica fe espiritual, María sólo encontraría la tortura del silencio y la soledad y por inercia o comprensión resignó ante la carencia de lo esencial e inevitable y humano para el sustento familiar. Aunque no por ello se contuvo, y de súbito y aún más malhumorada: cómo espantada por el rayo, espabiló entre aquellos y otros sinsabores y se aferró al cucharón de metal y al mango del chamuscado útil culinario y a la precipitada, a regañadientes y al tuntún removió las tajadas de un gato que a primeras horas de alba y mientras el animal andaba agazapado sobre las tejas de la cubierta del cortijo, a la caza de gorriones, Fernando le atrapó a él con un lazo forjado en alambre de cobre. No obstante, a falta de mejores condimentos, María satisfizo con aquella cacería, incluso lo despellejó con la mismísima soltura que tiempo atrás usare para despellejar al conejo de monte que le regalase don Esteban, hijo menor de don Paulino. Este día, en cambio, a falta de otros manjares troceó la carne de gato, la echó a la sartén y la removió hasta que las tajadas se vieron tan doradas que más que fritas parecían apaleadas. Con todo, a la necesidad más inaudita, entre desconchadas paredes de un cortijo encalado, en altozano y en serranía, a María y a Fernando les llegaría una piara de retoños, entre cuales alumbró a su única hembra: Patricia. Aunque un varón o una hembra, qué más da: cuando lo esencial y la escasez se adueñan del entorno y del prado... Sin embargo, o lo primoroso del caso, quizá fuese la lindeza o la satisfacción humana de disfrutar de gozo ante la llegada de un nuevo ser. Y ya puestos en el camino de la creación que vengan cómo quieran y cuántos quieran o cuántos hayan de venir... Aunque en palabras de María: <<Mejor que vengan con la sonrisa marcada: de saberse con el pan bajo el brazo y la morcilla cruzada sobre el labio>>... Con todo, y a pesar de la escasez, a María le llegarían tres hijos más, aunque Patricia fue la primera y también el único alumbramiento que la naturaleza, aunada a la miseria, a ella dejase bajo aparatosa necesidad de subsistencia: en día de hambruna, lluvia, niebla y ventisca. Además, el único techo y también catre provino al resguardo de las frondosas ramas arbustivas de un lentisco, en cuyos bajos y sobre la broza un gemido de primer llanto, entre claros borrascosos, cielo turbador y rachas de viento, se aunaría a la escasa algarabía de la fauna. En cambio, y a pesar de tan alta precariedad, pasarían años y más años y la criatura no desfallecería de pulmonía, neumonía u, otros. Patricia se nutriría de pecho materno y gachas de harina que procedían de rebusca de trigo o cebada, en rastrojos ya segados… Además de bellotas masticadas, moras de zarza o variedad de verduras silvestres: lechuguillas, majoletas, collejas hervidas, verdolagas o molla de pan que pacientemente María y Fernando trituraban con los pocos dientes que aún les quedaban. Pese a ello, a Patricia sí la azotarían multitud de diarreas e infecciones; aunque Fernando y María se hallaban tan habituados a usar hierbas medicinales y collares de planta de Torvisco en las crías del rebaño de don Paulino, que Patricia desplegó; vaya si desplegó… Y tanto que cuando se dirigía al aseo personal, entre mansas aguas de Arroyo Templanza, a ella la espiaban campesinos y no tan campesinos que se ocultaban entre jaras, lentiscos, romeros, espinos, carrascas, juncos o zarzas... De tal palo, cuando Patricia marchaba aseada y con la toalla enrolladita bajo el brazo, ellos, los fisgones, salían con la cara púrpura y más pinchazos en cuello, espalda o costados que el antebrazo del hijo de Toribio, el diabético. Aunque antes, en preparación de pulcritud, ajena a mirones y bajo suave cántico de pájaros, salto de aisladas ranas sorprendidas por presencia humana, reclamo de perdiz, zumbar de tábanos o abejas o revolotear de mariposas, Patricia alcanzaba esplendor natural en desnudez; fisgoneaba aledaños, se acercaba al rebalso, tanteaba la superficie con la punta de los dedos de los pies, respingaba, se introducía entre mansas aguas y canturreaba mientras frotaba la piel con jabón casero. Jabón que anteriormente elaborase su madre con restos de aceite usado y extractos de mantecas: mantecas, residuos o grasas que a hurtadillas le hacía llegar Maruja, la doncella de don Paulino.

...

María fisgoneaba a don Paulino y a su peculiar modo de vestir: camisa azul mahón y botas de montar que brillaban casi tanto o más que las calzaduras reglamentarias del sargento de la Guardia Civil, o los zapatos de don Manuel, el cura. Aunque lo que más atraía la curiosidad de María era la prepotencia que ambos usaban: prepotencia que ni el rey Alfonso XIII, en su mayor esplendor o época hubiese podido igualar. Quizá por ello ojeaba a don Paulino, guiñaba los labios, chasqueaba la lengua y más lejos de sugestionarse, su corazón, su mente y su estómago hallaban el amargo desamparo que la cruda realidad social a ellos dejare en necesidad de inferior clase o rango...

 

 

 

 

 

 

                                                                                                Revista COMO EL RAYO

 

 

 

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