AL ESTE DEL CABO DE GATA

 

              (Novela ambientada en la Isleta del Moro (Almería))

 

                                  Por Ramon Fernández Palmeral

 

 

 

                                                  LIBRO PRIMERO

 

 

 

 

                                                                1

 

  

   VIAJÉ AL FIN DEL MUNDO en marzo de 1981, el fin del mundo se halla al Este del Cabo de Gata, en la Isleta del Moro Arráez en Almería, en los Campos de Níjar, al Este de cualquier parte del mundo y de la desesperación más profunda y determinante de un corazón como el mío que late ahora, solamente por sobrevivir en una nueva residencia. Mi domicilio actual es la "Prisión deEl Acebuche”, o el palacio de la mierda como le llaman otros pringaos como el Chinches o el Witos, un auténtico pozo negro para la dignidad y los hombres que aquí cumplimos condenas injustas como la mía. Tres años hace que me detuvieron por un delito de sangre en defensa propia. Acabo de salir de un módulo de aislamiento o celdas de castigo,  esperando mi clasificación del primer grado del llamado «tratamiento penitenciario»  por denunciar los abusos que aquí se cometen.  Los boquis están pasando lista, así son todos los días, pero antes de seguir hablando con usted señor abogado defensor, por esta boca que no está educada ni sabe acariciar palabras amables ni compasivas, debo empezar desde el principio, desde 1980 en Londres:

 

    Por oficio y obligación de economista en una empresa de gestión de los capitales ajenos, sin ganas por mi parte, cada mañana lo primero que hacía era leer  la sesión de la Bolsa del FINANCIAL TIMES, índices y  gráficas a la vertical descendente que eran mi cruz, todo los días lo mismo:  «... Al final de la jornada, el índice general registraba unas pérdidas del 11´26 puntos, un 0´14 por ciento menos que ayer y se situaba en los 302’66 puntos.  El Daw John perdía 35 puntos respeto al yen japonés,...».  Se avecinaba un terrible “ckack” de las Bolsas mundiales, y  cada día recibía una bronca como si este  derrumbe anunciado fuera culpa mía.   

    Las noticias financieras no es que fueran malas o regulares, eran pésimas y de mal gusto para los inversores, el petróleo por 19 dólares y el oro refugio a no sé cuanto dólares la onza, un crack mundial como el del 29 decían, pero para mí y para la empresa en la que trabajaba Wolkon&Brothers,  más esa bajada brutal del índice general se instalaba en mi cuerpo y en mi mente en forma de ansiedad y no me dejaban dormir, gráficas de sierras asesinas que me producían vértigo nada más mirarlas, dolor de pecho e insomnios, desgana sexual, por qué no admitirlo si era  la verdad, mis biorritmos bajaban o subían al son de la Bolsa de Londres, éramos almas gemelas, podía asegurar que un cardiograma coincidía con las últimas gráficas picudas a la baja de la maldita y asesina Bolsa de Londres. La última reunión de accionistas, se convirtió en un círculo de acusaciones entre directivos, amenazas claras de despidos y cambios de responsables de departamentos.

  Llevaba no sé cuantas semanas enteras sin dormir, sin pegar la pestaña, vuelta para un lado y vuelta para otro en la cama que me merecía un barco en un temporal. Cebado mi cabeza a punto de explotar como un cóctel molov. Sin contar las cajetillas de tabaco, los porros, el té, las pintas de las tardes en los pubs y, qué decir, de los atascos de tráfico en la city imposible de usar vehículos particulares sin pagar, ¿dónde aparcar? ¿Dónde tomar una pinta?  Costumbres mundanas unidos al uso más que frecuente de tranquilizantes para doblegar el insomnio, y, últimamente pastillas de  Viagras para conseguir inútiles erecciones semanales o quincenales. Ningún remedio homeopático restituía mi apetito sexual, ni mi insomnio, necesitaba unas semanas de vacaciones.

  Me encontraba tan excitado una veces, tan cansado otras, lleno de dudas las más,  que Bárbara,  mi mujer hacía tiempo que estaba cansada de verme hecho un trapo viejo, de darme consejos, de convencerme de que yo mismo era mi propio problema y mi propio culpable, la tenía tan cansada de esperar y creo que  ya no me soportaba más mis múltiples impotencias, porque, creamos no, señor abogado, las tragedias son siempre un tiempo favorable para huir y justificar luego esa  terrible huída, huia a no se sabe muy bien dónde,  tan claro, tan claro lo tenía Bárbara que se marchó a Croydon al Sur de Londres con su hermana a pasar unos día de crítica salvaje, seguro que contra mi forma de actuar,  sobre mi forma de actuar sexualmente, claro, y mis síndromes afectivos, más la evidente inestabilidad de la economía familiar y la eterna pegunta de por qué no teníamos hijos y bla… bla… bla…

  Bárbara entrometiéndose en mi parcela privada, pues una parte del matrimonio debería tener su privacidad como por ejemplo entrar en el retrete, a hacer las propias necesidades, digo retrete y no servicio porque aunque soy escocés de nacimiento y de padre, mi madre española andaluza. Como los escoceses tenemos la mala costumbre de bajarnos los pantalones y enseñamos el culo cuando pierde nuestro equipo de fútbol o nos cabrean, pondré depositar heces, tampoco queda ridículamente hospitalario, lo dejo en evacuar, creo se me entiendes me he bajado bastante los pantalones ¡oh, no! ¿qué digo?  Todo lo que sea hablar de la mierda nos da una risa tremenda. Pero mi vena hispana católica por parte de madre, me hace ser más educado, consecuente, responsable, animoso.

   La cuestión es que mi mujer me había pedido cita previa con su psiquiatra y me advirtió severamente de que ella no regresaría a nuestra apartamento a las afueras de Londres mientras yo no acudiera a la consulta y me pusiera en tratamiento severo de supositorios, sabedora de que el culo de un escocés es su ariete, su espada, su punto débil,  así de rotunda se mostró ella conmigo, estúpidamente convencida en su cabezonería victoriana y polaca  que la disciplina inglesa y el ejercicio de la hipocresía es el mejor remedio contra la enfermedad del sexo y de la mente que yo padecía: el exceso de trabajo y la impotencia un idas hace un buenas alianzas. Acepté ponerme en manos de su loquero particular, tenía que aceptar la visita médica, me jugaba mi matrimonio y algo más que por ahora no debo contarle, y además, ¡qué coño!, hacía semanas que tenía las visitas inesperadas de un dolor  punzante en la zona izquierda debajo de la clavícula donde está el bolsillito en las chaquetas, dolores  acompañados de un punzamiento en el brazo, más una falta de aire para sentirme satisfecho en mi ración de oxígeno.  

    Cuando llegué al portal del psiquiatra Dr. Donald Siegel, se llamaba como el director de cine americano, el portero me miró con esa cara de asco y rencor infinito de todo los porteros fisgones poseen como mayordomos de los nobles, pero no interceptó mi paso como adivinando en mis gestos que era un enfermo psíquico peligroso, y, sin decir goodivnin me dirigí al ascensor con puerta de caverna aceradas, pulsé el botón del décimo, se me cerraron ante mí las puerta metálicas como cuchillas de acero hidráulicas que se te cruzan sin reparo, tuve tiempo suficiente para pasar revista a mi aspecto frente al espejo: lo que ven mis ojos es a un hombre de talla media, pelo largo de color resina de momia, mala cara (culpa de la luz interior), ojeras de funerala, traje con corbata o uniforme de agente de la Bolsa, corbata de amarillo chillón, zapatos tipo mocasín que da un aspecto de limpieza, en general el aspecto exterior va impecable pero por dentro va destrozado, ¡un asco de tío!

 Tenía una expresión tensa, como si la preocupación me hiciera sufrir con un tipo de tic en la mejilla derecha que antes no tenía. Este tipo frente al espejo, Intenta reír, se ve los dientes y saca su pañuelo para frotárselos como dentífrico, los tiene limpios pero la luz del ascensor amarillea y le da un aspecto de vampiro con colmillos sanguinarios.  Ensaya un saludo con la mano y piensa lo que va a  decirle al doctor “...vengo a su consulta porque mi mujer me ha mandado, no, no debo decir eso, debo decir la verdad, no puedo dormir porque los problemas financieros de mis clientes me agobian...”  Muestra su sonrisa sarcástica, la que le da a los clientes, la que trata de disimular una personalidad vulnerable y susceptible e hipersensible a los problemas ajenos, o a las indirectas de mi jefe de sección que no hace más que agobiarme con que me tome un descanso, si en mi “lobby” te tomas un descanso es seguro que no vuelves a ocupar el mismo despacho. ¿Qué pinta un tipo como este, supuestamente agresivo, depresivo, subiendo en un ascensor silencioso de puertas de cuchilla?

  Décimo piso, menos mal, salgo de la pesadilla de mi auto examen y del ascensor mortaja, si llega a tardar un poco más seguro que le doy al stop y me vuelvo a casa. Me encontré en un pasillo oscuro, dándole a todos los interruptores para encender la luz, hasta que desde una puerta oí la voz de una mujer en inglés viscoso: « ya está bien, esta tarde se han equivocado dos» . Le pedí esquiusmis, perdón por dos o tres veces seguida para disculparme de mi error, de mi falta de tacto y es que soy un manzanas con eso de los timbres e interruptores de los rellanos,  muchas veces ni me atrevo a encender la luz de mi propia escalera por temor a equivocarme.

   Cuando el Dr. Donald me recibió noté en su rostro feliz de banano que ya mi mujer le había puesto en antecedente de mis problemas, daba asco tanta anticipación a todo hasta invadir mi privacidad, tanto control y tanto orden me desespera. Tras una larga hora de combinadas  preguntas, tras acosarme con un test y dibujos, tras dejarme el celebro suave como la seda, se quitó las gafas y enarcó las cejas.

   -Señor Burn, le puedo mandar pastillas como el Bromazepan, el Brominol 50 u otras farmacopeas para el insomnio pero le recomiendo que visite a un cardiólogo, esas molestias en el lado izquierdo hay que controlarlas, para prevenir, pero lo que usted necesita es un descanso en un lugar tranquilo y soleado, le aconsejo el Sur de España. La Costa del Sol ¿Desde cuando no disfruta de unas vacaciones. Ha estado alguna vez en España?

  Mi nombre es español es Roberto Burn Azorín, en el ingles se me queda en Robert Burn., ahora palabras.

   -Sí, he estado infinidad de veces en España, mi madre es española andaluza –remarqué con un cierto tono de superioridad ante un idioma dificilísimo de leer y de pronunciar, sobre todo por culpa de la conjugación de sus verbos.

   –¿Y lo de mi impotencia?

  –No se preocupe de eso ahora.  Estoy seguro que se debe al estrés del trabajo. A la falta de concentración.

    Prolongamos la conversación por unos minutos fuera de su ajustado horario de consultas, miró impertinentemente el Rolex, los justos hasta que se levantó de su sillón y se puso a mi altura, demostración evidente de que mi hora de consulta se había acabado. Me dio la mano, y me dijo que le pidiera hora a la enfermera para dentro de un mes.  Salí a la calle, llovía como es de costumbre, para no variar, el cielo de un gris arenoso, la primavera debía empezar en cualquier lugar del Hemisferio Norte, menos en Londres, donde el tiempo puede ser motivo de una larga conversación con un desconocido y se puede hasta intimar.  Nuestro carácter está hecho en piedra como los pórticos húmedos de sus iglesias góticas, la blancura de  nuestra piel puede llegar a transparentar los huesos del rostro y el calcio que los alimenta.  Yo no soy inglés sino escocés como el actor Sean Cornery, trabajaba en Londres desde hacía cuatro años con deseos irrefrenables de volver a mi Edimburgo natal, pero en Edimburgo vivía mi madre y sin duda éramos demasiados en esa ciudad.

    Ahora tenía un grave dilema, si visitar a un cardiólogo cuyo diagnostico iba a ser el esperado de quítate del tabaco y de la bebidas alcohólicas con un bodrio de fórmulas mágicas, seguramente venenos como las  pastillas del psicólogo, o tomarme unas vacaciones en el Sur de España, como me había aconsejado el Sr. Donald,  a un lugar alejado de aquel antro maléfico de vida y de  la city victoriosa que podía vencerme, muy lejos del magnífico clima seco de Londres, al húmedo sur de España, pero esta decisión debía ser rápida y contumaz, pues si me ponía a pensarlo llega ese círculo vicioso del: “puedo, no puedo, puedo, no puedo...” y de ahí no se sale jamás. Mi matrimonio no tenía el fruto de los hijos, y mi mujer despreciaba Londres como la mayoría de los londinenses.

 Yo sentía una intensa fascinación por España, conocía su historia y la llevaba en el subconsciente como el idioma desde la infancia, mi madre, andaluza, emigró en los años sesenta a Edimburgo y se casó con un escocés, por eso mi nombre es Raymond Burns y López, López si le añado el primero de mi madre, aunque ella usaba el apellido de mi padre como es de costumbre anglosajona.

  Esperaba en la calle a un taxi para regresar a la oficina cuando un suceso colmó mi estabilidad emocional.  Esperaba al taxi que me llevaría a la mina inestable de las finanzas y de la Bolsa,  preocupado por una serie de inversiones arriesgadas que hice sin la supervisión de mi interventor general, y, en las que habían perdido millones de Libras, cuando mi paciencia no pudo más, iba a explotar: una huelga de trasporte, pitada impresionante de coches, lluvia diminuta, circulación parada, sirenas de policías hacia un fuego, un atentado del IRA, y  tomé una decisión drástica, y a la vez simple y perfecta como un triángulo, busqué una cabina pública y llamé por teléfono a mi mujer: Me voy a España, vente conmigo, por favor.  Le expliqué que debía huir por una serie de problemas laborales, el de jugar con el dinero de los demás, pero sin asustarla, sin entrar en detalles como el de que podía acabar en la cárcel.  Le hice ver que la vida en España era barata, buen clima, playas, los españoles hospitalarios, y con lo que teníamos ahorrado más la venta del BMW, seguro que aguantaríamos una larga temporada hasta montar un negocio propio, ella fue rápida en su decisión elemental como su cerebro cartesiano. 

  -Lo siento, de verdad que lo siento, cariño, no puedo dejarlo todo, sabes que no soy de la persona a la que le gusten los cambios,  tengo la sensación de que España es un país por civilizar. Si quieres prueba con una vacaciones –apuntó mi mujer con cierta aseveración no rectificar.

  Por una parte no era de extrañar su frialdad, entendí su cansancio de mis pequeños problemas y no quería participar en nuevas aventuras, no era mujer de riesgos, ritos y ceremonias, necesitaba seguridad y fuente de placer, y yo lo entendía, ella tenía su trabajo de traductora simultanea de inglés y polaco, porque su madre era de Varsovia, y adónde iba a encontrar ella trabajo de esos dos idiomas en España, se encontraría perdida. Lo entendía perfectamente. Yo la quería, de verdad que la quería, aunque no fuera una pasión, ella era mujer poco cariñosa, demasiado cerebrar y, sin ánimo de insultarle, Dios me libre, distante en todos los aspecto de nuestra relación matrimonial. No compartíamos la economía, ella se valía con su seguro sueldo y los domingos invitaba al pastel de Yokshay.  Además habíamos perdido lo más importante del amor: la pasión, el cortejo, la satisfacción del encuentro, además es que prácticamente nos veíamos tan sólo los fines de semana, ella siempre estaba fuera, en Bélgica o en Holanda o en Varsovia.

  Un divorcio costaba tiempo y dinero, me faltaban las dos cosas, en aquellos años no me hubiera importado,  no teníamos nada en común, ni hijos, ni aficiones que compartir, bueno en común teníamos la religión: éramos partidarios de Woytila.  Decidí tomarme unas largas vacaciones, y así se lo hice saber, llegáramos a un acuerdo financiero, le dejé el BMW, no quería viajar en coche, quería huir.  Bárbara era una persona con un concepto más práctico que ético de la vida, le encantaba comprar, vivir en un paraíso del consumo, la tarjeta de crédito sin límite como máximo exponente de un sin fin de comprar libros, y el vicio de la ropa o de un buen perfume tenía más valor que lo girasoles de Van Gogh, dominada por su única hermana de Croydon, mayor que ella en la que se apoyaba como una madre, por que al sangre polaca es muy familiar, leía a Sergisuz Piasecki el enamorado de la osa mayor, poesía rusa y a Virginia Wood.

  No lo dudé por más tiempo y preparé mi viaje a España, me despedí de mi jefe de sección del “lobby” en Londres.  Con sangre fría de la mejor leche inglesa y su educación de Oxford, aunque yo estudié en la estatal de Edimburgo, me dijo que yo había tomado la decisión correcta sin mirarme a la cara, casi con desprecio, en vano había pasado cuatro años de trabajo con él, no le importaba, la verdad es que jamás nos tomamos una pinta junto, porque yo no pertenecía su club el “Royal Scott Club”.   Cincuenta gilipollas de cuellos estirados como grullas jugando al crike y tomando whisky de mi tierra hasta perder el conocimiento, pero eso sí, jamás en público, ¡oh no!, por favor, sexo no, somos ingleses.   Si abandonaba la firma a petición propia no me indemnizaban, así que me armé de cierto valor a le dije que  me despidiera por ineficacia, u otras razones que se recogieran en el estatuto de los trabajadores, no aceptó, como si ser socio de la empresa le convirtiera en  un déspota refinado.   Me encerré con él en el despacho y le hice un chantaje claro: o me daba diez mil libras de despido o hacía público su relación homosexual con Bob, el chico que repartía el correo.

 -No tienes pruebas, es un farol –desafió mi jefe de sección a la vez miraba a su izquierda, hacia una ventana.

 -Si quieres arriesgar, es tu problema –me levanté con decida intención de salir del despacho.

 -¡Espera! –llamó por el interfono del despacho a su secretaria y cuando entró con su libro de notas le dijo que preparara un acta de conciliación.       

  El imbécil de mi jefe sabía que yo no mentía, les vi besarse una vez en el ascensor, sus miradas eran delatoras, cómplices y cuando Bob entraba a su despacho a entregar el correo tardaba más de la cuenta.  Aquel despido de Broker & Broker me supuso nueve mil setecientas libras, no era mucho pero suficiente para salir de aquella cloaca de ciudad, un cubo de niebla y humedad y empezar en España.

 

 

 

 

                                                       2

 

 

  Pedí a mi madre que me llevara en su coche al aeropuerto de Hilrowl, llevaba dos maletas bien cargada con mi ropa, libros y demás enseres para una larga temporada en España. Pensé que la compañía Britania me cobraría exceso de equipaje pero como era un vuelo charter no me lo cobró, facturé sin pagar una sobre tasa,  no compré nada en las múltiples tiendas de la Terminal y al fin entré en los finguer de embarque, me dieron un asiento cerca del ala derecha que me impedía ver el suelo.

   Hice un vuelo de cuatro horas y media a Alicante,  pasé control de pasaporte, cuando llegué a recoger mis maletas en las cintas transportadoras me las habían perdido, no pase Aduana, así que no puede seguir mi camino dirección sur, hasta que no me hiciera con mis maletas, pero no era yo el único viajero con el equipaje perdido. A lo mejor estaban en Singapur o Dios sabe dónde.   Alquilé un coche en el aeropuerto y me hospedé en el Hotel Gran Sol de Alicante a cargo de la compañía Britania, antes de acostarme me di una vuelta nocturna por la ciudad, saludé el puerto y sus palmeras milenarias, y por la noche me tomé mis medicinas en la cafería del hotel.  Era una ciudad tranquila, patinadora del sol, su mar parecía una pista de tierra batida, pero no era el lugar que yo había pensado para olvidarme de la civilización. Al día siguiente por la mañana Britania me trajeron las maletas al  Hotel. 

   Al segundo día,  alquilé un coche, un Opel Corsa y salí en huida por la carretera de la costa hacia Murcia, sin pretensión de ir a un lugar predeterminado, mi idea era otear hasta encontrar un lugar que me gustara, el mar siempre a mi izquierda, llegué sin parar a Cartagena, puerto militar, pregunté dónde comer y me mandaron a una especie de chiringuito que se llamaba Techos Bajos, la impresión exterior era nefasta mas cuando salí con el estómago lleno después de comer paella y una dorada a la plancha, mi idea de aquel chiringuito era comparada al mejor restaurante de Londres. Seguí costeando, el tubo de escape era como una mecha de pólvora que ardiendo me llevara a las estrellas, fuga de mi vida anterior, fuga hacia la libertad, no quería mirar atrás para no convertirme en sal, para no desmoronarme, siempre adelante como un alquimista impaciente, contento, feliz, porque en cada kilómetro que dejaba atrás soltaba lastre de preocupaciones. Me había propuesto dejar de fumar, lo de beber tenía que planteármelo seriamente, no se puede uno quitar de dos vicios a la vez.  

   La tarde era de una luminosidad masticable, el mar hipotecaba todo el azul del universo, las montañas se iban mondando de vegetación y se coloreaban hacia el gris oscuro según avanzaba por la estrecha carretera hacia Águilas,  Mojácar  y Garrucha. No sabía donde detenerme. La luz del cielo aumentaba en claridad. El sur era mi ruta. Conocía España de muchos viajes anteriores de cuando mi madre me lleva a Nerja, su pueblo de nacimiento, pero Nerja es cosmopolita, y yo necesitaba paz y soledad.

    Por un momento de lucidez me pregunté qué hace un hombre como yo, licenciado en economía por la Universidad de Cambridge, con master en valores de Bolsa, con dominio de dos idiomas: inglés y español, divorciado una mujer que amaba la niebla y los libros de poesía rusa, viajando por una España de chocolate reseco cada vez más solitario, camino a Almería.

    Cuando conocí a mi mujer en Hide Park mientras leía un libro cuya cubierta me fue imposible leer, una rubia atómica de 1´18 de altura, yo mido unos centímetros menos que ella, pensé inmediatamente en decirle algo poético, una frase del Romeo y Julieta de Shakespeare (Acto II, escena II que todo joven británico se sabe de memoria, aprendida e en la escuela secundaria), pero cuando alzó los ojos y me miró con sus dos océanos, no me salía ese verso aprendido que todo el mundo se sabe. “...¿silencio!, ¡qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¿Es el oriente, y Julieta el sol!...”  Pero no me acordaba, estaba nervioso y solo se me ocurrió preguntarle por donde estaba el retrete más próximo. Media hora más tarde me hice el encontradizo con ella: hola soy el del retrete.  Una sonrisa pulcra fue suficiente. Y así fue como empezamos ha hablar con chispa porque a una mujer se le conquista cuando se logra hacerla reír.  Luego vinieron muchas noches de amor, nos llamábamos constantemente, salíamos a comer y a hacer el amor, siempre estábamos dispuestos, ella se dejaba llevar por todo lo que lo le hacía, se cruzaba de brazos y se tiraba sobre la alfombra, lo mismo le daba a ella que he echara uno, que dos o tres, no le importaba, no tenía prisa, lo que deseaba es estar conmigo, sentirse protegida, amada con toda la pasión que el ser humano puede mostrar con sus salvajes instintos. Aunque mis instintos no eran brutales en las relaciones sexuales, como le puede suceder a británicos o alemanes, tienden al sadomasoquista, debido, sin duda, a su estricta y severa educación infantil. 

   Los escoceses enseñan a los niños a obedecer, a no ser creativos, a no mirar a las personas a la cara, tienen un largo código de no es, que les inhiben socialmente.  Los medio latinos somos más cariñosos y complacientes con la mujeres, hasta las prostitutas o “sexomozas” prefieren hacer su trabajo sexual en países latinos, quieren huir de la bestialidad.

He de reconocer que mis relaciones  sexuales han sido siempre un fracaso, jamás provoqué el orgasmo a una mujer con la penetración vaginal, fui torpe al buscar el mítico punto g  de la mujer, el álgebra se me dio siempre mal, pero no es para reírse, no, ni mucho menos. Este hallazgo geométrico es una mentira de consolación. Las mujeres con las que he practicado el sexo, que han sido pocas, llegaron al orgasmo con la estimulación clitoridiana, todo ello me llevaría a un hipótesis antropológica, la naturaleza fue injusta con la mujer, la utiliza como receptora y procreadoras y le procura escaso placer, en cambio, al hombre le da el premio por su penetración vital. La naturaleza es injusta hasta extremos salvajes. La naturaleza es una egoísta, se preocupa en exclusiva por  su supervivencia.

  El desierto almeriense se me abría en todas direcciones, luz cenital y estimulante, perturbadora, naturaleza inorgánica, ausencia de árboles,  parecía como si me hubiera perdido en el centro de la nada, lo cual me alegraba en cierta manera, eso era  lo que yo buscaba en realidad: soledad interior, perderme, huir de una sociedad capitalista y sumamente agresiva, quizás huir de mí mismo y de mis problemas. Conforme avanzaba por Carboneras,  las montañas se me antojaban dinosaurios zambulléndose de cintura para abajo en el mar, colores siena y tierra tostada, armonía de los tonos tierra primitiva y volcánica, lujuria de formaciones extrañas y a la vez conocidas de un mundo subconsciente. La luz siempre la luz se fue apagando cuando hace un sol rojizo entre las cejas de la montañas. Se me hacía la Noche cuando vi un letrero de Níjar. Era un desvío, carretera estrecha y con muchas curvas y hasta allí llegué para buscar una pensión y hostal que no fuera muy caro, tenía que economizar para que el dinero se estirara como el plástico.  Cerca de la iglesia había un restaurante con habitaciones.

–Quería una habitación para esta noche.

–Buen tenemos todas las habitaciones que quería- respondió un hombre con sonrisa agradable y cara de pillo.

      Para él yo era un forastero más, uno de los que por Níjar se pierden a comprar artesanía del esparto o alfarería un poco tosca y de colores muy vivos.

 Subí las maletas a la habitación de un primer piso. Bajé luego para cenar, la fonda más cercana, como llaman aquí a las casa de comida, estaba bajando por un paseo que ya encendí las luces de unas farolas.

  Regresé pronto al hostal. En la mesilla de noche alguien habían olvidado un libro titulado Campos de Níjar del autor catalán Juan Goytisolo.  Cuando llegué a mitad del libro me dormí, por puro aburrimiento, estaba asombrado de que la miseria que relataba el libro, soñé con un nuevo vocabulario almeriense: pitacas, parrales, guayules, henenques, alarife, tracoma, paratas... y muchas más que fue anotando para conocer mejor el idioma.

 

 

 

 

 

                                                                 3

 

 

    Al amanecer del día siguiente reinaba la primavera de gracia de nuestro señor de 1981,  salí a la calle abrigado creyendo que haría frío, me tuve que quitar la cazadora porque como dicen en esas tierras, «me asaba de caló», el sol quemaba mi piel mitad escocesa y mitad española.  El aire del mes marzo era de una dulzura extraña,  olía como a maíz y heno seco, luego cuando di un paseo por las calles empinadas del casco viejo, pude comprobar que aquel olor extraño provenía de la cantidad de enseres, cestos y objetos de esparto que se mostraban como escaparate al aire libre, en cada portar, como tienda para venta al público de souvenir.  Me quedé asombrado al mirar tan original artesanía,  me hubiera gustado comprar un sostén de esparto como adorno, pero no quería gastar ni llenarme de objetos decorativos. Un hombre vestido de negro, con sombrero de fieltro, rostro arrugado, cortes ejecutados con la fuerza del sol y la cicatriz in disimulable de un pasado agrícola, casi sin ojos me ofreció pasar dentro de una de esas tiendas de artesanía, no paraba de hablar, era un mina de mostrar cosas, ya le dije que no quería comprar sino que buscaba la costa, el Mediterráneo.

 -Pues tiene que visitar San José. Se va a jartá de agua y de sol.  A 27 kilómetros de aquí –apuntó el hombre de gorra de cazador hispano-.  Allí vive mi hermano Frasquito, bueno cera, en el Pozo de los Frailes, tienen un bar, el Bar León y habitaciones, le atenderá bien si va de mi parte...

 Siguió hablando a un ritmo de mil palabras por minuto, que en cierta manera me era completamente imposible enterarme de todo su discurso, pero en esencia el hombre trataba de ser amable, ayudar a un extranjero, y eso es asombroso para mí, un hombre sajón es de lo más racista. Los españoles en sus conquistas por América se mezclaron con las demás razas no así los ingleses, que siempre fueron xenófobos. El nombre de Pozo de los Frailes me sonaba a lugar monástico y retirado hacia la meditación.

    No quería perder más tiempo en aquel pueblo cuyas paredes parecían pintadas con el mejor acrílico, solo busqué una gafas de sol porque los ojos me “escocían”, así es como se dice aquí cuando los ojos te pican, también dicen que ese terreno es propicio a quedarse ciego por el glaucoma.

   En una gasolinera llamada  “Kilómetro 25”, cerca de la Urbanización Retamar, paré a repostar a la antigua usanza, o sea, que el gasolinero es el que mete la manguera, lo hizo un joven, hablador, amable y dicharachero, encima me limpió el parabrisas sin pedirme propina, claro que se la tuve que dar pues todo trabajo ha de ser recompensado, y además, estrechábamos relaciones para hablar y le pregunté si quedaba cerca el Poco de los Frailes. Me dijo que a veinticinco kilómetros, puso mala cara y añadió  que era un lugar triste, que allí no había nada que si iba de turismo mejor fuera a San José podía ir al Hotel San José o  al Emigrante, donde podía encontrar habitación por buen precio. Todo el mundo estaba interesado en ofrecer alojamientos, pensé que de seguro debían cobrar una comisión por ello, luego supe que no que lo hacían desinteresadamente, por el hecho de colaborar, sin duda no existe mejor manera de fomentar el turismo que el boca a boca.  Me indicó la carretera que debía tomar y me advirtió que llenara el depósito de gasolina puesto que ellos eran la última estación de servicio en 25 kilómetros a la redonda, además se veía un cartel informativo de carretera que indicaba: San José 25. Cabo de Gata 15.  Parecía como si todo estuviera a 25 kilómetros de distancia y aquella gasolinera el centro geográfico de la comarca del Campo de Níjar, un campo inmenso lleno de invernadero y pueblos de nueva o reciente construcción.

   Tomé la carretera de San José, entre curvas, toboganes, casones ocres de terrazas abandonados, más propios de una estampa del norte de África, la vegetación eminentemente desértica como describía el libro de Goytisolo: pitas, henenques, tarays y dunas de arena.  Llegué al cruce de Ruesca, y allí hay una bifurcación para Cabo de Gata y otro para Pujaire y San José. luego pasé por la Planta de experimentación  o centro de pruebas de la Michelín donde se apreciaban largas pistas donde hacían pruebas de cubiertas de vehículos pesados, como si pareciera el lugar donde las cubiertas son sometidas a interminables penitencias por todos los accidentes que hay en el mundo.  Vi el cruce que se indicaba como cortijo Nazareno, derrumbado, a la izquierda se puede ir dirección Níjar y a la derecha decía las Bocas, continué el viaje sin encontrarme un solo vehículo de cara ni a una sola persona para preguntar sobre mi correcta dirección,  la carretera desciende entre curvas y rocas amarillentas de un óxido viejo y ocre, apareció el cartel de situación del Pozo de los Frailes, un pueblo de casitas bajas escalonado en dos laderas dividido por el pliegue de una carretera, era exactamente como un libro abierto, un lugar deprimente, estacioné en una especie de explanada terrosa junto a un gran pozo tipo noria movida por aspas de molino, el nombre del lugar era evidente, había un bar a la izquierda: Bar León con cortinas de canutos de plástico y al lado contrario una tienda de ultramarinos con un letrero que decía: Agua de Enix, venta a granel.  Lo cual me demostraba ya que el agua debía de escasear, hacía calor y el coche que alquilé no tenía aire acondicionado. Me bajé para preguntar por el familiar del vendedor de souvenir de esparto de Níjar, en la calle no había un alma, por esa costumbre troglodita de considerar más cómodo el interior de las casas o semi-cuevas que el ardor de la calle, la sequedad del paisaje recordaba fotografías del Norte de África.  Entré en el Bar León, desde el interior oí: “¡va voy!”, salió un hombre de baja estatura, maduro, con bigote imperialista, vestido de negro y con sombrero a pesar de estar dentro de la casa.

-¿Qué le sirvo?

Sin duda era el camarero, si sirviera en un pub de Londres seguro que se le llenaba de clientes por lo snob.

-Me ha dicho su hermano de Níjar que pregunte por Franquito, que me orientará por aquí.

 -Pues aquí lo tiene usted, el que viste y calza, para servirle. ¿Cómo está el sinvergüenza de mi hermano, no le ha dao una caja de tomates para mí –añadió la última frase con cierta amabilidad-. Si viera el invernadero que tiene.

 No entendí muy bien la frase coloquial, pero por su gesto y su forma de sonreír estaba ante el hombre que buscaba, me dio la sensación de hallarme ante un apache  de las películas almerienses de Cleanwood: “La muerte tenía un precio”, o  “Por un puñado de dólares”, “El bueno el feo y el malo”.  Sin duda este era el feo.

  -¿Este pueblo parece solitario?

 -Solitario no, que tiene cuarenta vecinos y nos llevamos a matar, pero usted puede estar aquí tranquilo, ya no hay tiroteos como antes, nada más que para las fiestas de san Roque en Agosto, que siempre muere alguien. Pero usted no tenga cuidado que con los forasteros no va la cosa. Aquí no le va a molestar nadie, no tenemos teléfonos porque no nos hace falta, no hay médico, policía, bancos, alcantarillado, agua corriente, ni Correos,  ni falta que nos hace, tampoco nos escribe nadie. Ahora mismo usted está en el culo del mundo.

   Sin duda alguna, geográficamente,  si tomamos un mapa de España y consideramos que es una piel de toro, esta parte debía corresponder al rabo de ese toro ibérico. Yo buscaba tranquilidad pare también un poco de los servicio públicos que nos ofrece la civilización.

   -Si busca tranquilidad, usted ha topao con lo mejor del cabo, aquí en mi casa pe si se va a San José allí hay muchos “dones” juerguistas y no el van a dejar dormir. ¡Malhaya sea..., los gatos!

   Puse cara de no sabe qué eran los “dones”, lo más parecido a esa palabra en mi registro idiomático eran Donus de comer,  pero él lo entendió inmediatamente por que nervioso y espabilado sí que era.

   -Los “dones” son los señoritos de Almería, que todo tienen casa en San José en Cabo Gata, se pasan el día coche arriba, coche abajo, ¿a que sí?, -llegó al bar un hombre del lugar, negruzco, borracho de sol-. Sebastián, dile a este forastero a que los “dones” no le van a dejar dormir en San José.

   Asistió con la cabeza y no dijo una palabra, dejó un cubo de pescado y se marchó.  Sin duda, yo buscaba tranquilidad, no quería el agobio de aquel pueblo en lo hondo de un rambla seca,  aquel  lugar remoto, encajonado entre cerros,  no acababa de gustarme, me provocaba una sensación de intranquilidad, deseaba ver el mar.  Mas por pasar un par de noches hasta que recorriera yo los demás lugares, tampoco me iba a pasar nada que no fuera lo normal.  Tiempo era lo que me sobraba, me había hecho dueño de mi propio tiempo, de lado quedó el estrés neuronal de la Bolsa de Londres, la mañanas de lluvia desesperada y aquella gente egocéntrica encerradas en sus cáscara de paraguas negros, taxis homogéneos o autobuses rojos de júbilo por su doble piso.  Le dije entusiasmado que sí, que me quedaba con la habitación, descargué las dos maletas y el hombre vestido de negro sin quitarse el sombrero las subió sin demostrar el mínimo esfuerzo, sin duda la vitalidad de aquel hombre era inverosímil.  La habitación tenía una cama y un armario empotrado y para ducharse e ir al aseo había que salir fuera. Es mejor no contarlo.  Además allí, en el bar también servían comidas. Me duché y bajé a comer, había tres mesas dos de ellas ocupadas por españoles albañiles de alguna obra cercana.  El menú del día era paella de primero y melva frita de segundo, vino tinto de una jarra de barro y fruta de postre por el ridículo precio de 300 pesetas, al cambio, menos e dos libras. A mi me gusta la comida española,  mi madre era oriundos de Galicia, pero aquella zona es lluviosa como Londres y yo quería sol, mucho sol.

  Después de comer salí con el coche a explorar los alrededores. Mi acerqué hasta el pueblo costero de San José, en una calada a la izquierda  construían un puerto deportivo, cada uno de los camiones llevaba una sola piedra inmensa, la gente tenía mucha gana que finalizaran el puerto pues tenían la esperanza de una segura prosperidad por el turismo náutico.  El pueblo ocupaba la costa de la bahía, una calle a la derecha conducía hasta un morrón donde se alzaba un cuartel de la Guardia Civil, que los lugareños le llamaban el castillo, pies allí, se levantó un castillo de defensa de costa, todo ello me lo contó el dueño del Bar Sebastián un tipo nervioso, chaparro, típico español bajito superviviente de la guerra civil.  Como el bar era lo único abierto,  me valió para desayunar y sin ningún esfuerzo entrar en conversación y hablarme de los años del cacique Don José Montoya del que decía que todo San José hasta Los Genoveses es suyo, además Franco venía cazar a esa finca.  Sin yo peguntar me siguió  historias rancias historias, la que más recuerdo fue la de cuando Don José Montoya q.e.p.d., sacó una escopeta para amenazar a un vecino, y el Cabo de la Guardia Civil, un tío cojonudo, lo detuvo una noche en el cuartel y le quitó la escopeta,  escopeta que para Don José era la vida.. También me contó que la Brigitte Bardó y Sean Conery, mi paisano, estuvieron en su bar comiendo la especialidad: patatas fritas con pescado fresco de la bahía, pues muy cerca de allí estaba la Peineta un islote volcánico con forma de gorro de cazador donde siempre estaban los peliculeros o gente del cine. Desde que nació en Almería el pequeño Holywood (Tabernas) aquella costa salvaje sirvió como escenario de innumerables películas. 

 Sin que hubiera forma de pararle en su extensa disertación, yo era el único cliente con el que podía desahogarse, me peguntó qué hacía yo por el culo del mundo, no sabía qué contestar, era la primera vez que alguien me preguntaba directamente, con cierto descaro la causa de mi viaje, p respuesta que en verdad no sabía ni yo, por otra parte, pregunta indiscreta que a nadie Londres se le ocurría hacerme, me vi desconcertado, sin una repuesta valiente, no sabía qué hacía yo en aquel lugar soleado, solitario y al borde del mar y de todo mal. Además aquel tipo de bigote pachón, se había interesado por mi vida, por otra parte qué alegraba, desde la muerte de mi madre nadie se preocupaba si yo existía en este mundo de abismo y soledades.  Me veía en la necesidad de mentirle, le dije que era escritor y buscaba un lugar tranquilo, nuevamente me recomendó su casa donde tenía una habitación libre, le dije que por ahora estaba hospedado en Bar León.  ¡Hombre!, en casa de mi consuegro, yo tengo en el Pozo a un hijo..., y  nuevamente, sin reparo alguno me contó toda su vida.   No es que no me gustara San José pero sí había mucho ruido con las obras del puerto.  Conozco otro sitio que seguro le gustará, la Isleta del Moro, diez casa  de pesadores, allí vive mi hermana pregunte por Joaquín Pérez, en verano alquila una habitación, ese es el lugar más tranquilo del mundo, allí nunca pasa nada, no hay teléfono, agua, médicos, nada de nada, la civilización todavía no ha pasado por allí, ni siquiera le han metido el asfalto. Me lo dijo con tanta ilusión, con los ojos de alfiler, que decidí ir a visitarlo.

Tomé la salida de San José y el Poco de los Frailes, apareció un cruce  a mi derecha y una señal que decía Los Escullos y Rodalquilar, el cartel no tenía escrito Isleta, olvidado, eso me daba buenas señales, avancé, leí un cartel: “a las Presillas bajas”, que apuntaba al interior de las rocas volcánicas y tierras sembradas de chumberas o nopales, entré en las Presillas pero no me gustó, estaba encajonado en un hoyo sin vistas a ninguna parte.

 A la derecha, emergidas del mar, surgen dos cerros gemelos y cónicos, en el mapa se les nombra como Los Frailes, al pie casas semi-enterradas, con terraza, blancas y desérticas, un cartel decía: “las Norias”. Vi el mar, por fin un cataclismo de colores y matices, un viento de poniente rizaba las olas en un azul ultramar. Los Escullos eran cuatro casas, a la derecha la silueta de un castillo costero sobre un acantilado, me asomé al borde y vi dos enormes islotes como huevos de un gran dinosaurio encubados en el mar junto a una casas blanquísimas semejante a fortines –así los denomina Goytisolo- africanos, más parecidos a construcción marroquí o argelina que da española.

Aquella soledad convertida en silencio, la luz cegadora, el color, la transparencia del aire, la proximidad de la lejanía, era demasiado para un escocés que vive en Londres, demasiada brusquedad de cambios de paisajes y luz en unos días, me encontraba en esa España mágica de Sánchez Dragó, en ese atormentado lugar de la España de la pena negra de Lorca y su “Bodas de Sangre”, literatura que siempre me atrajo por su crudeza y primitivismo.  En cuanto llegué al cruce de la Isleta vi dos islote, como dos huevos pétreos gigantes, dejé el asfalto y tomé el carril de tierra, el Corsa notó el buzamiento del carril desnudo en sus huesos de gravilla suelta y blanquecina. Me quedé ensimismado, atontado, bobo, rogando a Dios que hubiera un lugar para alojarme.

  Descendía por curvas, el coche patinaba y me obligó a meter la primera, a la izquierda una cuatro o cinco palmeras,  tomé un rambla seca que te deja en mitad de la plaza, donde en una fuente central más bien lavadero, charlaban unas mujeres vestidas de luto con pañuelos a la cabeza y un hombre de unos cincuenta años con el pelo cano de cara ancha y curtida por el sol y el salitre, que miraba con curiosidad de baño raro. Nada más parar se me acercaron unos morenos chiquillos fisgones, unos gatos ni se movieron, un perro se puso a oler mi pernil, unas gallinas picoteaban tranquilamente en la plazoleta, el perro ladró y la voz de un hombre lo calmó. Sin duda esto era lo que buscaba, por fin mi ínsula, un mundo anclado en la Edad Media, la ausencia de coches, de ruidos, y al fondo el mar con barcas como una marina decorando un salón.

–Busca usted algo en especial – era un hombre cincuentón.

–Sí, ciertamente, me manda un tal Sebastián de San José,  y busco a su cuñado Joaquín Pérez que tienen una casa para alquilar.

–A sí, hombre, el tío de la Pipa, yo soy sobrino suyo, le acompañaré a su casa está ahí mismo a la vuelta -mientras caminábamos-  estará ahora con sus cestos de esparto, y es que mi tío en muy manitas, una vez le llevaron hasta una exposición de la Diputación de Almería, que lo llevaron por la artesanía popular de Níjar, ya sabe esas cosas de cacerolitas de barro y jarapas, está un poco sordo... –continuó mi nuevo cicerone sin parar de hablar como si callar fuese una enfermedad, y tener la caja de la boca cosida un pecado, me extrañó el color azul nórdico de sus ojos, llegamos a la puerta de la casa o fortín de muros gruesos de la casa de Joaquín, un anciano sentado en una silla de anea bordaba con sus manos manchadas por la vejez unos cestos de esparto con una habilidad de dedos bailarines exigentes en la máxima disciplina en un arte arcaico y nada rentable, usaba viejos pantalones de pana y una blusa negra.

  –  ....Lo ha mandao tu cuñao Sebastián quiere saber si le alquilas la casa...

  –¿Y cómo está mi cuñao.... – y continuó hablando, el tío de la Pipa, no fumaba pipa en ese momento, pero le pasaba como a su sobrino que no paraba de hablar de cuanto le venía a la cabeza, cualidades de esta zona del Cabo–.

–El barman de su cuñado me ha dicho que a lo mejor me alquila una casa, este lugar me gusta.

–¡Ka!..., pues menuda categoría le ha dado usted a mi cuñado: barman. Ya quisiera ser camarero, él lo único que ha hecho en su vida es pescar, beber y pelar patatas. Lo que le pasa que se atreve con todo, y el negocio no le va mal, gracia a mi hermana que es cocinera de primor. ¿Sabe usted cuántos años tengo yo?, eche un cálculo, Hilario díselo tú...

Yo me quedé pensando en la respuesta si le echaba muchos se podía ofender, y si pocos también se podía molestar si su intención era demostrarme ser el hombre más viejo del lugar, esto de echar años es complicado, sobre todo si te lo preguntan con tantas ganas, yo le dije setenta y cinco para no pasarme.

–Usted no vale para comprar a ojo de buen cubero. Tengo noventa y dos años.

Desde luego que Joaquín tenía toda la razón, yo no valía para comprar a ojo y más razón tendría si yo pudiera contarle los desafortunados negocios y malas inversiones que había hecho en Bolsa y, además, eran la causa que me habían llevado hasta allí. Pero no hablaba sobre lo que a mí me interesaba, sobre la casa de alquiler. Daba rodeos. Me acusó de tener muchas prisas, luego le puso algunas pegas como que no la tenía preparada para alquilar, sin contarme la gran pega. ¿Cuánto pide por el alquiler?  Se levantó, y acompañado de Hilario me enseñó la casilla sin hablar de dinero, me ponía nervioso, él quería que primero la viera y después hablaríamos. Temí por un precio abusivo, el lugar lo permitía.  Era una casa antigua de gruesos muros, blanqueada,  herencia familiar, tenía una puerta con clavos gruesos con forma de mariposas y una cerradura con llave de castillo,  madera pintada en color marrón con pintura de barco, miraba al mar, a la bahía con bacas de pesca y un islote redondeado a la izquierda, frente ella una especia de paseo de unos cinco metro de ancho, y al borde un pequeño dique o muelle de unos diez metros de longitud, la vista era inigualable. Tenía un emplazamiento envidiable junto a Hostal de la Isleta.  El poblado no tenía más de 40 vecinos, era mi paraíso soñado, un lugar privilegiado, el mar amplio de un azul intenso y hondo.

 Dentro  de la casa olía como a redes amontonadas. Se componía de planta baja con techo con vigas y cañizos, un salón comedor decorado con retratos antiguas de difuntos, un pequeño altar con una Virgen, flores marchitas en un bote de cristal y unas velas; una cocina con antigua chimenea, una alacena y un pequeño frigorífico vacío; un dormitorio con cama de hierro de las de matrimonio de las que suenan, sobre el colchón una colcha confeccionada ganchillo, solo la corcha valía más que la casa,  un espejo con bordes de cobre, posiblemente desecho de algún naufragio, un cuadro de la Virgen del Socorro; el cuarto de aseo  ridículamente pequeño, inodoro con olor fuerte a lejía, una pequeña ventana  de mazmorra sin cristal. Luz eléctrica de 120 W. y gas butano. Si alguien me hubiera acompañado, y no me refiero a mi mujer, para ver la casita seguro que me abofetea, no por razones higiénicas sino por salud mental, asegurando de mi locura no tenía sanación posible.

Cerramos el acuerdo de alquiler, Joaquín lo llamó cerrar el trato, me dio su mano artesana, robusta y rasposa por las callosidades  yo no  sé leer ni escribir por lo tanto no vamos a firmar ningún papel, te la alquilo por siete mil pesetas al mes con dos mensualidades por adelantado. Acepté el precio a la primera, sin recatear, me pareció muy barato, no quería que se echara atrás, y le pagué 21.000 pesetas, a cambio de las cuales me entregó la llave, una grande de hierro negra, arma peligrosa en manos de cualquier delincuente.  Nos dimos un apretón de manos con si fuera un contrato, costumbre que yo había desterrado como fórmula de validez legal, darse la mano entre los hombres de negocio tiene menos valor que un cuervo mensajero.

Saqué el equipaje del coche, las dos maletas, labor a la que me ayudó el voluntarioso Hilario, y  me instalé en aquella maravilla de casita frente al mar, en un lugar paradisíaco de luz  que lo tenía todo para mí: tranquilidad y paz.  Hilario era un hombre fuerte, antiguo pescador, de extraños ojos azules en aquel lugar, dicharachero, se daba a la conversación como hombre de mundo. Mientras abría la vieja puerta de la casa con llave grande me dijo.

–Para lo que usted necesite, aquí está Hilario. Que quiere ir a pescar, aquí está Hilario, que quiere ir a cazar, aquí está Hilario. Lo que necesite, aquí está Hilario...

–¿Hay teléfono? Pregunté con la intención de dar mi paradero a Bárbara.

–No, aquí no hay teléfono, el más cercano está en Cabo Gata, a treinta kilómetros. Esto es el culo del mundo, aquí no hay médico ni farmacia, ni cura, ni escuela,. Hubo una pero la cerraron por falta de niños.

–Pues mejor, así nadie me molestará –me tuve que contentar.

 Siguió hablando como si nos conociéramos de toda la vida, si hospitalidad era sincera, quería que me sintiera cómodo, casi me acaparaba con el ofrecimiento de su amistad. Y cada vez que decía aquí está Hilario, se daba dos golpes de pecho, reafirmando su gesto. Tenía poco pelo, un pelo cano, su edad debía ser de unos cuarenta años, vivía con su madre, ya anciana, y me indicó varias veces que él era mi vecino, y tenía una barca de madera, nada de poliéster ni mariconadas, una barca moro a gasoil.

La casita de cuentos a la orilla del mar tenía una pega grave, lo vi cuando fui a orinar y me di cuenta de la gran pega oculta: no tenía agua corriente. Así que me vi en la penosa necesidad de hacerla la primera petición a Hilario. Y él me indicó que ya no me podía volver atrás un trato es un trato.  Visita a mi casero, el cual, se asombró de mi ignorancia el agua del cuarto de aseo y del fregadero es salobre y se saca con una bomba de agua manual de la fuente de la plaza del pueblo, para beberla del aljibe.  Nadie me había contado que en aquel área del Cabo de Gata no  hay agua corriente ni alcantarillado, para el abastecimiento de agua potable la gente dispone de unos aljibes subterráneo de gran capacidad, cuando llueve se recoge la lluvia de las azoteas dirigidas por conductos a los aljibes, y cuando se acaba el agua se compra una cisterna.  El viejo zorro de la pipa apagada me la había colado bien, un maestro del trato que no sabe leer ni escribir, y por el contrario, yo con master en economía caí en el cebo. De haber sabido esa avería le hubiese pedido una rebaja en el precio del alquiler. El trato era el trato y yo le había dado la mano de conformidad, así que nada podía hacerse.

Instalado en la casa tomé posesión de mis dominios. Hilario tardaba en irse y me daba un poco de corte despedirle, pero él se dio cuenta y se restregó las manos en la camisa. Pues...bueno, condió.  Luego me entendré que “condió” es Adiós. Que quiere decir Adiós. Y se marchó. Hacía mucho tiempo que no oía a nadie despedirse con un condió, que es lo mismo que quede con Dios, o Adiós.

A la mañana del día siguiente cogí mi cántaro de agua y me fui a la fuente de la plaza y a la vez lavadero para coger agua salobre para fregar platos. Allí esperaban cola varias mujeres con sus velos negros en la cabeza, eran mujeres de piel morena, reseca como la mojama, curtidas por el sol. Cuando me puse a la cola una de las mujeres me cogió el cántaro me lo llenó y me lo llevó hasta mi casa, me di cuenta que había infringido alguna norma social en el pueblo. Al momento apareció Hilario y me susurro los hombres no van por agua a la fuente,  eso son cosa de mujeres, pero si yo no tengo mujer qué hago. Hilario parecía tenerlo todo preparado ante mis problemas domésticos para sobrevivir en este poblado vas a necesitar una, esa mujer que te ha traído el cántaro se llama Cecilia, es viuda, hacendosa y buena mujer, por diez  mil pesetas al mes te pude hacer de comer, limpiar la casa, lavarte la ropa y barrerte el suelo, así tú mientras a pescar o a cazar la perdiz, como un señor... Me pareció justo y muy varado el servicio doméstico, le dije que empezara cuando quisiera, y empezó ese mismo día. Cecilia era viuda de un pescador, debía tener dos edades, una la que aparentaba de una mujer de unos cincuenta años, delgada. Morena, seca y de ojos  como carbones, una auténtica morisca, pero por dentro debía tener treinta años, por su actividad doméstica, además tenía algo de hechicera, cuando menos me esperaba estaba rezándole a los huevos cocidos, bendecía las alacenas con ramas de hinojos y trenzas de ajos crudos.  Era muy servicial, tanto que me agobiaba, así que le puse sus horarios de limpieza y hacerme la comida y la cena, menos mal que vivía a las afuera de la aldea, dormía en su casa. Tenía dos hijos, uno haciendo el servicio militar obligatorio y el más pequeño ayudaba en la pesca. 

Cecilia tenía su pasado que me contó el primer día, un pasado de novela dramática. Algunos días le pedía que comiera conmigo, aunque ella no quería comer en la misma mesa que yo, se sentía avergonzada, ¿por qué no quieres comer conmigo, así no me sentiré tan sólo?

–El amo nunca come con el servicio.

–Ni yo soy tu amo, ni tu eres servicio.

–Honor que me hace, pero yo no sé comer en la mesa.

–Siéntate y come, es una orden.

 Conseguí que se sentara en la otra esquina de la mesa, no se había quitado el pañuelo de la cabeza, cogió el pan redondo y con un acto casi litúrgico le hizo al pan la señal de la cruz con el cuchillo. Este acto me recordó la costumbre de mi madre que también lo hacía, y además cuando se caía un trozo de pan al suelo, mi madre lo recogía y le daba un beso y decía Cuerpo de Cristo. Pero estas costumbres han perdido su vigencia en Londres, el pan ha dejado de ser divino para convertirse en simple alimento.

 

 

 

 

 

                                                                            4

  

 

    La zona del Cabo de Gata huele a algas,  a olores renovados,  a mar con azul navegación que rebuzna con el levante,  la costa es abrupta de colores marrones, creta, tierras, ocres, salpicada de pequeñas playas, calas, escollos, islotes como dedos de un gigante submarino, cuevas, morrones, ausentes de vegetación, las gaviotas reidoras son imprevisibles en sus vuelos recortados  a ras de las olas,  se zambullen en busca de peces descuidados, los graznidos son agudos rebotan sus ecos en el basalto negro de los acantilados,  se vive el silencio concentrado, el grito de los silencios en los peces muertos, recién sacados de las botes cuando son descargados en el pequeño varadero de la Isleta del Moro, situado a la derecha, huele a redes con salitre a sudor de pescadores, uno se revitaliza, bebe demasiado y con el mismo exceso que hace el ridículo, como es natural en un clima subtropical donde el organismo te pide líquidos, salidas nocturnas, charlas con los conocidos y vecinos por no decir amigos, que son palabras mayores, como de es costumbre decir en este sur intacto de búsquedas profundas. Hacia levante está la playa de Peñón Blanco, donde las mujeres despides a sus maridos cuando salen a la mar.

   A los siete u ocho día de mi estancia en aquel paraíso al sur, siempre al sur  de toda orientación, pasé miedo, un hecho que me sobrecogió y me cambió para siempre los parámetros de entender la vida, los esquemas de un egoísmo individual de hombre de negocios, imbuido en un mundo financiero voraz de  valores cambiantes, de cifras en constantes movimientos, gráficas y ataques al corazón. Una mañana oí revuelo en la aldea, busqué a Hilario para preguntar qué pasaba, y me contestó que de madrugada la Guardia Civil encontró un alijo de hachís de 350 kilos enterrados en la arena en una cala próxima a la Isleta del Moro, la conocido por cala de los Pinos; posiblemente los veinte pinos más al Este de la Península Ibérica. Desde los quitamiedos del carril a Rodalquilar, baja la playa  un camino de herradura, la cala se oculta a la vista por los pinos, la estrechez de la íntima vagina de rocas basálticas. Tras la recogida del alijo de drogas empezó la investigación policial, las patrullas, los perros antidroga, las preguntas capciosas, la mirada sospechosa de la Guardia Civil convencida, que por la proximidad existente entre la Cala de los Pino y la Isleta, los pacíficos habitantes del poblado debían saber algo, u ocultaban información valiosa, sobre todo cuando sobre la cubierta del barco de pesca de Adriano Carratalá, “La Dolores”, apareció arenilla fina de playa, idéntica a la que se forma en la cala de los Pinos, y se peguntaban cómo había llegado esa arena allí, ella misma se daba las respuesta: ha habido un desembarco, y si ha habido un desembarco de 350 kilos ha debido participar mucha gente, no uno ni dos,  si tenemos en cuenta que dad fardo pesa veinticinco kilos.

La Benemérita, que es otro nombre de que se le da a la policía de costa, temida por su eficacia y pronta resolución de los casos en que se empeñaban en investigar, seguía obcecada con la única prueba científica que disponía: la arena de la cala de los Pinos es única en esa costa. Yo no sabía la composición química de la arena pero algo debía tener que como talismán la identificaba. Años después supe que en las costas abundaba el ágata, explotada en la antigüedad, y por eso el nombre de este cabo de Gata, deformación de ágata, al perder la primera á esdrújula.

 Pero aquella gente, endurecida en los arañazos del mar,  no soltaban una palabra, bien porque no sabían nada o porque en realidad eran duros como una piña seca, las preguntas llegaron hasta mí, ¡por qué había un extranjero en la Isleta, semanas anteriores al alijo? Por regla general todas las policías del mundo desconfían en las casualidades, pero conmigo se habían equivocado, la razón casual de mi llegada al poblado se debía únicamente a mi salud física y mental, si continuaba por más tiempo en Londres sometido al estrés de un trabajo opresivo me hubiese vuelto loco.

La insistente presión de los depredadores, las contradicciones, el bulo, las mentiras y los cebos, empezaron a crear desconfianza en los habitantes de la Isleta, en silencio las familias se inculpaban unos a otros, cabía la posibilidad de la desunión,  de que alguno se rajase, del aflojar amarras, a pesar de que no eran muchos: treinta personas incluidos los niños, repartidos en cinco familias entrelazadas por antiguos parentescos, volvían los tiempos de las desconfianzas de si tú han dicho esto o lo otro de mí, nacía la vieja leyenda de los cuñados traidores o la del forastero desconocido al que siempre se le exige una limpieza de sangre.  En realidad a la hora de ayudarse en la adversidad contra los desprecios del mar y el fatigoso de varar las barcas se convertían en una célula resistente, no había fisuras, sin embargo el recelo nadie lo puede evitar, los malos pensamientos son residuos del subconsciente que traicionan sobre todo cuando está el acoso de la famosa eficacia de la Guardia Civil, experta en crear un sentimiento de descontento propenso a confesar las culpas y sacar a colación antiguas rencillas familiares cuyas heridas jamás se cierran  por completo, como es sabido el refrán de a mar revuelto ganancia de pescadores.

Hilario empezó a asesorarme con un abogado de secano, a ti si te preguntan diles que no sabes nada, pero si es que yo no sé nada de nada, respondí con cierto enfado, este asunto del alijo me cogía de imprevisto. Luego me asustó un poco cuando me aseguró:

 –Lo peor de todo esto es que tú eres el único extranjero que vive aquí, además eres un recién llegado y van a sospechar de ti en seguida. Si yo fuera tú me largaba a San José o a Níjar.

     –No Hilario, yo no tengo nada que temer, y por lo tanto no me voy a ir.

     –No te fíes de los civiles, son malos a reventar. Tú no aguantas una hostia.

 Todos los vecinos fueron pasando por un cuartel provisional o destacamento instalado en la escuela nacional de la Isleta  que la habían cerrado por alta de niños y los pocos en edad escolar los llevaban en autobús a Níjar, consideración que la Guardia Civil tuvo muy en cuenta, pues la distancia con el cuartel de San José  al que por  demarcación pertenecíamos distaba diez kilómetros, una gran pérdida de tiempo si tenemos en cuenta qua aquella gente no tenía coches y ni línea de autobús regular, lo más próximo era la parada del Pozo de los Frailes. No quedo nadie por declarar, hasta los críos fueron interrogados delante de sus padres, al menos para que dieran su parecer. Pasaban los días y la cercanía constante de la Benemérita destacada en la escuela, con controles y husmear de barcas, vigilancia a distancia con los prismáticos, causaba cierto malestar, sufrimiento, comentarios inadecuados, que no era más ni menos consecuencia de sentirse excesivamente vigilados, innecesariamente para ellos, pero eficaz método de presión directa para incomodar y causar la reacción que se esperaba que sucediera, convencidos de un complot vecinal, tarde o temprano alguno de ellos se rajaría ante la sagacidad del Sargento Fernández, un hombre joven que si bien en tiempos de armonía se tomaba un vino con la vecindad y acudía a la fiesta de la Virgen del Carmen, en realidad no te podía fiar de él, pues cuando le entraba la pájara civilera –pocas desde luego, gracias a Dios- parecía un perro sabueso con los pelos del bigote regañados, y en su delirio de buscar medallas que le sacaran de san José era capaz de vender a su hermana. Nadie quedó sin que el sargento les hiciera la veintitrés preguntas que tenía manuscritas en un papel, como si fuera un guión sumarial de los que tienen los fiscales en los juicios orales. Hasta que me llegó el turno a mí.

   Al principio la gente por interrogar fue a la escuela-cuartel con precaución, temiendo alguna hostia, pero los que bajaban del cuartel decían que no les había tocado, aquel Sargento escribía  y no tocaba a nadie, pero les volvía loco de preguntas hasta salir con migraña, no se sabía qué era mejor si una hostia rápida o una tortura psicológica lenta, algunos añoraban cuando el Cabo gallego de posguerra les daba un bofetón y no escribía cuando se enteraba de que había usado dinamita para pescar, ¡qué tiempos! Comentaba Adriano Carratalá en el bar, íbamos hasta Melilla para hace contrabando. Y a la Guardia Civil le dábamos su parte, que en aquellos años pasaban mucha hambre. Me quedaba asombrado de las historias que contaba, y como el tiempo era propicio para sacar “ajuares antiguos”, yo insistía en hacerle pregunta del pasado,  pues no les he dado yo pescao a la Benemérita en los años cuarenta, añadía  el viejo patrón Adriano que se acercaban a las playas esqueléticos y lampando, y ahora vienen apretando los cabos por simples sospechas de algo que no hemos hecho. Ahora no pegan como antes pero no es mejor te denuncias al Gobernador por la pesca de los inmaduros, por las mallas de talega o por el rol y te buscan la ruina, más de cuarenta mil duros por un cubo de inmaduros, ¿qué te parece, inglé?

Yo insistía en decirles que no era inglés sino escocés, que mi madre era española, por eso habla el español sin acento, pero ellos no distinguían entre un escocés, un inglés o un llanito, les nada igual, no me reconocían como español, no había forma lo único que conseguí en que en vez de que me llamaran guiri me nombra por mi nombre españolizado: Robert, para facilitarles la relación conmigo pues necesitaba un cierto periodo de adaptación entre el mundo de la Bolsa y la vida de ermitaño que pensaba tomar, lector de libros que siempre deseó acabar. Entre manos tenía el libro olvidado por alguien en la mesita del hotel de Níjar de Juan Goytisolo Campos de Níjar de un viaje que hizo el autor en los años cincuenta a Almería. Yo quería ponerme al día en el vocabulario de la zona cuyo libro es muy adecuado y rico en anécdotas similares a Viaje de la Alcarria de C.J.Cela.  Estas eran todas mis pretensiones, leer, pasera por el arco de las playas, apreciar la libertad en la ausencia de problemas, actos que otros reconocerían como síntomas de depresión.

Cuando aparecí ante el sargento y  ante su peligrosa y pequeña máquina azul de escribir una Olivetti 45, yo era el único turista o forastero (como es de costumbres llamarse allí a los extranjeros siguiendo la costumbre del lenguaje de los wester) que vivía en allí, luego me enteré que también vivía un suizo ermitaño en un cortijo alejado, pero no contaba, llevaba treinta años, no hablaba español y además nunca había bajado al pueblo. En la puerta había un Land Rover de dicho Cuerpo, un guardia atendía un radioteléfono, pedí permiso y entré al aula.  El Sargento que estaba sentado en la mesa del profesor situada sobre una tarima, parecía un actor en las tablas de un teatro, era la imagen que más me reconfortaba, tardó en levantar la cabeza, miraba sus papeles, hacía el viejo truco de hacer creer que está leyendo documentos más interesantes que quien acaba de entrar para montar cierto menosprecio al visitante, truco que no funcionaría conmigo pues yo me he pelado el culo en los despachos de inversores del mercado de valores. Después me miró fijamente muy serio, amedrentando, no quería caer en el juego de las miradas gachas, le aguanté su mortal mirada hasta que él doblegó la suya por simple educción, le resistí como puede, pues quería darle a entender que no estaba tratando con un pescador sumiso, sino con una persona que conocía sus derechos.  Aquel silencioso encuentro en el ring de las miradas fue suficiente como para que me pidiera que me sentara, lo hice fuera del entarimado, sus ojos se detuvieron nuevamente  en los míos con cierta complicidad, pero cómo empezar, cómo convencerle que yo estaba allí por simple cuestión de huída de la civilización,  que no tenía nada que ver con aquel desafortunado alijo en aquellas acariciadas playas, que había llegado hasta allí, al culo del mundo, recomendado por la amiga de mi mujer conocedora del Camping Azahar, pero no me hubiese beneficiado, por eso dejé que él hiciera las peguntas y con testar únicamente a lo que me preguntara, sin extenderme en situaciones anímicas y complejas de paciente neurasténico.

–¿Estoy detenido, de qué se me acusa?, preferiría un abogado si tengo que hablar de un asunto que pueda implicarme en un delito.

El sargento no contestó, se rascó la cabeza, luego se bruñó el bigote, sacó un cigarro de un paquete de Fortuna y me ofreció uno sacándolo del paquete. “No gracias, no me dejan los pulmones”. Con cierta lentitud, en un gesto no aprendido, ese mismo cigarro despreciado se lo colgó al labio, lo mordió, lo prendió en hoguera al viento de un chupetón que le llegó, esa primea calaba, a la última octava de la bandolina de sus pulmones.

–....y dígame, qué hace usted por estas tierras próximas a Marruecos, en estas lejana latitudes donde no sobreviven ni los lagartos, sobre todo en invierno, si fuera verano tendría su lógica.

–Quiero saber en calidad de que estoy aquí, si como testigo, detenido o simplemente como informado.

–No vaya de listillo conmigo. Aquí hay pueden pasa dos cosas me puedo o no me puedo cabrear, está claro, usted es mi invitado. Usted respóndame a lo que el pregunto y tan amigos, ¿de acuerdo?. ¡Paulino!, cierra la muerta –dijo el sargento al guardia del radioteléfono de un vocinazo.

La insinuación de cierra la puerta que nos quedamos los dos aquí dentro solo supone dos cosas o una excesiva confidencialidad sin que puede pasar algo sin testigos. Volvió a chupar en extremo, expulsó el humo negro como un calcetín, sentí el desamparo de la soledad, en el fondo no temía porqué yo no había hecho nada.

–Tarde o temprano lo voy a saber todo, y si no colabora pude ser peor.

­­–Yo no sé qué quiere usted saber.

­–Coño, lo del hachís, joder, qué voy a querer.

–No sé nada de lo que me pregunta.

Por supuesto que yo quería colaborar con la Justicia, pero no quería que me tratara como a un presunto traficante, sobre todo cuando yo era un desconocido para él. Por otra parten no era frecuente que me tratasen así. Sin duda algún vecino había puesto los ojos de mira en mí. Por unos momentos nos sabía qué hubiese sido mejor si haberme quedado en Londres junto al lema: “Dinero, dinero, dinero, un poco más por favor” o aparecer por esta supuesta tierra idílica, virginal, paraíso de luz.

–Déjeme su pasaporte, por favor.

El sargento tomó el carné con los dos dedos como si fuese el rabo de un escorpión. A pesar de que en la portada se ve a un león y un unicornio, se lo dejó al guardia del radioteléfono para que pidiera antecedentes, pues allí tampoco había teléfono, el más cercano estaba en el pueblo de Cabo de Gata a treinta kilómetros al este, las distancias allí son de puro desierto. Níjar era el segundo municipio más extenso de España. Aquella muestra de desconfianza me predisponía a la hostilidad, pero de alguna forma tenía que adaptarme a la norma policial y cumplir con mis obligaciones de ciudadano extranjero, lo mejor era acabar con el cuestionario de preguntas y acabar cuanto antes.

    Me peguntó cuál era mi trabajo, de qué vivía, no podía mentirle, y le dije la verdad, a sabiendas que no le iba convencer tan fácilmente, hizo un comentario de que en las inversiones de Bolsa se debería ganar mucho dinero. Unos ganan y otros pierden como es mi caso. Luego insistió en mi relación con Adriano Carratalá, desde cuando le conocía, sabía que yo había estado hablando con él pero también en esa semana hablé con medio pueblo. Quería saber por cuánto tiempo me iba a quedar, cuando le dije que no sabía, me insinuó e sería mejor que por ahora no me machara, debido a la conclusión de sus diligencias. Por un momento me recordó aquellas películas en blanco y negro cuando el policía con gabardina le dice al protagonista: no abandone la ciudad.  En realidad me reía por dentro, por la situación cinematográfica y absurda en la que me encontraba, más propia de “El Proceso” de Kafka que de la realidad misma en aquel desolado lugar legos de todo punto geográfico, allí no me iba a perder, el poblado poco tenía que abandonar.

   Cuando salí de la escuela-cuartel bajé por la calle mirando al mar, diciéndome a mí mismo que no me merecía aquello, que los problemas me perseguían, que los problemas están metidos dentro de uno mismo, un hombre es una fortaleza de problemas. Me encontré a unos niños jugando a las cartas en un portal, no me prestaron atención seguían a lo suyo, faltaban mucho colegio. El ideal de los niños es hacerse pescador y tener una barca propia el día de mañana.  Llegué al Bar “La Foca Monje” regentado por Ernesta  Casamayor y su hija Ernestina con la necesidad de hablar con alguien que no fuese policía para desenredar un poco aquella situación incomprensible, ¿cómo unos pescadores pacíficos iban a ser capaces de tener la infraestructura necesaria para traficar con un alijo de 350 kilos de hachís? No me cabía en la cabeza, es hora de indagar por mi cuenta.

Dentro del bar los hombres me esperaban en silencio vueltos de espaldas a la barra esperándome. Estaba Hilario apoyado en la barra, Antonio Carratalá, Eliseo el Embustero, Raimundo el Gordo y Antonio Casamayor.  ¿Qué, como le ha ido con el Sargento - me peguntó Hilario- algunas veces es un cabrito, pero en el fondo no es malo, qué, qué le ha contado?  Pedí medio whisky con hielo. me apetecía, el alcohol me traicionaba aunque también es verdad que juré no fumar pero sobre al bebida no me había prometido nada.  Qué le voy a contar es que yo sé algo de lo que pasa en este pueblo, yo acabo de llegar, mis ojos no han visto nada de nada. ¿Lo habéis hecho o no lo habéis hecho?   Pegunté directamente como llevado por un momento de arrebato por el mal rato que me habían hecho pasar en la escuela-cuartel.  Nadie contestó, porque aquí no contesta nadie a una pregunta directa, el silencio se volvió algarabía y me invitaron al primero, al segundo, al tercero y no sé cuanto más güiskis.  Aquella medio borrachera, junto a ellos, de igual a igual, me sirvió de cierta amistad con los pescadores, gente brusca y mal hablada, bebedores imborrachables,

Después de beber como romanos tas una victoria en las Galias, me ofrecieron una silla para jugar con ellos al dominó, máxima muestra de hospitalidad, pero yo ni sabía ni era capaz de aprender un juego del que se necesitan años para medio dominarlo, por eso se llama domino o dominó, de dominar.  Tiempo después si intenté aprender el juego de la fichas blancas y negras con agujeritos negros y blancos, mi compañero y educador fue Hilario que me advirtió: Hay gente que por muchos años que pase jugando al dominó no aprenderá, es como una ciencia, un arte. Tenía razón este juego es intuición matemáticas, teoría más que práctica, puesto que aquí nadie pasa de las cuatro reglas si es que no se les ha olvidado. Más tarde llegaron gente joven que empezaron a jugar a las cartas: al Paulo. Y de beber pidieron unos “liberti” –vaso grande de vino blanco.

Después de mucho beber a un precio de risa, abusé como quien se halla en el paraíso del alcohol barato, como si estuvieras en las rebajas de un importante almacén en la city de Londres, y compraras por el simple hecho de que está todo barato aunque no te haga mucha falta.   Aquella tarde-noche  yo no podía más y me fue a acostar.   Creo que el único hombre verdaderamente borracho era yo, ellos estaban tan tranquilos, charlatanes como siempre y amigables. Anda Robert acuéstate que estás un poco bedorrio, dijo Hilario, te acompañaré.  Por lo general cuando bebo demasiado no me pongo agresivo, algo pesado cuando me da por tocar la gaita, instrumento que no llevé conmigo.  Bueno vale..., si tú lo dices..., no sé donde estoy ni donde vivo, ni qué coño hago yo aquí, sabes una cosa, amigo, que el mundo es una mierda, estamos rodeados de una gran mierda...,  No sé qué más cosas dije y me acosté vestido.    

  De esta manera, borrachera tras borrachera, fue poco a poco entrando en el cerrado círculo familiar de la Isleta uno de esos lugares poblados desérticos que  impresionan la retina cuando se pasa fugaz como un flash por la carretera, es un rebaño de casas inadvertidas al paso del viajero, su impresión es leve recuerdo como esas fotos que ni siquiera tienen el interés para ocupar un lugar en nuestro álbum, pero, luego, cuando los conoces a fondo y nos acercamos a verlos con lupa, descubrimos la grandeza de la pequeñez, apreciamos la profundidad del razonamiento de sus habitantes, nos olvidamos de lo insignificantes en su tamaño, hogar de pescadores pacientes e insensibles al paso de la actualidad, y entramos en otro mundo. Aquí al Este del Cabo de Gata, en el codo de la provincia de Almería, uno encuentra de nuevos los sentimientos que el hombre moderno ha perdido: la amistad, la solidaridad, la hospitalidad, en definitiva la forma los valores que no se han debido perder, y sobre todo nos enseña la forma de enfrentarse a la vida.

Borrachera tras borrachera, desinhibido totalmente de los gestos que nos impiden comunicarnos, partida tras partida de dominó entré  en el círculo cerrado de aquellas familias de pescadores, hospitalarias pero reacia a los forasteros. Pero me pude enterar de la causa por las que el barco “la Dolores” de los Carratalá tenía en la cubierta arena de la playa de la playa de los Pinos. Antonio Casamayor, que era el pedáneo y hombre de fiar, aclaró que todo aquel entuerto sobre las sospechas del alijo, vinieron por culpa de una moraga (pescado asado en la playa con fuego tablas y gallos de las playas).  Los Carratalá desembarcaron en el bote auxiliar en Cala  de los Pinos y se comieron una morga, luego al subir de nuevo al barco llevaron la arena en los alpargates.  Ellos nos vieron los fardos de droga porque estos estaban enterados en una zanja en la arena de la playa.  Alguien desde los cerros debió ver a “La Dolores” cerca de la playa y por eso lo chivatearon a Guardia Civil, que en estos lugares se enteran de todo lo que se mueve.                                       

 –...los Civiles no olvidan –prosiguió el pedáneo mientras tiraba sobre la mesa la casa de cerveza, es decir, el seis  doble– desconfía de nosotros desde que el viejo Morantes trajo de Melilla uno de los primeros televisores en blanco y negro, cuando se iba a pescar al banco de las Chafarinas y Tres Forques, hace por lo menos treinta años, aquellas pesqueras ya pasaron a la historia, como lo de pescar con la dinamita. Ahora la pesca ha cambiado, vivimos del lance al paso de la melva, de la moruna fija, del trasmallo de costa, del curricán.  Cuando nos sorprende el Levante fuerte tiramos para Almería, si por el contrario es Poniente tiramos para el pueblo. 

  –Cierra y cuenta que por lo menos nos hacemos echo sesenta tantos –me dijo mi compañero Hilario cuando cerró, a continuación se echó a reír con una boca amplia y unos dientes amarillos de la nicotina, puro esmalte.

   –Dice el tío de la Pipa que es usted de Londres –entró en conversación la dueña del bar “la Foca Monje”, una señora entrada en carnes a la que llamaban Ernesta-.  ¿Y su señora, es que no ha venido con usted...? –y sin darme tiempo a responder, añadió- claro a quien le va a gustar este lugar, al que le falta todo.

–Yo soy divorciado, trabajo en Londres, pero soy escocés de madre española.

–Eso sí que son complicaciones, y no como nosotras que nunca nos pasa nada. Sabe, me cae usted simpático, si va a estar par el día 19, le invito a la boda de mi hija Ernestina, se celebra aquí en la capilla de la Isleta, y después haremos un convite aquí en el bar. Ya sabe está invitado.

A la Ernesta se le  veía nerviosa por las proximidades del casorio de su hija. En un momento determinado salió de la cocina peleando con su hija, la Ernestina, quejándose de que no le ayudaban. Miré con intención de mediar.  Me dijo Hilario que yo a lo mío, al juego, si alguien se metía en medio de la madre y la hija salías perdiendo, porque ellas dos en el fondo eran del mismo equipo y cuando un zutano les atacaba hacían fortín de resistencia. Además la Ernesta estaba de un pronto explosivo, nada le convenía, peleaba a cada momento con la hija, pues cundo se casara se iba a vivir a Las Negras, por eso estaba nerviosa iba a perder a una camarera.  A la Ernesta se le veía una mujer agresiva, su viudez le había predispuesto a una forma de autodefensa.

  Dije que contara conmigo, al día siguiente me pidió el favor de que me encargara de ir a Níjar a recoger en mi coche a don Restituto, el cura que oficiaba el acto religioso, me acompañaría Hilario, cuñado de la Ernesta.  Acepté, no me quedaba otro remedio. 

 

 

 

 

 

                                                     5

 

Al día siguiente me levanté cerda del medio día, Cecilia no había venido a despertarme ni a hacer la cama, me extrañó porque nunca me faltaba. No me dolía la cabeza, porque tengo por norma no cambiar las bebida, solo whisky y si puede ser escocés mucho mejor, aunque el auténtico escocés es difícil encontrar, se bebe mucho DIC, y dentro de lo que cabe no es malo.  Lo ideal hubiese sido un baño con agua tibia y sales, media hora de relajación, pero allí no tenía ni una ducha, así que me lavé y afeité con el agua que saqué del pequeño aljibe situado en la cocina, ante el espejo, frente a frente conmigo mismo, en duelo de palabras y reproches me volvía a preguntar qué hacía yo allí , si merecía la pega, si era lo que en realidad mi interior me pedía, si en realidad era Raymond Burn y López, ex -agente de Bolsa en Londres.  Abrí la puerta maldiciendo entre dientes con la esperanza de no encontrarme a nadie, mas todas estas dudas se desvanecieron cuando abrí la puerta y me dio en la cara un sol altivo y a la vez autoritario, imposible de desafiar, la luz sobre la paredes blancas, el azul aguamarina sobre el mar pasivo rodeando el pequeño espigón, el olor al algas y pescado puesto a sea, en los labios el salitre, las manos resecas y la intuición de que la alegría me esperaba cerca.

   Me acerqué al restaurante del Hostal “La Sirena Azul”, situado a escasos metros de la casa, lugar muy concurrido los domingos por la gente de Almería que hasta allí se acerca para comer pescado, son domingueros que vienen a pasar en el día en las playas, pesca submarina, a comprar melvas o pulpos secos, su raciones de pescado en los distintos bares y para casa.  Como era medio de semana el restaurante estaba vació, yo tomé asiento cerca de las primes mesas, nada más acomodarme llegó una camarera para dejarme la carta sobre la mesa, me quedé impresionado al ver a esa mujer de media estatura bien proporcionada, por primera vez en mi vida me sentí cortado, embobado, intimidado por sus ojos negros que destronaba a los reyes, de piel morena clara, el pelo semi corto al hombros, nariz recta, frente redondeada debía tener unos treinta y pico años, tras su sonrisa forzada hacia el comensal se ocultaba una tristeza oculta, un sufrimiento desconocido, tenía algo con el que siempre subconscientemente había soñado: el perfil de la mujer andaluza,  cristiana y mora a la vez.  Cuando regresó con su lápiz y su bloc para anotar mi servicio, no podía limitarme a ser un comensal sumiso, callado y serio, sino que opté por mi lado latino de atractivo y seductor, artes que sin duda tenía oxidadas pero algo en mi interior me obligaba a ser más lanzado, facilidad de lenguaje llevado por la atracción que la belleza de aquella mujer ejercía sobre mí. Y ya cuando oí su voz con acento de andaluz al preguntarme qué iba a querer, fue el anzuelo definitivo que se clavó en mi corazón, le pegunté qué me recomendaba, me habló de platos y más platos nombres que yo entendía y me daba igual.

–Nunca la he visto en la Isleta.

–Ni yo tampoco a usted.

–No me hable de usted mujer que no soy tan viejo.

–Perdone, pero es la costumbre. Bueno, qué va usted  a comer.

Una voz masculina desde la barra del bar pronunció su nombre: Julia, Julia por aquí y Julia por allá. Era una mujer que no encajaba dentro des esquema regional y propio las demás mujeres gordas y fuertes a las que yo estaba acostumbrado a ver allí. 

  Salí del restaurante muy contento, con aires renovados. Todo aquel mundo al que me había propuesto acceder, tenía más razón de ser, Julia era tan distinta a todas la mujeres que hasta entonces había conocido en mi vida y eso que yo me acercaba a los treinta y cinco que no podía explicar su encanto sobre mí, no tenía que hacer ningún esfuerzo para gustar a los hombres, su mirar era un propio encanto y el reflejo de su no sé qué en su sonrisa que guardaba un secreto. 

   Fui a pasear por las cercanas playas solitarias desde la que se veían las palmeras. Existen lugares aislados, islotes, cepas en los que se puede vivir amputado de presiones, carreras, sentenciado a pena de ablación al estrés, sin agobios ni tensiones, con poco dinero, opuesto a la vida de ciudad que conocemos, si se le puede llamar vida, sin embargo esa paz que te rodea debes llevarla a tu interior. Estos lugares se encuentran desperdigados por cualquier playa, sierra con carril, cortados, valles o mesetas con olmos o chumberas.  Son cuatro casas, no más, que aparecen de repente al pasar por una carretera o un carril desplumado. Son perdidas joyas en el roquedal volcánico, tesoros latentes que están ahí pero se ocultan al ojo de la prisa. El mar se eleva como un espejo.  Es la utopía de un mundo feliz, el paraíso perdido y hallado, sin tener que de