CUMBRE DE ÁGUILAS 1 y 2

 

Nota. Gragmento de novela de 241 páginas tipo cuartilla (A5)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                 Por Agustín Conchilla Márquez

 

 

                                                                                                                                1

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de la iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvia, nieve, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo Árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviere de protección a guaridas de rebaños propiedad del señor conde-duque; cuya procedencia data de la expulsión de los almohades sobre tierras de al-Andalus, acontecida tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa. En premio a su cristianismo, encarnizada lucha y alto coraje, junto a otras tierras y edificaciones le serían otorgados por el señor conde-duque al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente algunos siglos después la ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y por un sin fín de estrellas en el firmamento. Aunque el rústico cachivache cambió muy mucho de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte del mencionado revestimiento que mantuvo esplendor de origen y que el Vaticano conservare como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos veneraren la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías. Aunque muy pocos recovecos loables más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua purificada que antes de marchar a la cama todas las noches dejaba don Julián tapadita en un cofre dorado; un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, elaborase en tardes de ocio y buena gana: a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del sagrado recipiente. Aunque no por vulgar o manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de ser sagradas, adoradas o veneradas. Fieles, asistentes y curiosos consideraban la estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal que domingos o festivos recibieran niñas y niños en la Catedral de Sevilla. O la igualaban a la del pilón que sobre alzapiés de piedra tallada, mármol o granito presuponían elevado en la mismísima Catedral de Granada. Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En tan labriego recinto se aglutinaron algunas decenas de aldeanas y aldeanos, escucharon la misa de absolución por los pecados, atendieron las necesidades del cepillo, escucharon al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaron la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en rama de encina; encapotó como búho al acecho de ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío; donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en figuradas o presuntuosas tinieblas. Sin embargo, tras un repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <<Vestiduras ajustadas o reducidas amenazan la castidad de la mujer, provocan demencia en el varón y deshonran a la iglesia que no acepta lujuria o desenfreno que conlleve blasfemia o aceche adulterio>>. Los feligreses se miraban entre sí: susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro lanzaba don Julián, entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, los feligreses intercambiaban fugaces o furtivas miradas pero como no encontrasen anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como oveja sorprendida por oleada de alta temperatura estival. En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno o del más allá, abrió los brazos y perdió la mirada en las pinturas de la bóveda. Por aquél desvarío, algo en desuso, los feligreses le creyeron reflexivo o relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa, giró en redondo, bamboleó la túnica como Guardia Civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, en cambio, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar. A la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró de un brazo a la señora Asunción, cuya notoriedad femenina o de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras, y sin saludo, comprensión o explicación la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, sí percibía indecorosas miradas: de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquél recinto que algunos, incluso ella misma llamaba sagrado, tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial.

De tal o por cual estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Dime, Señor?... ¿Dime por qué?... Si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, ¿por qué...? ¿Dime por qué, Señor…? ¿Por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor; a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza o de la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino; meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas, limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida o temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella visión Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, con la sonrisa desfigurada o mal interpretada, Asunción observó aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisados segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de las sanguijuelas del fondo o las ondulaciones del perímetro al máximo nivel. O se entretenía en diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, agitando, aún más, las pequeñas olas que iban y venían cómo si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas o peligrosas avispas y a todo su ser lo recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual... Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban en su entorno: cómo atraídas por una exuberante corona de laureles victoreando la conquista de una nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas o apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión u atención de comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes, sonrisas o admiraciones.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan apucherado que Lecherito intuyó anomalía, aunque tan astuto como el viejo zorro la observó en silencio y de soslayo. Sin embargo, tan risueño cómo irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló el labio, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. En contraprestación, ella, Asunción, amodorró aún más la cabeza, aunque en breve tomó aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispuso a narrar el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad, ¿sabes? Para eso es cura y dueño de su parcela. Aunque, mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular cuando piensan o argumentan que todo cuánto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos.

—¡Qué soponcio pasé, Lecherito!

—De verdad que lo siento, cariño. Aunque creo que no debieras de olvidar que en la intimidad de nuestro lecho, yo siempre te dije que la herradura se diseñó para el caballo, la sotana para el cura, el bozal para el deslenguado, el grillete para el malhechor, la fortuna para el logrado, la pobreza para el aldeano y el mundo para todos y cada uno de los hijos de Dios.

Asunción sonrió levemente, agitó la mano, la llevó a la cara, limpió algunas lágrimas que resbalaron por cuencas y mejillas y, dijo:

—Lecherito, tus palabras me consuelan, ¿sabes? Sin embargo, creo que también sabes que mi padre piensa como el cura, ¡eh! Y de buena tinta sé o presiento que en la cafetería de Ambrosio, después del cuarto o quinto vaso de tintorro que don Julián se echa al gaznate, a mi padre le dirá que su hija o las vestiduras que usa provocan al servil ciudadano de Aldea Chica; y con ellas deshonra a la mismísima y honesta iglesia.

—¿Y  qué, Asunción? Allá él, su templo y sus maneras...

 

 

 

 

                                                                            2

   Torpedo llegó a casa, remojó el pelo, la cara y el cuello; agarró un peine de amplias púas; se peinó hacia la parte de atrás; abrió la puerta, avistó disconformidad con cielo turbador y grisáceo; cubrió el cuello con la solapa de la cazadora y salió más ligero que un murciélago del orificio de un poste. Pese a ello, y aunque salió más desaseado que el tejón en verano, sí evitó el chasquido de la puerta, con cual eludir la riña, el reproche o la sinrazón. No obstante, y a pesar de la evasiva, con cual distanciarse de Páula, a los vecinos y transeúntes que le salían al paso sí les dejaba claro que marchaba a la taberna del Tosco, regentada por Dionisio, El Manchego, donde se acomodó en la mesa del rincón y esperó a Lecherito. Aunque Lecherito no se hizo esperar. Lecherito llegó tan requetelimpio como él, se colocó a su lado y aunque nada dijo, la tristeza que le causare la muerte de Estrellita creció con la riña o el descontento que también encontrare en la cara de Asunción. Quizá por ello, y por espacio de un rato, se mantuvieron tan cerca y tan distantes que, aunque se miraban, lo hacían de soslayo, recelosos y en silencio. Claro que, eso fue hasta que por un costado vieron que hacia ellos se dirigía El Tieso.

El Tieso se aproximaba tan insuperablemente peinado, sonriente y revestido que parecía la fotografía de un candidato a presidencia, en pancarta de autonomía...

—¿Queréis trifulcas? —dijo El Tieso a modo de saludo.

—¡Trifulcas...! No sé… Torpedo, ¿te apetece? —preguntó Lecherito.

—¡Hombre, Lecherito…! Yo estoy condolido sí, pero creo que porque haya perecido nuestra estimada Estrellita en prematuro combate no habré de vestir luto o colocarme el esmoquin; como hicieron los guardas, Miguelón, El Foca y Aristóteles, Barriga triste. Cuando se murió la suegra de don Luis, el boticario, al velatorio fueron tan pingüinos que en principio no les reconocieron. Bueno, no hasta que a Miguelón vieron rascando los bajos de la espalda..., ¿sabes?

—¡Qué dos buenas piezas tan desiguales acabas de nombrar, Torpedo! —dijo Lecherito.

—Sí, pero no creas que Barriga triste se quedaba corto, ¡eh!, ni mucho menos: en semejanza a Miguelón, Barriga triste llevaba los dedos a la nariz, manipulaba las fosas nasales, creaba pequeñas bolitas, las dejaba caer al suelo, las empujaba con la punta del zapato y las ocultaba en los bajos de féretro... ¿Es eso lo qué queréis, o lo qué os gustaría de mí, cochinadas, falsedad o parabién...?

—¡No, hombre, yo...! —dudó Lecherito—. Bueno, vale; si os apetece vamos los tres. Pero eso sí, ¡eh! Aquí, y de antemano os dejo claro que con el vehículo no andaré por caminos rurales ni saldré de las callejuelas de Aldea Chica.

—No te preocupes, iremos con la burra —dijo Torpedo.

En la Taberna del Tosco siguieron hasta que cargaditos y bien entrada la noche marcharon a sus respectivos hogares. Al siguiente día, aún de madrugada, se reunieron los tres a la salida de la aldea; a lomos de la burra, sobre la albarda, cargaron los arreos y las escopetas. Sin embargo, Lecherito caminaba más triste que la beata en procesión, aunque su tristeza quedaba lejos de cualquier seguimiento apostólico y, cerca, muy cerca de la sinrazón, por aquello de que Asunción no aceptó esa otra salida furtiva y le riñó, le negó el revolcón y refunfuñó. Aunque Lecherito se hallaba acostumbrado al rechazo, a la evasión o a la incomprensión y no por ello se disgustaba. Si bien, con las amenazas que en los últimos tiempos percibía y que Asunción enarbolaba como pendón a bandera hondeada por el viento, a Lecherito le corroía la incertidumbre, incluso le torturaba en inseguridad conyugal. Y no sería para menos, si Asunción cumplía las amenazas aflorarían las críticas cómo cuando alguna turista pasaba por Aldea Chica y vestía sensual o atrevida, o en la alberca de Alfredo, el hortelano, previo pago de tres duros y bajo promesa de respeto e higiene sobre las aguas, tomaba el sol en bragas y sujetador. Los picarescos ojos de aldeanos, sin embargo, se abrían de par en par, dilataban las pupilas o las giraban como la lechuza, en seguimiento del ratón. En cambio, en los ojos de beatas o aldeanas de mayor edad no se experimentaba el deseo por igual… Aquel atrevimiento quedaba mal, muy mal visto… Y tanto que quedaba mal que, incluso la tachaban de putón verbenero, rasca lomos en troncos templarios o pendón yesquero. O le añadían el calificativo de gallina ardiente, desplumada y sin alas para el vuelo; o seguían con el amago y levanto sobre los morros de zorro hambriento. Y nada he de decir si por <<h>> o por <<b>> a las turistas se les ocurría tomar el sol en tanguita de poco o menos tape. O en semibolas (top-lees.) ¡Dios de las aldeas, de las albercas, de los ríos y de los pueblos...!

Aunque lo peor para la mentalidad de Lecherito pudiera radicar en el presunto escándalo local. Si Asunción cumplía las amenazas desataría tortuosos rumores, blasfemias o críticas, incluso injurias que distraerían a parlantes de tertulias, casas, cortijos, chaflanes o callejuelas de Aldea Chica. Además, salpicarían comentarios vecinales e incertidumbres que serpentearían como aguas de tormentas por campos labrados, y podrían ser causantes de aún mayor estrepitoso escandalizar…

—¿Qué te pasa? —preguntó El Tieso.

—A mí... Nada, nada —respondió Lecherito.

Y siguieron tras los pasos de la burra. Ella, en cambio, les recompensaba con el levantar del rabo, una decena de boñigas y maloliente pedorrera.

—¡Si te arreo un puntapié vas a pedorrear al pájaro que no vuela! —gritó Lecherito a la burra.

Torpedo soltó la carcajada. El Tieso le imitó y siguieron con la intriga.

—Bueno, Lecherito —reanudó El Tieso—, el caso es que me pareció verte triste y...

—¡Será cosa del vino...! Anoche nos pasamos un rato, ¿sabes? Pero bueno, a lo que vamos. ¿Si os parece bien dejamos la burra en Arroyo Turbio y entramos a pie, por la Umbría del Lobo?

—A mí me da igual —dijo Torpedo—, cuando salgo de casa para mí todo el monte es de orégano.

 —¿Y tú, Tieso? ¿Qué opinas?

—Lo mismo que Torpedo; fuera de casa todo me da igual; incluida la panza de Aristóteles, Barriga triste, o el abultado cuello de Miguelón, El Foca; o la fantochada figura de Luciano Rodríguez, el presidente de todas y cada una de las asociaciones locales y vecinales de caza, pesca, flora, hermandades religiosas, cooperativas agrícolas…

—¡Vale, pero a ésos ni mentarlos, eh...! —advirtió Lecherito—. Aunque si los dos estáis de acuerdo dejamos la burra en Arroyo Turbio, cruzamos el río, entramos por la senda que serpentea la colina de Mata Puercos y llegamos hasta la Umbría del Lobo.

Torpedo y El Tieso parecían conformes y Lecherito siguió cabizbajo, tras los pasos de la burra, aunque de vez en cuando levantaba la cabeza para mirarle el rabo, por si acaso... En cambio, la burra de animal sólo tenía el nombre, y a la primera advertencia de Lecherito entendió la riña o no tuvo más necesidad de evacuar excrementos y ventosidades. Aun así, Lecherito adelantó unos pasos, le agarró la punta de la oreja y casi al tacto con el vello, dijo:

—¡Más te vale…! ¡Si me vuelves a pedorrear...!

El animal zarandeó las orejas y acto seguido las doblegó, cómo confirmando aquella advertencia. Al menos, convencido de ello, Lecherito desvió la mirada hacia el alborotado planear de un zorzal que al paso de la burra levantó el vuelo. Aunque casi a la vez la dirigió a la cercana colina, en cual percibía el zigzaguear de un conejo y el revolotear de un mirlo que salió con estrepitoso graznar. Mientras tanto, la burra se detuvo junto a una mata de tomillo y una plasta de vaca, a mordisquear un jaramago de tiernas hojas. Entretanto, El Tieso y Torpedo aprovecharon el descanso para examinar un hongo respingón (seta); un hongo de esférica silueta blanquecina.

—Tieso —llamó Lecherito—, ¿qué sabes de aquellos que venían con el furgón frigorífico y a pie de sierra nos compraban la carne?

—Pues..., poco. Aunque sí sé que si los llamamos vienen. Pero cómo comprenderás... Para un par de ciervos no vale la pena molestar. Además, ellos exigen que les preparemos más de cuatro, de lo contrario dicen que no rentabiliza.

—¡Ya! Pero el caso es que a nosotros nos venía de fábula, ¿verdad? No nos arriesgábamos al transporte.

—Sí, pero a trescientas pesetas el kilo, ya me dirás...

—¡Claro, claro…! En Aldea Chica la vendemos a seiscientas cincuenta y, creo que los tiempos no andan para tirar...

Cómo si aquella diferencia económica les atormentare, siguieron cabizbajos, meditativos y en silencio, tras los pasos de la burra. Claro que la monotonía se vería truncada cuando Lecherito sintió la incomodidad o el desasosiego y aburrido, quizá de sí mismo, decidió romper la monotonía que arraigaba en tan triste silencio:

—¿Conocéis la noticia que en los últimos días ha rondado por chaflanes, tugurios y tabernas? ¿No, verdad…? Creo que la dichosa noticia sólo ha llegado a mis oídos porque también llegó a tertulias de notable aristocracia local, con don Julián, el cura, a la cabeza, ¿sabéis?

—¿Qué noticia? —preguntó El Tieso.

—¡Ah! Pero, Tieso, ¿no te has enterado que los señores de la aristocracia local descastaron la colina de Mata Puercos y la parte alta de la Umbría del Lobo, hace tan sólo unos días?

—No —se anticipó Torpedo.

—Si ya está descastada cambiemos el rumbo —dijo El Tieso.

—¡Paciencia, hombre, paciencia! Algo habrán dejado para las fauces del necesitado, ¿no…? Aunque sabed que sí que la descastaron, ¡eh! Y sabed también que entre los afortunados estaba Luciano Rodríguez, el presidente de todas y cada una de las asociaciones locales y vecinales de caza, pesca, hermandades religiosas, cooperativas agrícolas...

 

 

 

 

 

                                                                                                  Revista COMO EL RAYO

 

 

 

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