DE TRAVIESO A GRANUJA
Y
MALHECHOR
COMPONENTE PARA PRIMERA PARTE: 250 PÁGINAS TIPO CUARTILLA A5

I
Aunque sabemos que la marginación, el odio o el amor andan próximos, nosotros no esperamos toparnos con tales o cuáles contratiempos desafortunados... Aún menos que un miembro del hogar: un menor de trece años, rompiera el molde fraternal. Incluso aún menos podríamos esperar que encabritase del modo que lo hizo… O que saliese a la calle, agarrase una piedra y la lanzara al tuntún… Con tan mala uva que los cristales del vehículo de un discapacitado cayeron fragmentados. No obstante, como persona mayor, y también como padre, he de reconocer que ante tal agravio indigné, e incluso que pasé por alto mi propia cordura humana... Y también hasta el último artículo del contenido textual que los legisladores plasmasen en tan anticuado panfleto de la Ley del Menor.
Llevado por la ira salí tras Filiberto, le alcancé, le agarré de un brazo y le pedí explicaciones por tan ingratos e indignos modales. Filiberto, en cambio, no apaciguó su estado colérico y encabritó, aún más: pataleó, giró de costado, atizó un puntapié a la rueda y zarandeó el triciclo cuyos cristales cayeron destrozados. En consecuencia, los cupones que portaba el discapacitado se desperdigaron por el viento, el hombre lloraba sin consuelo y yo enternecí tanto con aquél desdichado que arreé un azote a Filiberto. Aunque, ¡Dios de los cielos, de la tierra y de los infiernos…! Mejor que no lo hubiese hecho porque, aún creo que el sol de aquél día no salió a mi favor. O quizá fuera que estuviera alineado a un turbador nubarrón que pudiera cubrirlo por entero... El caso es que a mí me dio mala suerte; muy mala, diría yo. En el mismo instante de castigar a Filiberto con un simple y espontáneo azote en su robusto trasero, por casualidad del destino, a saber, nos sobrepasó una patrulla de la policía nacional; los agentes dieron un brusco frenazo, bajaron con pistola en mano y ante los lacrimosos ojos del discapacitado, sin pestañear siquiera, a mí me lanzaron contra el triciclo cuyos cristales ya fueron destrozados por Filiberto. Los agentes me cachearon, sujetaron mis muñecas a la espalda y las unieron con grilletes. En aquel momento sentí centenares de miradas vecinales y de transeúntes que, aunque no sabían el porqué, a mí ya me habían sentenciado bajo acusación de no sé cuántos delitos o ultrajes y, que a mi libre albedrío había vertido sobre el conjunto de la ciudadanía. Aunque la verdad es distinta; muy distinta: yo jamás me entrometí en los asuntos del vecindario ni hice daño o mal a nadie. Si bien, la vida enseña más que don Cipriano Tostones, en el cuartucho de la academia en cual imparte clase de dieciocho a veinte horas. Aunque lo peor, quizá, o a lo que no di mayor importancia o no llegué a ver; o no supe cortar a tiempo, pudiera derivar en que Filiberto había nacido con el San Benito acuestas. A los cinco años ya imponía su voluntad: a las puertas del colegio exigía a su madre cien pesetas o en su defecto pataleaba y se negaba a entrar en clase. Isabel irritaba pero el niño seguía en sus trece, el autobús que a ella debería llevar al trabajo no esperaba e Isabel cedía o no llegaba a su destino. En cambio, cuando ocasionalmente me tocaba a mí reconducir a Filiberto, también intentaba maniobra persuasiva, pero por el gesto y la mirada de autoridad paternal que yo le dirigía, Filiberto resignaba, encarrilaba y sin un duro y cabizbajo ocupaba sitio en la fila del alumnado. Con todo, los años han pasado y Filiberto ha aunado la rebeldía a la inteligencia y la picardía más superdotada. Filiberto conoce sus derechos mejor que cualquier obligación y sabe que una llamada al Centro de Atención al Menor coactiva mi autoridad y me colma de interrogantes... Yo debo andarme con pies de plomo antes de reprimir a mi hijo; o reñirle por tales o cuáles actos. Sin embargo, en la intimidad me desahogo con Isabel. Isabel es mi esposa, madre de mis hijos; en ella deposité la semilla del amor que a buen fruto y a mayor esperanza, día a día y mes a mes su vientre fecundaría entre sonrisas y algarabías. Isabel les trajo a la vida con cariño y alevosía de niños deseados. Ahora, en cambio, en la adolescencia soporta el crudo dialecto de los chavales cuando entre la niñez y la pubertad cabalgan en busca de formación, de carácter, de educación, de personalidad o de un simple hueco en la sociedad. Sin embargo, a veces yo me amparo en el amor que proceso a Isabel para exponerle el sufrimiento que los padres padecemos cuando nos sentimos vetados por la propia administración del estado. Administración que a nuestro juicio debería acapararnos en su seno y apoyarnos en beneficio de la familia y de la sociedad. Nosotros somos padres que nos consideramos en total normalidad social, aunque algo desafortunados ante el brutal comportamiento de un hijo con claros síntomas de in convivencia social o de comportamiento irracional. Pero a pesar de mi dolor también en su cara, en la de Isabel, leo las curvas de la sinrazón; y también la huella de la impotencia o la insatisfacción… Y aunque ella resigna con facilidad y defiende a sus hijos a capa y espada, en silencio siento como sufre el tormento de la más cruda sinrazón. Ante ese oculto clamor a veces me armo de valor y le expongo que la ley del menor fue desarrollada por los legisladores para atender las necesidades de los niños desatendidos, explotados o maltratados por adultos sin corazón. Aunque dado el caso, ambos sabemos que a quienes nos consideramos respetuosos con las leyes, con la sociedad y con nuestro entorno, encontramos que la ley del menor nos deja en desamparo a la hora de educar a los hijos en autoridad paternal. Incluso a veces creemos que la ley nos suplanta bajo presunta redacción de informe a manos de un funcionario social que ante la picaresca del menor pudiera pasar por alto el fundamento y el derecho paternal. Y dado el caso, ante la propia exigencia de titularidad, el funcionario pudiera amenazar con arrebatar lo que por dedicación, creación y fundamento nos pertenece por descendencia en estado y derecho. Y aún peor pudiera ser que la ley se basara en la frialdad de un texto para ejecutar el poder supremo sin mediar amor o selección entre el bueno y el malo; o del que yerra del que por convicción o ejercicio delinque a diario…
Revista COMO EL RAYO
Contacto con el autor: aconchilla@ono.com