Fragmento narrativo de Agustín Conchilla Márquez
Torpedo se liberó del calzado, de los pantalones, de la camisa, se apoyó en la vara y tanteó las aguas… Al contacto con ellas brincó hacia la parte de atrás y, dijo:
—¡Jolines…! ¡Qué fría!
—Sólo al principio, después tu cuerpo se adaptará y disfrutarás como el niño con las tortugas del manantial.
Torpedo respingó, aunque siguió adentrándose en las aguas del río. Lecherito le imitó y empezaron a hurgar entre malezas, cuevas, fisuras rocosas, raíces acuáticas… Incluso de vez en cuando apresaban a un pez en celo, con sus propias manos, lo lanzaban al exterior y continuaban.
Las ranas saltaban a su paso, zigzagueaban y se sumergían en el fango.
—¡Torpedo! ¡Torpedo! —llamó Lecherito—. He atrapado un pez que es enorme; lo tengo entre mis manos pero se resiste a salir por la fisura de la roca.
—Sí, ¡pues espera un poco que ya voy yo!
Las aguas no le pasaban de la cintura pero a su paso dejaba pequeñas olas que rompían la suave armonía de la superficie.
—¿Dónde...? ¿A dónde está?
—Aquí, aquí; bajo esta roca.
Lecherito arrimó unos pastizales, taponó la fisura y se alejó unos pasos. Torpedo tanteó con las manos, apartó los pastizales y topó con algo escamoso, aunque un poco áspero.
—Casi, casi lo tengo y, ¡qué coletazos pega el cabrón! —dijo Torpedo.
—Ya te advertí, amigo, ese pez se hará duro de coger.
Sin embargo, para la tozudez de Torpedo no existían obstáculos y se afanó a la fisura de la roca, con tantas ganas que atrapó al tan buscado pez. Inmediatamente después sacó las manos al exterior y las enarboló victoreando su acción. Aunque mejor que no lo hubiese hecho: las aguas del embalse no le pasaban de la cintura pero del brinco que pegó sobre ellas dejó tal reguero de olas atropelladas que incluso romperían la armoniosa paz de la superficie. Y tanto que las mariposas revoloteaban violentadas, las ranas callaban de súbito, los renacuajos desaparecían y los pajaritos despectivos curiosamente les miraban desde las ramas cercanas.
—¡Tú...! ¡Tú lo sabías, maricón!... ¡Mecachis en la puta!... ¡Si te cojo entre mis manos te arreglo el cuerpo de panoli que tienes, mariconazo!
—¡Hi, hi, hi...! ¡Qué tonto eres, Torpedo! ¡Vas de listo por la vida y al primero que llamas panoli, él va y te la pega en tus propios morros...!
A Torpedo le quedaba poco para salir del río cuando resbaló sobre una roca mojada, bamboleó, intentó sostenerse, pero se desplomó y desapareció bajo las aguas. Sin embargo, emergió de súbito, con la cara desfigurada: de perro mastín, lo menos.
Lecherito se desgajaba de risa, aunque en la parte opuesta del río, por si acaso...
—¡No vuelvas a jugármela o sabrás quién es y cómo actúa tu amigo Torpedo cuando algún espabilado lo quiere tomar por tonto o por imbécil!
—No pasa nada, Torpedo. Una simple broma de amigos, ¿sabes? Además, ya ves, sólo es una bicha graciosa que ni siquiera ataca ni es venenosa.
—Y tú… ¿Tú cómo lo sabes?...
—¿Qué cómo lo sé…? ¡Pero hombre de Dios, amigo mío y dolor de los infiernos!: antes que tú la tuve yo enrollada en mis manos. Además, aquí en el río, qué lo sepas, no hay serpientes venenosas, ¿sabes...?
—Qué no, Lecherito. Pues mira lo que te digo y míralo bien: ¡si ése bicho me hubiese mordido, hoy sería el último día que para los restos, tú haces el idiota!
—La mordedura de ése bicho, cómo tú dices, Torpedo, sólo irrita la piel y, nada más.
—¡Y tú qué mierda sabes si jamás aprendiste nada!... ¡Imbécil! ¡Paleto! ¡Energúmeno! O lo mismo te has creído tan sabio y tan listo como los estudiosos hijos de don Germán, el señorito, o de don Luis, el boticario. Aunque seguro tengo que ni para las jaras ni para los zorros ni para los conejos llegarás a llamarte científico, como el señor don Félix Rodríguez de la Fuente, que en paz descanse.
—¡Coño! ¿Menudo ejemplo me has puesto?
—¡Ése tío sí que era un artista! ¿Sabes?
—¡Y tanto…!
Lecherito pidió disculpas y siguieron golpeando sobre las aguas o pescando entre los agujeros de las piedras y entre las hierbas acuáticas. Aunque tras aquél incidente, Lecherito dirigía la mirada hacia la figura de Torpedo y veía como al roce con los peces, retiraba las manos violentadas...