Revista COMO EL RAYO

 

 

 

         

                Dos poemas de Juan Ramón Jiménez dedicados a la muerte de Juan Guerrero Ruiz

 

       A  Ana Guerrero, José Luis Guerrero Aroca y María Blanca Lozano Alonso por su simpatía, bondad y generosidad y a Juan Guerrero Ruiz, In Memoriam.

 

 

                                                                  Por Ángel Manuel Aguirre

 

                                       

 

 

 

El 27 de mayo de 1913, un joven de 20 años de edad, nacido en Murcia en 1893 y estudiante en Madrid, deslumbrado por la lectura de los primeros libros de Juan Ramón Jiménez, decide visitar la casa, sin presentación alguna, donde vive el que considera “el poeta más espiritual de España”.  Juan Ramón, quien lo recibe con gran cariño, como solía hacer con otros escritores jóvenes, lo sienta a su lado y habla con él por espacio de dos horas sobre poesía lírica, música, pintura y amor.  Nace así  una larga y entrañable amistad que durará más de cuarenta años entre el poeta de Moguer y el insigne murciano, en palabras de Ricardo Gullón, “el juanramoniano mayor del reino” y, según Gerardo Diego, la persona que conoció, estimó y estudió mejor que nadie a Juan Ramón.

La crónica de las conversaciones mantenidas por los dos amigos durante veintitrés años, del 27 de mayo de 1913 hasta el 29 de junio de 1936, cuando la interrumpe el estallido de la Guerra Civil, se recoge en el texto completo de los dos volúmenes de  Juan Ramón de viva voz, obra publicada póstumamente y fuente indispensable para el estudio de la vida y obra del Andaluz Universal y la literatura española de su época madrileña.  

Juan Guerrero Ruiz  publica sus primeros escritos en la revista local Murcia y colabora también con prosas líricas y artículos de crítica en otras revistas murcianas, como Oróspeda y Polytechnicum.  En la última, en un número homenaje a Juan Ramón Jiménez de junio de 1917, Guerrero colabora con un artículo de crítica entusiasta sobre Platero y yo, publicado junto a otros trabajos en torno a tres libros del poeta andaluz (Estío, Sonetos espirituales,  y Diario de un poeta recién casado)  firmados, respectivamente, por los murcianos Andrés Sobejano (poeta, traductor y profesor), José Ballester (novelista, periodista y autor erudito de guías de su ciudad) e Isidoro Solís (poeta modernista y traductor de poesía).  En la revista, Oróspeda Guerrero publica unas prosas líricas y un artículo sobre El jardinero, de Rabindranath Tagore, traducido por Zenobia Camprubí    

Juan Guerrero Ruiz, denominado por García Lorca en una dedicatoria el “cónsul general de la poesía española”, continuará escribiendo artículos literarios en la “Página literaria” de La Verdad de Murcia y en dos empresas literarias fundadas por él: el “Suplemento literario” del diario La Verdad, y en Verso y prosa, una de las revistas más importantes del 27 y que contó con la entusiasta y constante colaboración del poeta Jorge Guillén, catedrático de literatura en la Universidad de Murcia de febrero de 1926 a septiembre de 1929.  Al marcharse Guillén de Murcia, Guerrero dedica al autor de Cántico en 1931 un emotivo

-quizás el único- “Adiós a Jorge Guillén”.   

La labor de Juan Guerrero no se limita al campo de la literatura española, pues, como bien destaca el profesor Francisco Javier Díez de Revenga en su introducción al libro Escritos literarios de Juan Guerrero Ruiz, la actividad crítica del escritor y editor que dedicó fervorosamente toda su vida a la poesía y a los poetas españoles fue, sin lugar a dudas, una más amplia y ambiciosa, ya que “dominaba, conocía y leía asiduamente la literatura universal y, lo que es más destacable, estaba al tanto [de ella] con absoluta actualidad”[1].

 

Juan Ramón, al conocer a Guerrero, no conocía  Murcia ni la región del Levante, y es a través de Guerrero que irá descubriendo la obra de escritores y artistas murcianos y alicantinos. Igual que Juan Ramón, Guerrero unía al amor por la lírica el amor por las artes plásticas y frecuentaba el estudio de artistas, algunos de ellos murcianos como los pintores Pedro Flores, Luis Garay, Ramón Gaya (cuyo Bodegón de la guitarra se considera el “cuadro clima”del 27), el escultor José Planes y el pintor peruano Juan Bonafé, murciano –para José Luis Guerrero Aroca- “de corazón y entendimiento”.

Durante el exilio americano de más de veinte años, los Jiménez se

mantienen en contacto desde Cuba, Estados Unidos con Guerrero y su familia a través de cartas, tarjetas postales, cablegramas, giros y cheques, paquetes con regalos de Navidad para los niños de Guerrero, y alimentos y medicinas que envían al inolvidable amigo por diversos medios: por barco y correo aéreo, por medio del Cónsul de España en Cuba, de la Cámara de Comercio de España en París, de la Línea Aérea Suiza o de la amiga suiza Marie Lack.  Durante los años de la guerra y la posguerra Guerrero se ocupa de los intereses del matrimonio Jiménez y protege sobre todo la biblioteca y los manuscritos inéditos del poeta que permanecían en su piso de Madrid.  En noviembre de 1939 Juan Ramón decide construir una casa en la Florida para solucionar el problema de las cosas que tienen en Madrid.  Para esa época Zenobia comienza a escribir el borrador de una carta de dieciséis páginas que enviará a Guerrero por correo aéreo el 4 de diciembre, dándole instrucciones para que Guerrero cierre el apartamento y disponga de sus pertenencias y de casi todo lo que allí se guardaba: papeles, libros, pinturas, retratos de familia, curiosidades y algunos muebles.  Zenobia sigue en contacto con Guerrero y su familia desde Estados Unidos y Puerto Rico, última etapa del exilio americano del matrimonio.  Es allí,  muy enfermos tanto Juan Ramón como Zenobia, que la excepcional mujer recibe en 1955 la noticia de la muerte de Juan Guerrero Ruiz.  Un año después, el 28 de octubre de 1956, muere Zenobia y dos años más tarde, el 29 de mayo de 1958, fallecerá Juan Ramón.

En un artículo titulado “Juan Ramón Jiménez, ideólogo de minorías” y publicado en 1992, Arturo del Villar indica que el poeta andaluz consideraba toda su escritura provisional como “Obra en marcha”. En 1953 Juan Ramón, en colaboración con Zenobia, pone en ejecución su último proyecto editorial: la publicación de su “Obra completa” con el título general de Destino y dividida en siete grandes volúmenes antológicos agrupados bajo la denominación común de Metamorfosis

Zenobia y Juan Ramón trabajaban en la  ordenación de los poemas que formarían parte del proyecto cuando sus respectivas enfermedades les obligaron, en 1954, a detener la labor de ordenación y  paralizar la publicación de los volúmenes. Eugenio Florit logró imprimir en 1957 la Tercera antología poética en una  edición que Zenobia nunca alcanzó a ver.  Mucho más tarde, según señala Arturo del Villar,

                        en 1970 comenzó Antonio Sánchez Romeralo a reconstruir el

                        proyecto “Metamorfosis”.  Se basa en los documentos conservados

                        en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez del Recinto Universitario

                        de Río Piedras (Puerto Rico).   El primer fruto fue Leyenda.[2]

 

Años antes de la labor de reconstrucción llevada a cabo en Puerto Rico por Sánchez Romeralo, la escritora Anagilda Garrastegui había trabajado en un inventario de los libros en la biblioteca personal del poeta conservados en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez de la Biblioteca General José M. Lázaro de la Universidad de Puerto Rico.

En uno de los libros personales del poeta, el titulado Poesía y publicado en Buenos Aires por la Editorial Losada en 1946, Anagilda Garrastegui encuentra dos poemas: el número 9 en la página 20 del poemario y el número 30

en la 126. En esos dos poemas Juan Ramón había anotado las siguientes variantes: al número 9, que luego recogería en Leyenda en la serie “La realidad invisible” (1917-1924) con el título “De otro modo”, le añadió el título “Como las doce”, y al inicio del número 30 escribió  “La M.  Para J.G.”.   En la página 968 de la edición de Leyenda publicada por Sánchez Romeralo el poema 30 aparece prosificado, sin dedicatoria, con variantes mínimas y titulado “Lazo, vida, muerte”. A continuación, la versión del poema que publica Sánchez Romeralo en su edición de Belleza:

968                                                                                   55

 

            Lazo, Vida. Muerte

                       

                        Lazo que atas, fuerte, mi vida con la vida, ¡ata mi vida, cuando sea

                        (sin aflojarte nada), de pronto, fuerte, con la muerte!

           

                        ¡No vayas deshaciéndote, desligando mi vida de la vida (abriendo una

                        tristeza de acabar, que habrá de ser tristeza de empezar); no pongas entre

                        nudo y nudo, desierto y tedio, tedio y desierto;  no dejes vana, vacilante,

                        un punto, mi vida plena, con la entera muerte!

 

                        ¡Lazo, vida, apretado hasta el final, apretado desde el principio, muerte!

 La teoría de Anagilda Garrastegui, quien me ha cedido generosamente las fotocopias de su hallazgo, es la siguiente:

                        Mi teoría es que cuando Guerrero murió en 1955, Juan Ramón, afectado

                        por la noticia, releyó dos poemas que aparecen en el libro Poesía, Ed.

                        Losada, B. A., 1946, y en un impulso momentáneo, en recuerdo al amigo

                        fiel, escribió las iniciales J.G. junto a los poemas # 126 (30) p. 88 y # 9

                        (9) p. 20.  Como se ve claramente sobre el poema 30 [Juan Ramón]

                        escribió: La M. (La Muerte) y luego, clarísimo también, Para J.G. …

                        Creo que Romeralo no vio estos poemas porque estaba trabajando con los  

                      proyectos organizados por J.R. y Z. antes de 1954.  En los años 1954-55,

                        56-57, no creo que ni J. R. ni Z. trabajaran más en los proyectos de libro

porque J.R. estuvo muy enfermo el año 1954-55, y después de eso

empeoró la enfermedad de Zenobia.  Así que creo que estas dedicatorias

corresponden al año 1955, a raíz de la muerte de Guerrero y son, en mi

concepto, voluntad final de J.R.   El  poema 9, como ves en la fotocopia,

fue, aparentemente, titulado “Como las doce” por J.R. en la misma fecha

en que escribió la dedicatoria “Para  J.G.”,  junto a la cruz que señala la

frase subrayada en la segunda estrofa del poema.[3]  

 

Copiamos, a continuación, el poema 9 fotocopiado por Garrastegui con las variantes añadidas por Juan Ramón en cursivas y encerradas en paréntesis:

                                                           (Como las doce)

                                             9.                                            9

                                               Hablaba de otro modo que nosotros todos,

                                               de otras cosas de aquí, mas nunca dichas

                                               antes que las dijera.  Lo era todo:

                                               naturaleza, amor y libro.

 

                                                           Como la aurora, siempre,

                                               comenzaba de un modo no previsto,

                                               ¡tan distante de todo lo soñado!

                                               Siempre, como las doce,                      x      (Para J.G.)

                                                        llegaba a su cenit, de una manera

                                               no sospechada,

                                               ¡tan distante de todo lo contado!

                                               Como el ocaso, siempre,

                                               se callaba de un modo inesperable,

                                               ¡tan distante de todo lo pensado!

 

                                                           ¡Qué lejos y qué cerca

                                               de mí su cuerpo!   Su alma,

                                               ¡qué lejos y qué cerca

                                               de mí!

                                                           …Naturaleza, amor y libro.[4]

 

 

           En la edición de Leyenda, la antología poética final de Juan Ramón

Jiménez, inconclusa en 1958 y recopilada y publicada póstumamente por Antonio Sánchez Romeralo, este poema, con un número 840 al extremo

izquierdo del título,  forma parte del proyecto de libro titulado “La realidad invisible” (que recoge poemas escritos entre los años 1917-1924) y bajo    

el número 2 encontramos el título “De otro modo”, y no el título “Como las

doce”,  escrito a mano por Juan Ramón sobre el número del poema publicado en 1946 por la Editorial Losada.

          Además, el poema del libro Poesía recogido en Leyenda por Sánchez

Romeralo aparece ahora, contrario a la versión publicada en 1946, “revivido” por el poeta como poema en prosa y presenta  variantes que transcribimos en cursivas para destacarlas en esta nueva versión en prosa del poema publicado en el libro Poesía :  1) la inserción del pronombre personal femenino (“ella”) que no estaba en el tercer verso de la primera estrofa del poema de 1946,  2) el vocablo  “naturaleza”, que comenzaba con “s” minúscula en el cuarto verso del poema de 1946, lleva ahora mayúscula en la versión en prosa, y  3) el cambio de los puntos suspensivos que acompañaban el verso final en la versión del poema de 1946 (“…Naturaleza, amor y libro”) aparecen unidos en el poema en prosa a las palabras “de mí!...”, que en la versión publicada en Buenos Aires componían, desprovistas de puntos suspensivos, el penúltimo verso del poema.  Recogemos a continuación la versión en prosa del poema incluida en la edición de Leyenda publicada por Sánchez Romeralo:

                                       2

840.                                                                        840         De otro modo

             Hablaba de otro modo que nosotros todos, de otras cosas, de aquí,

                        mas nunca dichas antes que las dijera ella.   Lo era todo: Naturaleza,

                        amor y libro.

 

           Como la aurora, siempre comenzaba de un modo no previsto ¡tan

           distante de todo lo soñado!  Siempre, como las doce, llegaba a su cenit,

           de una  manera no sospechada, ¡tan distante de todo lo contado!  Como el

 

 

                        ocaso, siempre, se callaba de un modo inesperable, ¡tan distante de todo

                        lo pensado!

 

            ¡Qué lejos y qué cerca de mí su cuerpo!   Su alma, ¡qué lejos y qué cerca de mí!...

 

                                   Naturaleza, amor y libro.

 

            Un punto a favor de la hipótesis de Anagilda Garrastegui lo hemos encontrado

en la página 31 del libro Juan Ramón de viva voz.  En la entrada del 12 de mayo de 1915, Juan Guerrero escribe que durante su visita al poeta, que se ha cambiado a la  Residencia de Estudiantes de Madrid, Juan Ramón le lee dos poemas que llevaba en borrador: “Las doce” y otro cuyo título no recuerda.  En la versión encontrada por Garrastegui del poema número 9 de Poesía, Juan Ramón escribe a mano el titulo “Como las doce” y en esa versión y en la publicada luego en Leyenda, con el título “De otro modo” aparece la misma frase (“como las doce”) en la segunda estrofa del poema.  Puede ser posible que el otro poema leído por Juan Ramón a Guerrero en la Residencia sea “Lazo, vida, muerte” y que Guerrero no recuerde el título de ese poema porque aún no lo tenía en la versión original y el poeta lo añadió luego en versiones posteriores.

            Otro dato interesante es que la única “antología” de Juan Ramón reseñada por Juan Guerrero es precisamente Poesía (en verso), volumen que contiene los dos poemas dedicados, según Garrastegui, a Juan Guerrero a raíz de la noticia de su muerte.  La reseña de Juan Guerrero de la antología de Juan Ramón que contiene 129 poesías escogidas entre sus libros inéditos de 1917 a 1923, forma parte de su libro Escritos literarios y en ella, curiosamente, Guerrero destaca un poema sobre el tema de la muerte al escribir, en 1923, lo que sigue:

 

 

                 De estos [poemas] alguno de los representados en el volumen último,

                    como el titulado “La Muerte” (1919-1920), deja en nosotros un ansia

                    viva de conocerlo íntegro, después de leer poemas de los que lo forman,

                   tan maravillosos como éste.[5]

 

            Es obvio que Juan Ramón escogió el poema “Como las doce” para dedicarlo

a la memoria del amigo muerto por los cinco versos que componen la estrofa final: el cuerpo y el alma de Juan Guerrero Ruiz están lejos de Juan Ramón en el espacio, al estar el poeta en Puerto Rico y el fiel amigo en España y sin posibilidad para ninguno de los dos de cruzar el Atlántico para verse y reunirse.  No obstante, el recuerdo, el cariño y las cartas de Juan Guerrero lo mantienen cerca en espíritu a Juan Ramón y Zenobia y promueven la ilusión de una idealizada cercanía física en el recuerdo del matrimonio exiliado y en la esperanzada y dolorosa añoranza de los tres amigos.  Por su parte, Guerrero, que les confiesa  que tiene el pensamiento constante en los dos amigos  ausentes por tantos años, se consuela con la idea de que,  por lo menos, cuando les  escribe le parece que los tiene más cercanos, y aunque la comunicación sea bastante esporádica, de tarde en tarde llega una respuesta (la mayoría de la veces quien escribe es Zenobia) y le da visos de realidad a su ilusión.

            Por otro lado, la caricatura lírica que Juan Ramón dedica al “Cónsul general de la poesía”, incluida luego en el libro Españoles de tres mundos, tiene varios puntos de contacto con la descripción del carácter del excepcional amigo que aparece en los dos poemas que le dedica el poeta.  Sería muy extraño que Juan Ramón Jiménez no dedicara nunca algunos de sus versos a su amigo más fiel, pero aunque no fuera así, nos parece más que merecido el que haya dedicado dos poemas, que Guerrero conocía bien, a raíz de la dolorosa noticia de su muerte. Guerrero, que gozaba de la absoluta confianza del matrimonio Jiménez, era una de las personas que, como Marie Lack, mantuvieron unidos con su correspondencia a Juan Ramón y a Zenobia durante su exilio a la vida y los acontecimientos históricos, políticos y literarios de su amada y añorada España durante el difícil período de la posguerra.  Hoy, los libros, cartas y papeles de los entrañables amigos están unidos para siempre en los archivos guardados y protegidos celosamente en la Sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez de la Biblioteca General del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

Sobre poetas y tumbas: el extraño caso de las sepulturas de Juan Ramón Jiménez y Julia de Burgos.                                

 

            Juan Ramón Jiménez Mantecón nace el 23 de diciembre de 1881 en el pueblo de

Moguer (Huelva), Andalucía.  Según el profesor Gustavo Agrait, la isla de Puerto Rico aparece temprano en la vida del poeta andaluz al dibujar éste en uno de sus cuadernos colegiales un mapa de Puerto Rico cuando contaba alrededor de ocho años.  Luego, en su adolescencia, Juan Ramón, estudiante en Sevilla, se enamora “locamente” en 1896  de una joven mayor que él,  la novia de sus quince años, a la que dedicó versos en sus primeros libros de poesía y a la que denominaba siempre su  segunda novia: Rosalina Brau Zuzuárregui, hija del historiador y literato puertorriqueño Salvador Brau, quien se encontraba en Sevilla, acompañado de sus dos hijas.  Poco después de conocer el poeta a Rosalina, ésta regresa con su padre a Puerto Rico.  Aunque el joven romperá toda la correspondencia sostenida con Rosalina,  recordará siempre una frase “obsesionante como un remordimiento” recogida en una de las cartas: “Tú no puedes figurarte como quiere una criolla”, y la imagen de esa novia  lejana de “ojos verdigrises o negroazules” de su juventud sevillana le acompañará fielmente durante toda su vida.   A Rosalina se refiere la estampa LXXIV, titulada Sarito que aparece en el libro Platero y yo pues, al identificar al personaje que da nombre al capítulo, el poeta escribe: “Era Sarito, el criado de Rosalina, mi novia puertorriqueña”.

                   En 1958, un sobrino de Rosalina publicó lo siguiente en el periódico El Mundo:

                     Mi tía Rosalina, muchos años después, tendría yo 17 años, me contó que en

                     Sevilla se había enamorado de ella, a lo divino, un poeta, que le había dedicado

                    unos versos.  Efectivamente en uno de los primeros libros de Juan Ramón

                    Jiménez se publicó un poema dedicado a Rosalina.[6] 

 

Curiosamente, a la sección Tesoro del poemario Laberinto, publicado en 1913, precede la siguiente dedicatoria: “A Graciela, la hermana mayor de Rosalina, que me quería tanto ¡o más! que ella!”.

            El poeta español visita Puerto Rico en tres ocasiones, siempre acompañado de su esposa Zenobia Camprubí Aymar, hija de madre puertorriqueña.  Durante esa primera estadía, que se extiende desde el 29 de septiembre al 24 de noviembre de 1936,  Juan Ramón prepara Verso y prosa para niños, antología para las escuelas puertorriqueñas, y lee por primera vez en su vida una conferencia, “Política poética” (luego titulada “El trabajo gustoso”), y sobre la que escribirá quince años después que

                     fue en esa inolvidable Universidad de Puerto Rico, donde yo leí en 1936

                              mi primera conferencia pública.  ¡Y qué auditorio tan encantador el que me

                              acogió!  ¡Nunca podré olvidar esta venturosa isla, ni, sobre todo, a su

                              conmovedora y deliciosa jente![7]

 

Además de entablar amistad con Antonio S. Pedreira, Tomás Blanco, Ramón Lavandero, Nilita Vientós Gastón y los poetas Luis Palés Matos, Luis Lloréns Torres y Rivera Chevremont, cuya obra ya conocía, el poeta expresa en una larga entrevista para el periódico El Mundo sus primeras impresiones de la Isla y de sus habitantes y en la que señala sobre todo las semejanzas entre la Isla que el denomina “Isla de la Simpatía” y Andalucía:

Desde joven, como todos los andaluces, tenía  la ilusión de Puerto Rico y Cuba.

Hay entre nosotros un vínculo muy grande.  Nos parecemos mucho.  San Juan se parece a Cádiz.  …  La manera de hablar de ustedes me recuerda mucho a la de Andalucía, no sólo por el tono, sino también por la riqueza del léxico.  Esa riqueza idiomática la he encontrado aquí.  Es su virtud más fuerte, la poesía del idioma en la invención del vocablo.  Y esa virtud la tienen ustedes.  Nos parecemos también en la belleza del paisaje, aunque en ustedes se manifiesta más dulce, el tipo de la arquitectura, las flores, en fin, variedad de cosas que me recuerdan a Andalucía a cada momento.  En los ojos de las gentes se expresa todo eso.  Son como espejos de la belleza exterior.  Y, además, por la inteligencia de la gente del pueblo y de los niños que he visto me parece estar en Andalucía.[8]  

 

            La segunda visita de los Jiménez a la Isla es muy breve y dura desde el 20 de noviembre de 1950 al 26 de diciembre del mismo año.  Juan Ramón se encuentra muy enfermo y deprimido y Zenobia, tras  tropezar providencialmente en el  John Hopkins con el psiquiatra Luis Ortega, que les recomienda viajar a Puerto Rico pues cree que el contacto con su  propio ambiente y lengua  podrían mejorar la salud del poeta, le pide ayuda a su amigo Antonio Morales Carrión, que se encontraba en la Universidad de Puerto Rico.  Hospedados por el rector Jaime Benítez en la casa de invitados en el centro del campus universitario, hermoso parque tropical, Zenobia, testigo de la mejoría de Juan Ramón, describe así el ambiente puertorriqueño que poco a poco logra revivir al poeta:

                              Primero, unas semanas de prueba en la Casita de Huéspedes de la Universidad.

                                   Alto seto de pascuas en flor bajo las ventanas del dormitorio, anchas praderas,

             un pavo real lujoso que venía a saludarnos por las mañanas.

             Era refugio ideal para el poeta cansado, que se encontró asistido por amigos

             fervorosos, cuidado por médicos que le   querían y admiraban, atendido por

             sirvientes que lo mimaban y engolosinaban.  Y no se olvide: sobre las flores y el

              pájaro de extraño plumaje, las voces juveniles de los estudiantes, llenando el aire

             de palabras que sonaban deliciosamente en los oídos de Juan Ramón, porque

             eran suyas, “el español perdido” cuya ausencia había lamentado, declarando la

             necesidad de oírlo y sentirlo para recibir de la palabra viva el aliento necesario

              para la creación.[9]

 

            La tercera y última estadía de Juan Ramón es la más larga y va del 19 de  marzo de 1951 hasta el momento de su muerte el 14 de febrero de 1958.  El efecto favorable del ambiente de la Isla en el ánimo del poeta, que en pocos meses se recupera y logra vencer la depresión nerviosa que le afectaba, queda expresado en el texto titulado “Un destino inmanente” de su libro inacabado “Isla de la simpatía”:

Yo sé que estoy unido a un destino de Puerto Rico, a un destino ineludible y verdadero.

            A los 15 años, en 1896, mi segunda novia, Rosalina Brau, puertorriqueña bellísima… me atrajo como una isla entera.  … Luego, a mis treinta años, una

medio puertorriqueña encantadora de fugacidad, me atrajo con fuerza de estrella parpadeante y me hizo cruzar el mar vespertino y venir a América detrás de la aurora a ella.  Y Puerto Rico me invitó a salir de España en plena guerra de 1936… y                       yo vine aquí, a mis 55 años, con mi atraedora y permanente estrella.

Y en 1950, cuando yo tenía 69 años y estaba hundido en mi enfermedad más larga y más dura de mi vida, un médico español  de Puerto Rico me trajo a Puerto Rico, y Puerto Rico me curó suficientemente para seguir mi vida creadora. 

Algo de resurreccionista ha tenido siempre Puerto Rico para mí, y yo me siento unido a Puerto Rico con un destino común sin ser de él, y por eso es más fuerte todavía, tanto que yo siempre indeciso en mi lugar de muerte, quiero quedarme cuando mi muerte sea, muerto aquí.[10]

 

 Con motivo de la celebración en 1953 del cincuentenario de la Universidad de

Puerto Rico Juan Ramón contesta las preguntas formuladas por el diario La Prensa de Nueva York, y dice, entre otras cosas:

Estoy muy contento de haber vuelto a Puerto Rico, después de 16 años.  Llegué muy enfermo, pero hoy me encuentro mucho mejor y puedo trabajar todo el día y a veces toda la noche, como en mis tiempos mejores.  Mi mujer, que también sufrió una serie enfermedad, aquí se ha beneficiado mucho con este ambiente puertorriqueño, esta savia atmosférica que ella lleva también en su sangre por herencia materna.  Puerto Rico me ofrece además una humanidad prodijiosa, y con ella y su hermosura natural nuevos temas de poesía y de crítica.  Lo primero para mí en la vida es la humanidad circundante.  En Puerto Rico encontré desde mi primera visita mucho que había querido revivir y que ahora estoy reviviendo.[11]

 

            Según Gustavo Agrait

           

            Fue su tercera visita la realmente significativa para él y para nosotros.  Llegó

          enfermo, pero los factores favorables que Puerto Rico le brindó lo hicieron recuperar

           y fue él quien reconoció que en la isla   había iniciado y vivido su tercera época creadora:

            Las tres épocas que me señalo y me señalan son de 20 años, 1896 a 1915; 1915 a

            1936; 1936 a 195X (¿Qué año quitará esta X?)  (…)  ¿Terminará con mi último   

          viaje desde esta “isla de la simpatía” a lo absoluto o, como dice mejor mi mujer,

            a la armonía eterna?[12]

 

             Juan Ramón había pedido que a él y a su esposa se les enterrase en Puerto Rico.

El 25 de octubre de 1956, el poeta andaluz recibe el Premio Nobel de Literatura y tres días después, el 28 de octubre, fallece su esposa y es enterrada en el cementerio de Bayamón.  Acompañando al Maestro en momentos tan trágicos estaban en la Clínica Mimiya profesores y alumnos de la Universidad de Puerto Rico.  En la placa de bronce que Juan Ramón hace poner en la tumba de su esposa se coloca el nombre de los dos grabado sobre el metal y queda un espacio reservado para poner la fecha de su muerte, cuando ésta llegara y fuera, según su deseo, sepultado junto a su compañera.  El poeta escribe un mensaje a la Academia Sueca que será leído por Jaime Benítez en los actos oficiales de la entrega del premio.  Es posible que haya sido la primera ocasión en que el nombre de Puerto Rico se escuchara en la Academia en Estocolmo, pues en su breve mensaje de agradecimiento Juan Ramón escribe lo siguiente:

            Cercado por el dolor y la enfermedad, he de permanecer en Puerto Rico sin

participar en persona en los actos solemnes de la Academia.  Y para que esta ocasión lleve a ustedes el testimonio vivo de mi reconocimiento, recogido día a día, en firme amistad establecida en esta tierra de Puerto Rico, he pedido al Rector Jaime Benítez, de esta Universidad, que me cuenta entre sus profesores,

            que sea mi representante personal en todas las ceremonias de entrega de los

            Premio Nobel de 1956.[13]

 

            Juan Ramón muere el 29 de mayo de 1958.  Meses antes de morir, en octubre de lega por partes iguales el importe del Premio Nobel a la Casa Zenobia-Juan Ramón de Moguer y a la Universidad de Puerto Rico, las dos instituciones a las que había donado en vida sus libros y papeles, uniendo así  para siempre el lugar de su nacimiento con el de su muerte. En palabras de Ricardo Gullón, “tal fue el postrer testimonio de amor ofrecido por el poeta; una vez más había unido, en su corazón y en su recuerdo, el pueblo donde nació con la tierra en que quiso morir”[14].  Rafael Alarcón Sierra, el último biógrafo del poeta, señala que

            Tras su fallecimiento, se discutió acerca de donde descansaría su cuerpo, si en

Puerto Rico o en España, pero prevaleció la decisión de la familia. … Los estudiantes pidieron que el poeta descansara en Puerto Rico, pero su sobrino

            volvió a mostrar su deseo de trasladarlo a España.  El 4 de junio llegaron a

España los cuerpos de Juan Ramón y Zenobia y el finalmente, el 6 de junio de 1958, recibieron sepultura en el cementerio moguereño de Jesús.

           

            Julia Constanza Burgos García nace el 17 de febrero de 1914 en el barrio Santa Cruz de Carolina. Contrae matrimonio con Rubén Rodríguez Beauchamp en 1934 y el padrino de la boda es el poeta Juan Antonio Corretjer.  En 1935 escribe el poema “Río Grande de Loíza”, en 1936 aparecen en periódicos sus primeros poemas: “Responso de Ocho Partidas” y en 1937 organiza su primer poemario “Poemas exactos  a mí misma”,

cuaderno mecanografiado que nunca vio la luz pública y parece haberse perdido. Hace

amistad con Luis Lloréns Torres y conoce a Luis Palés Matos y a Evaristo Rivera Chevremont.  Publica en diciembre del mismo año Poema en veinte surcos y al año siguiente, 1939, comienza a circular su segundo libro, premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña, Canción de la verdad sencilla.

Reside en Cuba en 1940 y escribe El mar y tú, publicado póstumamente en 1954.  Desde allí envía a Juan Ramón, quien vive en los Estados Unidos, un ejemplar de Canción de la verdad sencilla, acompañado de la ilusión de que el poeta reseñe su poemario, según se desprende de la  nota adjunta:

Inmenso Juan Ramón, Soy de Puerto Rico.  Cuando usted estuvo allí apenas comenzaba a escribir.  Algo en relación con mi último libro, que le adjunto, me ha movido a escribirle.  Acaba de obtener uno de los premios del Instituto de Literatura de mi tierra, cuyo Jurado lo integran personas de la talla de Margot Arce, Concha Meléndez y otras personalidades literarias.  Este reconocimiento como que me autoriza a escribirle, a usted, al grandioso, al incomserable, que ni siquiera sabe que existo.  Nada me haría más feliz que unas palabras suyas sobre mi obra.

Estoy ahora en Cuba.  ¿Sería usted tan generoso de escribirme?

En su mundo, con devoción intelectual y emocional,

                                                                                   Julia

                                                                                   El Cano

                                                                                    Habana

 

En 1945, mientras vivía en Washington, D. C., conoce a Juan Ramón Jiménez, hecho que Zenobia no recoge en su segundo diario de la vida del matrimonio en los Estados Unidos desde 1939 a 1950.  En cambio, el poeta  recuerda  el encuentro con Julia en una carta a Juan Bautista Pagán, director de Artes y Letras:

            He repasado cuidadosamente estos números de Artes y Letras. ...  El dedicado

              a la desventurada Julia de Burgos resplandece.  Desde que la conocí en Washington admiré

               profundamente la escritura  de esta estraordinaria mujer por su don distinto de creadora y de espresiva.[15]

 

            Ricardo Gullón al conversar en 1953 con Juan Ramón Jiménez sobre poesía joven puertorriqueña le informa que ha oído recitar en casa de Nilita Vientós Gastón  versos de Julia de Burgos, “la muchacha que recién se suicidó [sic] en Nueva York”.  El comentario del poeta es el siguiente: “Sí… ¡Pobre! Tiene versos hermosos.  Y fue desgraciada.  Era de lo mejor que había en Puerto Rico como poeta”.[16]

            Julia de Burgos muere en una calle de Harlem el 5 de julio de 1953.   Había presentido su momento final en una misiva en la que escribe “Tengo hambre de libertad. Si me muero no quiero que este trágico país se trague mis huesos, necesito el calor de Borinquen”.  Carmen Conde, que la incluye en su libro Once grandes poetisas de Américohispanas publicado en Madrid en 1967, escribe que

Parece mentira que siendo hija de una isla tan acogedora como hay quien dice que es Puerto Rico (Gabriela  Mistral, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez…)

y creadora de una obra sin parangón en la lírica puertorriqueña,  poesía que es la belleza que destiló su vida, fuera a parar en tierra extraña y muriera sobre el duro suelo de una calle de Nueva York, acabando –a falta de documentos- en triste fosa con un solo número como epitafio.  Y gracias a ese número y a la fotografia que le hicieron los que la enterraron, pudo recuperarse su cuerpo para llevarlo a su acogedora isla, en donde ya tiene nombre y obra bien editada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña…   Su cadáver fue rescatado de la fosa anónima y sepultado semanas más tarde en el cementerio de Carolina, luego de haber sido objeto de tributos póstumos en el Ateneo Puertorriqueño y en el Club de la Prensa.[17]

 

            Es a esa tumba en el Cementerio Municipal de Carolina donde acude en 1968 la poeta María Isabel Arbona para rendir tributo a la escritora admirada. Mientras camina desde la puerta del cementerio al lugar de la tumba, la imagina muy de Julia, justamente única y digna de ella: una tumba de mármol blanco con los reflejos azules de su mar y su cielo, de estructura sencilla, pero cargada de belleza y expresión como toda su obra poética.  María Isabel cree adivinar cómo será en la inscripción en la tumba, el epitafio justo que perpetuará el anhelo presente en aquellos versos de Julia: “¿Cómo habré de llamarme? …me llamarán poeta”.  En cambio, encuentra una tumba descarnada, triste, increíblemente abandonada,  la tierra desnuda de la sepultura bordeada por un estrecho y rectangular marco de cemento. Sin una lápida y sin una flor. Sin un signo de belleza, de esa belleza que encerraba el alma de Julia y que ella volcó como un golpe rojo de su Río Grande Loíza en la Naturaleza de su tierra amada.  Al fondo, en una cruz pequeña y rústica de madera, apenas visibles, el nombre de Julia, la fecha de su muerte y, en el centro, un dibujo pequeño y borroso de la bandera puertorriqueña.  De la parte superior de la cruz colgaba una mugrosa corona artificial.  Tendida sobre la tierra de la sepultura una jarra quebrada y vacía, a manera de símbolo mudo de la vida de Julia que ofreció la fragancia de su más noble amor y terminó, como la jarra, olvidada, quebrada y vacía.

María Isabel Arbona, decepcionada y entristecida por el estado de  abandono en que se encuentra la sepultura, imagina entonces una tumba sencilla y hermosa e intuye que, así como el Río Grande de Loíza se alargó en el espíritu de Julia, su poesía se alargará en el espíritu de sus hermanos puertorriqueños y se hará inmortal.

Actualmente, los restos de Julia, poeta grande y auténtica, descansan digna y merecidamente en un suntuoso mausoleo, rodeado jardines cuidados con esmero en los predios del Parque Conmemorativo Julia de Burgos en la Avenida Roberto Clemente en el pueblo de Carolina.  Por otro lado, la desnuda sepultura de Zenobia y Juan Ramón, desatendida por las autoridades locales, se encuentra en deplorable abandono, triste escenario nada digno del último lugar de reposo de dos grandes figuras de la poesía universal y del mundo literario y cultural de España y América.

 

 

 

 

      Laberinto, poemario rechazado, perseguido y destruido por su autor, Juan Ramón Jiménez

 

            Laberinto, según Howard Young, “el último libro en orden de publicación del  primer período de Juan Ramón”[18], se publica en la Editorial Renacimiento en julio de 1913, poco después de haber conocido el poeta a su futura esposa, Zenobia Camprubí Aymar, y está “formado con materiales que pertenecen  a los años de 1910 y 11”, como bien indica el novelista mejicano Martín Luis Guzmán en su reseña del poemario.  

            Señala Howard Young que

            pertenece Laberinto al ciclo poético que empieza más o menos con Elegías

lamentables de 1910 e incluye Poemas májicos y dolientes (1911) y Melancolía (1912) … Escritos casi todos en Moguer, la obsesión dominante

de la mayoría de estos poemas demuestra que, en efecto, su autor se encontraba

en un laberinto del que necesitaba huir geográficamente a Madrid y espiritual-

mente a la poesía desnuda. Es casi total el domino del alejandrino en la versificación de Laberinto.  De sus 102 poemas, incluida la dedicatoria, hay sesenta y ocho formados por cuartetos alejandrinos [asonantados] o alejandrinos pareados (este último popular en el modernismo), dieciséis en que aparece este verso en combinación con otros de medida diferente [por ejemplo, eneasílabos], y sólo dieciocho composiciones que no tienen versos de catorce sílabas.  Los cuartetos alejandrinos se utilizan principalmente para la fantasía sensual y los recuerdos melancólicos.  Los alejandrinos pareados suelen emplearse en los poemas dirigidos a las amistades del  poeta…[19]

                                                                                                              

            En opinión de Graciela Palau de Nemes, Laberinto

            es un libro recargado, redundante, excesivo y aptamente titulado.  Hay poco en  

            él que no haya dicho antes con mayor gracia y espontaneidad; pero la obra es  

valiosísima como índice de la psicosis juanramoniana.  El título queda explicado en el poema X de la cuarta parte de Melancolía, de la misma fecha, el laberinto juanramoniano es carnal:

¡Cárcel sombría, hecha de todos mis instintos!

                                   ¡Cielo azul, infinito, que ya no me bendices!

                                   Mujer, jardín carnal de tristes laberintos,

                                   que ensangrientas el sol de las tardes felices!

                                                                       (P. L. P., 1434)

 

 

 

     Al reflejar en su obra el laberinto psíquico de su existencia Juan Ramón se adelanta a la tendencia literaria que habría  de ponerse en boga después.

Este largo libro está dividido en siete partes que recuerdan a siete mujeres escogidas por su amistad o su amor:  Natalia, la hija de Manuel Bartolomé Cossío, [amigo] cuya casa Juan Ramón visitó más de una vez en Madrid; Graciela, la hermana de Rosalía Brau, su novia puertorriqueña de su adolescencia como estudiante de pintura en Sevilla;  Jeanne Roussié, amiga francesa que conoció durante su estancia en el sanatorio de Castel d’Andorte, cerca de Burdeos; Denise, poético nombre que encubre a una figura de la vida real: Marthe, la hija del doctor Lalanne, del mencionado sanatorio francés; Blanca, cuyo doble en la vida real es Blanca Hernández-Pinzón, la primera y preferida novia de la adolescencia, y Susana, cuyo doble en la vida real es Susana Almonte, la guapa vecina moguereña de la calle de la Aceña.  Por las páginas de Laberinto aparecen los nombres de otras mujeres, dobles líricos de personas reales, de algún modo relacionadas con la vida sentimental del poeta, entre ellas, Georgina Hübner. El poema “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”, que aparece en la segunda parte de Laberinto, recoge con fidelidad los incidentes reales relacionados con esta persona.[20]

 

            La lectura de Laberinto disgustó sobremanera a Zenobia por las divagaciones sensuales incluidas en sus siete partes para evocar poéticamente mujeres e idilios lejanos[21] y, sobre todo, por el fondo erótico de algunos de los versos.  Según Graciela Palau de Nemes “la nostalgia de la carne de la mujer está descrita en mil modos en los poemas de Laberinto [y] las fuertes imágenes sorprenden al lector, ya que  no se trata [sólo] de la mujer sino del paisaje, por ejemplo, “El pinar se diría el sexo de la noche.”[22]  En su defensa, el poeta escribió a Zenobia lo siguiente:

 Es cierto que hay en este libro poesías que no son todo lo puras que yo quisiera,  

 pero tampoco hay que tomarlas al pie de la letra.  En todos mis versos “carnales”

hay, si lo miras bien, una tristeza de la “carne”.  Puedes o no creerlo; pero te    diré que

me hastía tanto el placer material, que siempre que he caído me he levantado muy a tiempo.

 Estoy libre, nada me impide “gozar” materialmente.

   

No lo hago, sin embargo.  He llegado a respetarme de una manera absoluta en    ese sentido.  Por lo demás, ese y todos mis otros libros están plenos de aspiración ideal y de sentimientos nobles.[23]

 

Rafael Alarcón Sierra apunta que, a pesar de sus argumentos, Juan Ramón decidió retirar de la imprenta el manuscrito Libros de amor, que constaba de unos cincuenta y nueve poemas de signo marcadamente erótico, que sin duda hubiera causado una reacción análoga o aún peor en  Zenobia.[24]

            Laberinto tiene influencia de la sublimada elegancia del prerrafaelismo inglés a través de la obra lírica y pictórica de Dante Gabriel Rossetti, uno de los poetas favoritos de Juan Ramón, y el artista más destacado de esa escuela caracterizada por la mezcla de erotismo y misticismo en versos y  dibujos.  Una amiga norteamericana del poeta, Louise Grimm, le había prestado un libro de sonetos de Rossetti y Gregorio Martínez Sierra había descrito en una carta al poeta las impresiones de su visita a la Galería Tate para contemplar las mujeres en los cuadros de Rossetti.  El violinista Pedro García Morales le había enviado desde Londres varios libros de Dante Gabriel (entre ellos, la famosa edición de La vita nuova de Dante Alighieri ilustrada por Rossetti) y de su hermana Christina.  Además, parece ser que María Martínez Sierra obsequió a Juan Ramón la edición especial de 1904 del poema de Rossetti The Blessed Damozel, del cual proviene la cita que encabeza el primer poema de Laberinto.

            Las siete secciones de Laberinto, cada una dedicada a una mujer importante en la biografía de Juan Ramón, son de contenido desigual pues algunas están compuestas de siete, diez u once poemas, y otras de más de siete.   Algunos de los poemas llevan

 

 

 

título, otros un número romano, y el poeta se autocita en cuatro de ellos.   Hay en el poemario referencias a poetas nacionales y extranjeros: Fray Luis de León[25],  Bécquer, Espronceda, Góngora, Jules Laforgue, André Chénier, Edgar Allan Poe y Dante Gabriel Rossetti.

            Laberinto tiene una dedicatoria a Jacinto Benavente, pues -según Howard Young-

 así el poeta declaraba su convencimiento de que el conjunto de actividades

 artísticas y literarias desarrolladas  en España desde fines de siglo suponían

            un avance de inapreciable valor.  Más tarde dirá Juan Ramón que el modernismo

           no era un movimiento literario, sino toda una época, como lo había sido el Renacimiento.[26]    

 

Graciela Palau de Nemes, al afirmar que el uso de la silva, apenas empleada por  Juan Ramón en libros anteriores [con excepción quizá de Ninfeas, en donde el uso de esa forma estrófica parece ser influencia de Rosalía de Castro], hace en este libro un importante papel por las riquísimas combinaciones y rimas de esa estrofa poética, expresa lo siguiente:

La voluntad modernista del poeta se ve en la dedicatoria general “A / Jacinto Benavente/  Príncipe de este Renacimiento”.  Por primera vez se refiere Juan Ramón a las nuevas tendencias literarias como un renacimiento, calificando en términos superlativos dentro de estas tendencias al dramaturgo Benavente, que renovaba el teatro español creando situaciones y caracteres que encarnaban la nueva sensibilidad: la acción interna, como la de la poesía juanramoniana y como lo habría de ser en la gran literatura del siglo XX.  Otra prueba de la adhesión del poeta, en esta obra, al modernismo está en el prologuillo a la primera parte, en el que señala la relación entre su poesía y la pintura de Watteau: “Ambientes y emociones de un Watteau literario un poco más interior y menos optimista que el Watteau pictórico,…”, y advierte que su alma está ansiosa de una elegancia espiritual y suprema que lo invadiera todo, que todo lo cambiara”.  En la manera de expresar esta [sic] ansia de elegancia espiritual y suprema estriba la gran diferencia entre el modernismo de Juan Ramón Jiménez y el de Rubén Darío: el hispanoamericano, más exterior, cultivó la belleza

 

externa, con una maestría que algunos de sus seguidores estaban muy lejos de poseer, con funestas consecuencias para la comprensión del movimiento modernista  por la crítica; el español, más interior, convierte la belleza en gala de los sentimientos íntimos del hombre.  No cultivó Darío la belleza por un mero sentimiento artificioso; el arte mejor, en cualquier época, nace de actitudes psíquicas, emocionales, intelectuales, de complicadas raíces humanas.  A fines del siglo XIX y a principios del XX lo bello, comprobable por la percepción directa, adquirió un valor nuevo,  trascendental.  En el prologuillo antepuesto a la primera parte de Laberinto Juan Ramón quisiera que el vivir cotidiano tuviera siempre el misterioso encanto de las cosas sencillas y finas de la vida: “Si el vivir cotidiano tuviera sus frondas de jardín con pajarillos líricos, sus horizontes de campo, sus ríos quietos y sus montañas en flor, sus estancias apacibles, con rosas, con ventanas abiertas y con mujeres ideales!”.  Los poemas de Laberinto exaltan emociones elementales del vivir cotidiano, podría decirse más bien que en esta obra Juan Ramón eleva las sensaciones básicas por medio del lirismo de su poesía, porque ésta es su obra más sensual.   …Por sobre todas sensaciones básicas, Juan Ramón exalta el olor en Laberinto [y] la gran metáfora del olor culmina en la última parte de Laberinto titulada “Olor de jazmín”, que lleva como prologuillo tres versos de Góngora, asociando el jazmín a la lascivia y a Venus: …Del blanco jazmín aquel/ cuya castidad lasciva/ Venus hipócrita es.[27] 

 

Los años del regreso del poeta a Moguer son unos de los más fecundos de su vida ya que de 1908 a 1913 Juan Ramón publica, además de Pastorales, nueve poemarios: Elejías puras (1908); Las hojas verdes y Elejías intermedias (1909); Baladas de primavera y Elejías lamentables (1910); La soledad sonora y Poemas májicos y dolientes (1911); Melancolía (1912) y Laberinto (1913).  Son libros que, escritos durante el período que va de 1907 a 1911, conducen a una poesía nueva, muy distinta a todo cuanto el poeta había creado y publicado hasta entonces, y, en palabras de Alarcón Sierra, “un ciclo lírico de gran riqueza y cohesión vital y estética”[28].  En el conjunto de la obra de Juan Ramón, Laberinto representa la ruptura definitiva[29] con las divagaciones líricas de los “borradores silvestres” de su primera época y la toma de contacto del poeta con los temas más perdurables de toda su poesía posterior. 

            A pesar de todo lo anterior, Laberinto no gozó de una acogida favorable por la crítica cuando se publicó en julio de 1913.  Ese mismo mes, José María Izquierdo

publicó una reseña un tanto socarrona en la sección “Lecturas y Representaciones” en el  Fígaro de Sevilla del 12 de julio de 1913.  Luis Bello, en su breve reseña del poemario en 1913, señala

            que estamos frente a un poeta singular, personalísimo, que vive en un mundo

propio.  … El Laberinto  de Juan R. Jiménez, en éste como en otros libros, es laberinto de amor y de melancolía.  Lo más aéreo, lo más fugaz del matiz, diríase que adquiere precisión corpórea; el instante pasajero es para él lo eterno, y en sus versos, como en esas viejas estampas japonesas, un ave sorprendida en su vuelo da la más inmutable sensación de inmortalidad.

            A Juan Ramón Jiménez sólo podemos imaginarle en un jardín; un jardín sin

secretos, porque la constante soledad, la infatigable meditación han ido estilizando todos los motivos.  … Pero ¿qué piensa ese melancólico solitario?

Cosas muy íntimas, muy difíciles de decir, lindantes casi siempre con lo inefable.  …Juan R. Jiménez dice siempre lo mismo.  Su drama es, en efecto,

uno, y lo canta en millares de estrofas; pero el acento, la expresión, el reflejo de la hora fugaz exigen una percepción sutilísima que no podemos esperar de todos los lectores.  Aceptando las confidencias, llegamos a caer bajo el encanto melódico de esos sentimientos que él mismo llama musicales, y alguna vez nos parece que hemos traspasado la intimidad más allá de lo lícito, y hemos llegado a tiempo de ver un alma desnuda, abatida y entregada. Caso tan extraño –quizá único en nuestras letras actuales- merece ser señalado y estudiado.  Jiménez deja desbordar su corazón como una fuente de agua pura.  Busca la fidelidad en lo religioso, casi con supersticioso respeto de su sentimiento y nos lo transmite en palabras sutiles, refinadas, sabias siempre, aun cuando logren divina sencillez. … ¿La técnica?  ¡Perdón!  El secreto de su técnica lo guarda Juan R. Jiménez.

            Ahí están los versos que al nacer recibieron toda clase de influjos pero que son personales como el gesto, como la voz.  Su técnica consistió en huir de la técnica y dejar un camino franco, limpio y transparente entre la palabra y el corazón.[30]

 

Martín Luis Guzmán, además de señalar en su reseña, escrita en Nueva York y

 publicada en La Habana en 1917, que el autor de Laberinto “es un poeta delicado, sutil a veces y siempre agudo de sentidos, [cuya] delicadeza le hace gustar con particularidad

 

de cierto linaje de temas que tienen una existencia apenas susurrante” y que “ningún paisaje le atrae más que los iluminados por la luna”[31] [símbolo habitualmente femenino según el poeta Ángel González], y nota atinadamente los suaves contrastes de color en los poemas del libro, la intensidad sensual del poeta en el dominio de los sentidos, la sensorialidad, basada en su inteligencia de las cosas, el anhelo espiritual que se traduce en relaciones de contrastes de color, sonido y olor [técnicas simbolistas] y el narcisismo poético que se convierte en narcisismo físico.  Guzmán concluye su reseña afirmando que el autor es un poeta lunar y evocativo, de tonos lejanos como Bécquer, que padece de la suave, inefable emoción de las cosas fugaces que se nos escapan.   

            Para Howard Young los siete poemas de “Playa del sudoeste” incluidos en la

segunda parte del libro, titulada “Tesoro” y bajo el número VIII,  constituyen “una de las secciones más logradas del libro”  y ofrecen “cuadros de hermosura sobrecogedora”. Para algunas de las escenas en esos poemas, Juan Ramón parece haberse inspirado en escenas de tema similar pintadas por su amigo Joaquín Sorolla.  Otro poema interesante en esa  sección es el XII, la elegía titulada “A Isaac Albéniz, en el cielo de España”:

                        Tú que dejaste mi alma de brumas, tantas veces,

                                   clara y estremecida,

                        Acoge esta guirnalda, que cuelgo en tus cipreses,

                                   de rosas de mi vida.

                         ………………………………………………….

                        …Sevilla, Triana, El Puerto, -¡y tu alma y mi alma!-

                                   Guadalquivir sonoro,

                        todo, en la eternidad, bogará en una calma

                                   de ilusión y de oro!                                        

            Sobresale también en el libro el poema dedicado “A Antonio Machado”, el número III de la cuarta sección del libro, titulada “La Amistad”:

 

 

                                   Amistad verdadera, claro espejo

                                   En donde la ilusión se mira!

                                   …Parecen esas nubes

                          &n